opinión

El periodismo agoniza y en muy buena hora

En vísperas del “Día del Periodista”, Ulises Naranjo nos deja una columna repleta de debilidades sobre esta profesión sobreestimada, temida, monocorde y vestida a la ligera.

“Siento la birome sobre mí,
del periodista que se muere por tocar.
¡Basta de noticias y carteles!
¡Basta de la farsa del rocanrol!
”.
“Acariciando lo áspero”, Divididos.

Somos periodistas: lo somos porque no tocamos lo suficientemente bien la guitarra, porque no le pegamos lo suficientemente bien a la pelota de hockey o a la de fútbol; lo somos porque la poesía, además de resultarnos de algún modo ajena, no te da de comer; lo somos porque sabemos un montón de cosas, pero casi nada de nada. Somos periodistas, personas ejerciendo una suerte de cadalso bullicioso, ni muy muy, ni tan tan.

Lo somos porque esta raza es un franco fracaso y los hombres se obstinan en acusarse como niñas, unos a otros, ante cualquier evento y resulta que para eso no está la Justicia, sino los medios de comunicación.

Aquí estamos. A ciencia cierta, no sabemos qué estamos haciendo. Navegamos en la oscuridad, como decía una canción, y lo hacemos en el barco de otro; uno mercante, de guerra o pirata, uno que jamás, o al menos hasta nuevo aviso, nos tendrá como capitanes, porque no nacimos para eso.

Al mismo tiempo, alguien nos hizo creer que somos importantes. Alguien montó una farsa fenomenal desde las sombras y depositó en nosotros un poder, un peso que, ciertamente, nos resulta impropio.

Y gozamos de ciertas mieles, qué va… No nos cobran si vamos a algunos lugares, como bares o shows artísticos. Nos dan una credencial para estacionar donde nos dé la gana, porque de alguna manera, en algún estrepitoso momento, nos arrogamos un poder de policía asentado en verbos vanales y falsos convencimientos.

Somos periodistas: nos regalan cosas en nuestro día y nos reciben con sánguches de miga y frases meditadas. Nos tratan, por lo mismo, como si en verdad nos quisieran, cuando, en realidad, secreta e inconfesablemente los poderosos de verdad piensan que nos están comprando, al llamarnos por nuestros nombres de pila y obsequiarnos un par de botellas de buen vino o lapiceras de ejecutivo. En realidad, no les interesamos: sólo se interesan por ellos mismos y a nosotros nos desprecian y saben que deben cuidarse de aquello que podamos decir, pero que nunca decimos.

Somos periodistas y se trata de una profesión extraña: nos sentamos semanalmente a preguntarle cosas al gobernador y sus ministros o a oír sentencias de los obispos o a escuchar recetas del éxito de empresarios millonarios tamizadas con chistes con doble sentido y después, cuando estamos solos, cuando estamos bien solitos y ya no hay guitarritas ni amplificadores, resulta que no llegamos a fin de mes y vacacionamos en Merlo y jugamos un picadito con los amigos del barrio y tomamos cerveza del pico en los recitales.

Al día siguiente, pues alguien nos invita a un restorán y resulta que comemos bien y hablamos de vinos como si los produjéramos y al final hacemos un puñado de notas todas iguales y vuelta a lo mismo, porque nos pagan mal, pero de esta noticia no decimos ni mu, no sea cosa... Y es que somos periodistas: estamos con el poder, coqueteamos con el poder, jugamos piedra, papel o tijera con el poder, pero no somos el poder: somos, en realidad, meros laburantes con mayor o menor esmero para vestirnos, con mejores curvas o mejores ocurrencias, con un puñado de libros leídos y algunas películas de cine francés y algunos discos de Leonard Cohen o Frank Zappa o Violeta Parra y un porro bajo las estrellas y algún viaje de mochilero por Europa o por Bolivia y Perú, pero no mucho más que  eso.

