opinión

Canción de amor a la fugacidad de los días

“No hay mucho más. No hay mucho más que cosas que pasan. Vivir, en cierto modo, es hacer el recuento del daño cantando una canción de amor”, reza esta columna.

“Ayer se fue; mañana no ha llegado;
hoy se está yendo sin parar un punto:
soy un fue, y un será, y un es cansado.

En el hoy y mañana y ayer, junto
pañales y mortaja, y he quedado
presentes sucesiones de difunto
”.
“Ah, de la vida” (fragmento)
Francisco de Quevedo, España, siglo XVI.



Pasan tantas cosas al mismo tiempo, que llegar a alguna conclusión, siempre será una gimnasia tardía, un ademán de ahogado. Tantas cosas pasan que el movimiento es más importante que el músculo; el significante, que el significado; la careta, que Romeo; la cruz, que el crucificado.

Concluir en algo, estar convencido, es –en todos los casos imaginables– una precisa forma de la exageración y el apresuramiento. Uno habla, por ejemplo, uno habla siempre –sí y sólo sí– de aquello que ha perdido. Hace un rato o hace un siglo, no importa, el lenguaje existe en el mundo para separarse del mundo, pues para eso usamos las palabras, para desertar, para huir de las cosas.

Sugería Jorge Luis Borges, en El Golem: “Si (como afirma el griego en el Cratilo)/ el nombre es arquetipo de la cosa/ en las letras de “rosa” está la rosa/ y todo el Nilo en la palabra 'Nilo'”.

Esto es: las cosas existen cuando las hacemos descansar en alguna forma de lenguaje. No obstante, no hay manera alguna de hablar en tiempo presente, a pesar de que todo discurso genera pensamiento, lo hace parir en el acto mismo del habla.

Por eso, porque pasan tantas cosas al mismo tiempo bajo el río que es la vida, pues las palabras son puentes, cuerdas tendidas y así funcionan para nosotros: paridas por lo que fue, pero siempre diciendo lo que dirán.

Decíamos, entonces, que pasan demasiadas cosas al mismo tiempo y ahora lo estamos diciendo de nuevo. Pasan las cosas, nos pasan por encima, nos envuelven las cosas, como esas olas en el mar, como esos monstruos de polvo del Zonda o un peine irrevocable ordenando la dócil cabellera de una niña.

No hay mucho más. No hay mucho más que cosas que pasan. Vivir, en cierto modo, es hacer el recuento del daño cantando una canción de amor, como si nada ocurriese.

En el breve instante que dura nuestro paso por el mundo, juntamos “pañales y mortaja”, al decir de Quevedo, ganamos una que otra cicatriz y varias arrugas y ahí nomás de hocico caemos por una zanja, en traje de madera, a punto de ser pasto del olvido.

Esto ya ocurrió. Esto ya lo escribí. Esto lo estoy tocando mañana.

La fugacidad es nuestro sistema nervioso. La ausencia es el adn del universo. La oscuridad es la banda sonora del cielo. El frío es la única fidelidad posible. El amor es el quinto elemento de la negación: esta caricia en que confiamos; este dormirse como si nos sobrara el tiempo; este trazar el tiempo y el espacio, como si resultaran medidas de algo; este traer gentes al mundo, como si nos lo hubieran pedido. No hay mucho más.

No hay mucho más. Y así y asá, amigos, hasta extinguirnos, pero jamás sin elegancia, como el crepúsculo.



Ulises Naranjo.

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20 de noviembre de 2017 | 00:08
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20 de noviembre de 2017 | 00:08
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