opinión

Un país para 40 millones de boludos y boludas

¿Ahora resulta que somos un país de boludos? ¿Puede ser esa la palabra que nos identiique? En todo caso, ¿puede un país encerrarse en una palabra?

El lunes, en coincidencia con el comienzo del VI Congreso de la Lengua, que se realiza en Panamá, el diario español El País publicó un artículo en el que proponía un “Atlas sonoro” del idioma que hablan casi 500 millones de personas en el mundo: el español.

Ese Atlas sonoro sorprendió y hasta hizo enojar a más de uno de los argentinos porque lo que hizo El País fue pedirles a 20 escritores de sendos países que eligieran una palabra que representara a su tierra. Y resulta que el elegido por Argentina fue Juan Gelman y la palabra que escogió como representativa del país fue “boludo”.

Ni te cuento el revuelo que significó esto para muchos, quienes pusieron el grito en el cielo. ¡¿Cómo podía ser que la palabra que nos represente sea esa y no mate, che, asado, Messi, Maradona?! ¡¿Cómo?!

Otros, por supuesto, se lo tomaron en broma, y hubo a quienes la noticia no les fue ni les vino.

Decida cada uno en cuál de todos estos grupos se encuentra mientras avanzamos con algunos temas que tienen que ver con esto.

Los múltiples significados de “boludo”

“Es un término muy popular y dueño de una gran ambivalencia hoy. Entraña la referencia a una persona tonta, estúpida o idiota; pero no siempre implica esa connotación de insulto o despectiva. En los últimos años me ha sorprendido la acepción o su empleo entre amigos, casi como un comodín de complicidad. Ha venido perdiendo el sentido insultante. Ha mutado a un lado más desenfadado, pero sin perder su origen”, dice Juan Gelman, citado por el diario El País, justificando su elección.

Desentrañemos un poquito esto. Hay una acción que los grupos que comparten un idioma realizan habitualmente y que se llama resemantización, que, básicamente, es dotar de un nuevo significado una palabra que ya existe. Pensemos un poco en el uso diario que hacemos de las palabras y veremos que muchas veces usamos algunas que han cambiado su significado y que este depende del contexto.

En nuestra forma idiomática, es decir, el español que hablamos en Argentina, hay muchos ejemplos, a los que se suman regularmente varios más, especialmente impulsados por la tecnología 2.0 (pregúntense, por ejemplo, qué significa realmente “bajar” de internet información o “mandar” un correo electrónico).

Pero para cerrar esto de la resemantización, echaremos mano al ejemplo que, personalmente, más me gusta: el de la palabra “pedo”. Como muestra, sólo den un vistazo a cuántas cosas puede significar: “estás al pedo”, “estás en pedo”, “le salió de pedo”, “sos un pedo”, por supuesto, “te tiraste un pedo”, pero tiene varios significados más.

Entonces, volviendo a “boludo”, pensemos en la cantidad de posibilidades de interpretación que tiene esta palabra, las que van a depender de la intencionalidad del emisor, es decir, de quien la pronuncia. No es lo mismo que alguien nos diga, colocando una mano en uno de nuestros hombros, “no te preocupés, boludo, vas a ver que todo se va a solucionar”, a que nos griten en la calle “¿no ves por dónde manejás, boludo?”.

“Boludo” es una palabra tan usada en la cotidianeidad, que la elección de Gelman (justo por venir de Gelman, alguien que se ha divertido y ha sufrido tanto con las palabras) no parece desacertada en cuanto a que puede representarnos, incluso desde la ambivalencia, como comunidad hablante.

Además, lo que Gelman dijo no es que somos un país de 40 millones de boludos y boludas, sino solamente eso, que es una palabra que usamos y que, justamente por tal razón, no deberíamos negar.

Pero…

Un juego publicitario, un espectáculo más

Pero resulta que lo más importante no está en esa elección que hizo Gelman ni en la que hicieron los otros 19 escritores convocados, que optaron por palabras a partir de criterios tan sólidos (pero igualmente parciales) como los del argentino, sino en el hecho de la convocatoria misma.

Desde hace varios años, la Real Academia ha dado un giro latinoamericanizante a su concepción del idioma, o mejor, se dio cuenta definitivamente de que el español no se construía sólo en España, de que desde el resto de las regiones en las que se habla también se enriquece y de que esa riqueza puede ser compartida y convivida por todos los hispanoparlantes.

Entonces, lo que hizo fue darles más cabida a miles de palabras que no figuraban en los diccionarios pero que tenían un significado concreto y eran usadas por comunidades enteras. Términos chilenos, mexicanos, peruanos, argentinos y de todos los países en los que se habla el español fueron incorporándose a los diccionarios de la RAE, además de agregar a palabras existentes significados regionales, porque, ya se sabe, en Argentina se le dice “mosca” también al dinero y en Chile se le dice “pico” a… Bueno, dejémoslo ahí.

A partir de esto, lo de la Academia no es más que un juego, una propuesta lúdica que le da entidad a palabras que se usan en los países hispanoparlantes y hasta en Estados Unidos, porque está claro que una palabra no puede representar a todo un país, y menos a un país como Argentina, con tantas regiones que tienen sus propias palabras, sus propias formas de usar el idioma y de recrearlo cada día en cada lugar.

Pero hay algo más detrás de esta propuesta de la Real Academia, que seguramente no percibe de la misma manera el idioma desde la exposición del genial Roberto Fontanarrosa en Rosario en defensa de las “malas palabras”. Detrás de todo esto hay, sin dudas, una maniobra publicitaria de la RAE. Y es que si no aparecen noticias como estas que son el motivo de tanto palabrerío, ¿a qué boludo le calentaría esa huevada sobre el idioma que, encima, se hace en la loma del orto? (Por cierto, “huevada: f. amer. col. Menudencia, tontería, cosa sin importancia”, “orto: m. astron. Salida o aparición del Sol o de otro astro por el horizonte”, ambos según http://www.wordreference.com).

En definitiva, lo de la Real Academia y su jueguito no es más que una estrategia publicitaria tratando de convertir en un espectáculo un encuentro de intelectuales y estudiosos de la lengua que, de otra manera, nadie se hubiera enterado de que existía (nadie, salvo, claro, los boludos a los que nos gusta indagar en los vericuetos del idioma).

Opiniones (3)
14 de diciembre de 2017 | 10:15
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14 de diciembre de 2017 | 10:15
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  1. Es tan rico nuestro idioma!!! que pena elegir una palabra tan vulgar y que nunca está totalmente despojada de una connotación negativa
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  2. me sorprendió la elección de Gelman... yo hubiese elegido otra... ah. la opción de pe.. me gusta menos todavía... no sé por qué pero no puedo usar esa palabra... o la cambio por pepe o no la uso. Sin pensarlo mucho pienso que podría ser *amigo*...
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  3. Muy buena nota. Apoyo la elección que hizo Gelman.
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