Repitámoslo: no mucho más que eso, aunque varios nos digan lo contrario y salgamos en la tele vestidos como guacamayos o se nos escuche en una radio tratando de parecer convincentes o pongamos la caripela y la firma en una nota dominguera y aburrida y aunque muchos de nosotros estemos convencidos de que somos el hoyo del queque, la coca-cola del desierto, los imperturbables centinelas de los ímprobos y la voz de los que no tienen voz. Pura mierda y cero mensaje y fuentes confiables y citados nosocomios y abusos del condicional “habría”. 

Lo nuestro, se dice, es la noticia, pero ¿qué es la noticia? La noticia es, de hecho, una de las construcciones más perversas del discurso y sus dimensiones y realidades. Convertir en noticia algo responde, como pocas cosas en el acontecer humano, a un patrón netamente ideológico, potentemente ideológico y, a la vez, negado como forma de la ideología.

Por eso, y por cuestiones de lógicas comerciales, a muchos periodistas les gusta pensar que nacieron de un estupendo repollo, flotante, inusitado y despojado de cualquier forma de la ideología y la política.

Están, además, los talibanes del oficio, periodistas travestis que tienen muy en claro las reglas de este negocio y que no hacen más que responder a los dictados textuales, minuciosos y copia fiel certificada del modo de pensar de sus patrones. Suele irles muy bien, son los que más ganan, los que obtienen cargos, los que mandan, los que viajan, los que se indignan con los baches y los funcionarios siempre y cuando sean de tercera línea o cuarta, los que alaban a enólogos que hacen vinos premiados, los que ensalzan la previsibilidad de japoneses y alemanes, los que tratan a los economistas neoliberales como si fuesen gurúes en estado de nirvana, los que, en fin, se sientan en el banquete de los opulentos, como si el banquete fuese un premio a la excelencia que supieron conseguir.

El periodismo está enfermo, el periodismo agoniza como un perro callejero, a qué dudarlo. Vamos clara y saludablemente hacia otra forma de procurarnos información genuina y útil y mucho de esto se lo debemos a esa maravilla que es Internet. Que nadie se asombre si comprueba que, hoy por hoy, la pulsión certera de la realidad corre más por cuenta de una red social repleta de caprichos y absurdidades, que de manos de un diario digital que construye, día a día, metro a metro, el camino del discurso único.

Al final de este sendero, no nos espera más que una única crónica, sin firma porque podría ser de cualquiera, replicada como el eco de un clavo que se parte, hasta el final de los tiempos.

No debiera ser así. Como nunca antes en la historia de esta profesión, los medios de comunicación masivos tienen una pluralidad insospechada de herramientas expresivas y facilidades tecnológicas para las consecuciones de noticias. A la vez, también como nunca antes en la historia de esta profesión, los medios –más preocupados en hacer payanitas, que en hacer goles– no cuentan lo que en verdad le sucede a la gente.

La gente no es Wanda Nara ni Messi ni Francisco ni Cristina ni Tinelli ni Lanata ni Bill Gates ni Putin ni Madonna. Estos son, de alguna forma lo son, arquetipos de algo, ilusión de lo que nunca seremos. No obstante, construimos castillos de mensajes en torno a estas figuras y los devoramos como si acaso fuesen referencia de algo, como si acaso nos alimentaran de alguna manera, así como alimenta un pan cuando sale de horno. Los veneramos, incluso, como si nos mostraran un camino fiable para atravesar este valle de lágrimas, en el que puede haber de todo –risa, deseo, salmo, admiración, sustento, descanso–, todo, menos un rumbo cierto, un norte apropiado, un propósito final que justifique nuestras conductas y decisiones.

Y aquí, en esta desolación repleta de collares, este abandono calculado de la realidad, nos solazamos, como vampiros en una salita de cuatro, los periodistas y los medios. Así pues, amigos, resulta que al final ya casi no hay noticias y, tal vez, ya casi no haya periodistas. La llanura de mensajes de, por caso, estos últimos 35 años en Mendoza, tiende a dar por cierto este carnaval de nadie. En torno a esta fenomenal paradoja, este tremendo yerro constitutivo, los periodistas nos hemos montado a la farsa como bufones con cara seria o payasos en la cola de cobro de pensiones.

