El evangelio de Nelson Mandela

Aquí, una lectura de su magnífica obra póstuma, a cargo de Gabriel Conte, preparada en su momento para Posladocosmo. Obra imprescindible.

“El largo camino hacia la libertad” de Nelson Mandela es su propio anuncio de la “buena nueva” escrito a lo largo de toda la vida. El líder sudafricano que, con su lucha y ejemplo, pasó a ser un referente mundial, encendió una llama que crepitó desde 1974, en la cárcel y que, a punto de extinguirse por humanas razones, es reavivada con el oxígeno de una historia minuciosa, transformada en un libro que no es para leerse rápido, ni para decorar bibliotecas, ni para alardear por el hecho de tenerlo, ni para saltear sus capítulos curioseando. Es uno de esos libros para marcar y subrayar.

Las 660 páginas de la autobiografía de Mandela representan el itinerario completo del autor, paso a paso, durante sus años de lucha y prisión. No abusa del recurso autobiográfico para hablar de su nacimiento, sino que da testimonio de lo que vivió en pleno uso de su conciencia. El héroe comienza hablando de sus héroes: su padre, jefe de la tribu no por herencia sino por voz de mando y su hermano cuatro años mayor que él. Y como todo anuncio de una buena noticia (de eso se trata etimológicamente hablando el término “evangelio”) Mandela no se fía de la falsedad y apuesta desde el inicio, a la verdad.

A diferencia de los otros evangelios, los que dan sustento a los mitos religiosos, el del sudafricano de dimensión global no aporta metáforas que permitan mil lecturas diferentes en torno a una misma afirmación. Es testimonio puro y documentado. No es una novela, es una vida de novela. No es un cuento, pero tiene final feliz. No es poesía, pero al final, bien podríamos pensar que lo es; pero una dulce y empalagosa, sino un poema épico y movilizador.

El propio autor y protagonista sostiene que se trata de apuntes que tomó primero él y luego sus compañeros de cárcel, en algunas de sus luchas revolucionarias que buscaron (y consiguieron) ponerle fin a la xenofobia y discriminación contra las mayorías negras de su país. El autor admite que algunos tramos finales de su autobiografía ni siquiera le pertenecen. Y en medio de esa sinceridad de arranque, la confianza en un texto que ofrece novedades que no retrató jamás algún efímero documental ni puntualmente dirigida película de cine, será total.

Basta embarcarse en su lectura para desear seguir en esas aguas por mucho tiempo más. Al hacerlo, azotarán tormentas y llegará la calma, pero siempre se vivirá una aventura a simple vista (o a “cómoda vista” del resto de los mortales que creemos que con solo vivir hacemos girar el mundo).

“Mi objetivo –dirá, conciliador y triunfante- era liberar tanto al oprimido como al opresor”. Aquel hombre negro que fue tratado por el mundo como un terrorista digno de ser atrapado, encarcelado y, sin era posible, acallado, sobrevivió para contarle a todos lo que las agencias de control señalaban como “su” verdad pero que, además, resultó ser cierta, la verdad “de todos” y vivió para verse reivindicado. Mandela tenía razón.

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