opinión

Merkel, la matriarca que aburre y gana

Las elecciones alemanas y la construcción de poder de “mamá Angie”.

Alemania siempre fue una incógnita y lo es hoy, inclusive, para sus habitantes que el domingo le darán a su “canciller”, la que lleva las riendas del Gobierno (y no su “presidente”, que lo tienen, medio de adorno), un nuevo respaldo. Se llama Angela Dorothea Merkel, es según Forbes "la mujer más poderosa del mundo", conduce los destinos de su país desde 2005 y es ideológicamente inasible, aunque si lo que se quiere es insultarla, se la puede destratar por derecha y por izquierda. “¡De qué habla este tipo, es claramente de derecha!”, puede estar diciendo alguien que conoce de sus políticas de elite, sus sociedades con el conservadurismo internacional y su rigidez antipopular. “¡Pero qué dice! Si esta mujer tiene mejor cintura que su bellísima compatriota Claudia Shiffer y le ha arrebatado más banderas a la izquierda hasta hacerla desaparecer del mapa electoral”, puede oírse en otro extremo de esta mesa virtual de debate.

Se hizo llamar insólitamente “Angie” en los carteles de la última campaña electoral, aun cuando su rostro adusto y su firmeza parecieran denunciar que ni su abuelita alguna vez pudo llamarle por la vía del diminutivo.

Merkel no es “Angie”, eso está claro. Pero a una “madre” no se le llama por el apellido, ni siquiera en la dura Alemania.

Todavía no tiene 60 años de edad. Es físicoquímica, fue diputada, ministra de Ambiente y de la Mujer. Su partido es el Democristiano y domina el inglés y el ruso. Su apellido paterno, en realidad, es Kasner. Su padre, Horst, murió en 2011 y era pastor luterano, religión que ella misma profesa. El “Merkel” es la herencia de su primer marido, Ulrich, de quien se divorció en 1982 tras 5 años de matrimonio. Volvió a casarse en 1998 y su actual esposo se llama Joachim Sauer (foto con ella), fisicoquímico como ella y muy reconocido en el ámbito científico.

En esta Alemania fascinante que llama a las preguntas, cerrada y fría, lo que ha logrado construir Merkel es una imagen y un poder asociado a ella de “líder maternal”. No es populismo ni de izquierda ni de derecha y constituye un pragmatismo de base conservadora tan alejado de las características con las que se puede clasificar habitualmente a un político, que los alemanes, aun antes de votar, la miran a ella antes de decidir qué hacer, como cuando niños antes de tomar un trozo más de strudel, lo hacían con su propia madre.

Cuatro años de crisis, pero podría ser peor, piensan, posiblemente, ya que todas las encuestas indican que recibirá un escéptico apoyo en un escenario en el que:

-         El principal candidato opositor, el socialdemócrata Peer Steinbrück, presenta un programa de izquierda (en Alemania se presentan programas y se cumplen), pero el partido designó para defender esas ideas al más derechista de los posibles candidatos. Steinbrück fue mano derecha del ex canciller Gerhard Schröder y es el socialdemócrata más cercano a los mercados. Implementó una reforma laboral que si bien bajó la cantidad de desocupados, precarizó el empleo. Resultado: muy poco creíble.

-         La izquierda más plural, la del Partido Verde, hizo la propuesta más absurda de toda la campaña y perdió votos que la alejan del umbral del 5% que necesitan los partidos alemanes para ingresar al Parlamento Federal, el “Bundestag”. Pidieron “un día vegetariano en los bares de toda Alemania”. Pareció una broma. Le respondieron en “modo argentino”: asados en todos los rincones de Berlín, ridiculizando al máximo su “gran apuesta” en medio de la crisis.

-         Lo nuevo en la política es lo viejo. Es así: nació una especie de “tea party” alemán, con antiguos dirigentes ultraconservadores que se autodenominan como “Alternativa Alemana” (“Alternative für Deutschland”) que por lo novedoso de su irrupción podrían lograr el 5% e ingresar al Parlamento y, por lo tanto, formalmente, en las negociaciones de coalición para formar gobierno. Pero sería ridículo, ya que su propuesta es antieuropeo. Son los “euroescépticos” alemanes, algo así como la versión local de los “Cinco estrellas” de Beppe Grillo en Italia, que jugó un gran papel electoral debido a la ensalada que es hoy la política y la economía italiana.

Los alemanes viven una campaña “aburrida”. No hay altibajos. No votarían, tampoco, por que el estado de cosas cambie. Merkel está haciendo lo que se le antoja sosteniendo a otras naciones para que no se caigan y arrastren a toda Europa y eso los disgusta. Pero a ningún alemán se le ocurriría el chiste de votar en contra de una Europa que hoy conduce “mamá Angie”.

Merkel, como Chávez en su momento, no menciona en voz alta el nombre de su contrincante. Salvando las enormes distancias, el objetivo es el mismo. Aunque ella sí participa en debates con su competidor, la actitud impuesta es superadora: mamá viendo cómo uno de sus hijos quiere crecer y desafiarla, actúa comprensiva pero firme e irreductible. No quiere dejarlo en ridículo, pero lo pone en su lugar. No es momento de heredar.

Hasta tal punto desconcierta a los estrategas opositores el carácter de la Merkel, que, según los analistas de la prensa alemana, ya dejó a los “verdes” sin discurso cuando, tras lo ocurrido en Japón con la central nuclear de Fukushima, ordenó apagar las centrales alemanas, robando en un segundo las banderas que permitían la persistencia de la “lucha” de la izquierda por ese objetivo durante décadas.

Una mesa redonda de periodistas acreditados en Alemania, reunidos por la TV estatal, la Deutsche Welle, en la que se habló de todas estas características (y más) de la aburrida campaña alemana, que un día el candidato socialdemócrata, con gran pompa, anunció un plan para rebajar el precio de los alquileres. Merkel, al día siguiente, tomó la decisión. Entonces los periodistas fueron y le preguntaron: “¿Pero esa es una propuesta de los socialdemócratas?”. “Claro –más o menos respondió- pero la verdad es que es muy buena y hay que hacerlo ahora mismo”.

Enredada en los asuntos hogareños, la “mamá de Alemania” trata de poner en orden la casa mientras afuera sostiene su gesto duro y adusto. Y si bien el mundo “occidental” y sus aliados cuestionan la falta de firmeza para actuar frente a Siria, “mamá Angie” sabe que en casa no quieren hablar de guerra. No habla del tema en voz alta para no alterar “a los niños”. Un estilo político con la firma de Angela Merkel, "Angie", para sus votantes.

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