¡Mírennos!: somos periodistas, somos pretendidamente objetivos, absurdamente independientes y levantamos estas banderas como pedidos de auxilio de náufragos en una bañera sin agua. Somos periodistas y este género literario que ejercemos se ha convertido en una máscara discretamente absurda que nos hemos calzamos. Y ya lo dijo Pessoa: “Cuando quise quitarme la careta, estaba pegada a la cara. Cuando me miré en el espejo, había envejecido…".  

Aun así, aún asá, corresponde desdecirse: feliz día el sábado, muy feliz día a los periodistas buenos de corazón; los embarrados en el barro de la vida y de sus calles; los que no se cansaron todavía y los que no tranzaron todavía; los que quisieran que las cosas fuesen de otro modo; los que se ponen la ardua camiseta de defender los derechos laborales de todos aun a costa de sus empleos; los que murieron con las botas de la honestidad bien puestas; los que aún están hambrientos de palabras y colores; los que saben que no hay objetividad posible y los que saben que no hay independencia posible; los que se mantienen bastante parecidos a aquellos que eran al iniciar este camino y los que recién comienzan este camino, llenos de leche y con la lapicera llena y la libreta en blanco; los que, al fin, siguen sosteniendo la bandera de esta profesión como un servicio social, que no es mucho más que eso...

Ulises Naranjo

Opiniones (13)
18 de enero de 2018 | 19:36
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18 de enero de 2018 | 19:36
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  1. OFICIO el periodismo es otra forma del desapego te has hecho periodista para no comprometerte en medio del caos aportás tu libreta o tu grabadora y una docena de preguntas básicas si falta alguien para sostener una camilla vos anotás «fue deficiente la asistencia sanitaria» o bien «hace tiempo que advertimos que esto podía ocurrir» J. L. (En «Notas de agosto y otros poemas». Mendoza: Luna Roja, 2011, p. 125).
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  2. Gracias a todos, de corazón, por los aportes y los saludos, Ulises.
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  3. No te conozco más que por leerte. Pero tomo esta nota como un regalo para los periodistas que hace tiempo estamos diciendo "Basta de sueldos miserables". Saludos. Pablo Abeleira
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  4. Estimado, muy bueno....Aprovecho para saludarlo y adelanto mi deseo de que pase un gran dìa, el 7....Salud!!
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  5. "cuando estamos bien solitos y ya no hay guitarritas ni amplificadores" gracias Moris por mostrar ese momento en que solita sola su alma te miras al espejo y te sentis bien. Y miras a tu hijo, como yo miro a los míos y no nos dá vergüenza. Te quiero mucho cabrón y eso que no nos conocemos. Y como envidio tu capacidad para sentir y ver cosas que a veces uno no es capaz de sentir ni ver. Eso es porque aparte de ser un excelente periodista, me parece que sos un muy buen tipo. Cuando quieras esuchar a Zappa hasta explotar avisame. Muy feliz día hermano.
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  6. Genial, un saludo a todos los periodistas en su día; en especial a mi hijo Pablo que es de los que viven embarrados y contando monedas a partir del día 20 de cada mes y del cual estoy muy orgulloso por supuesto..
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  7. Felicitaciones Ulises. Ajustado a la realidad 100%. Mi saludo personal colega en el día del periodista.
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  8. Que nota te mandaste: "Embarrado de la vida, embarrado de la calle" Sos un guachito bonito. Y si, ellos se peinan para la foto. Ellos son los mayordomos del poder y se conforman con eso, pero nunca van a subir montañas, ni cantar con la boca aspera de las madrugadas. A ellos no los esperan los amigos en la esquina... Ni lo sueños en la siesta. Yo te voy a leer siempre- guacho puto- te quiero. Te llevo en el corazon como a una bandera.
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  9. me gusto!
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  10. Tus notas siempre me parecen llenas de sencillez poética, de verdades dolorosas, de acusaciones sin absurdo resentimiento. Felicitaciones a periodistas como vos que se animan a reclamar, incluso a una corporación intocable como la de los periodistas. Son las personas que nos hacen ilusionarnos conque no todo está perdido, que sigue habiendo en cada actividad personas que se rebelan ante las injusticias del perverso sistema.
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