opinión

Agua, verbo y mariposas de cenizas

Ningún sentido tiene leer estas palabras. No hay propósito alguno que las sostenga.

La Oveja Negra
“En un lejano país existió hace muchos años una Oveja negra. Fue fusilada. Un siglo después, el rebaño arrepentido le levantó una estatua ecuestre que quedó muy bien en el parque. Así, en lo sucesivo, cada vez que aparecían ovejas negras eran rápidamente pasadas por las armas para que las futuras generaciones de ovejas comunes y corrientes pudieran ejercitarse también en la escultura”.
Augusto Monterroso



Francisco de Quevedo y Villegas.

Pasan tantas cosas al mismo tiempo, que llegar a alguna conclusión, siempre será siempre una gimnasia tardía, un ademán de ahogado. Encontrar algo es empezar a perderlo: el dolor que emite cada hocico pegajoso de fiera recién nacida es, a la vez, bienvenida a la vida y reconocimiento de inicio del camino hacia la muerte.

Entre tantos artistas que cantaron tales asuntos, elijamos, una vez más, al enorme Francisco de Quevedo y Villegas, en aquel maravilloso siglo, el XVI, lleno de luz y pesimismo, lleno de crisis y de hondura, en la Europa envejecida. Volvamos a dar vida a este soneto, para matarlo con un punto cuando acabe:


"Amor constante más allá de la muerte"

Cerrar podrá mis ojos la postrera
Sombra que me llevare el blanco día,
Y podrá desatar esta alma mía
Hora a su afán ansioso lisonjera;

Mas no, de esotra parte, en la ribera,
Dejará la memoria, en donde ardía:
Nadar sabe mi llama el agua fría,
Y perder el respeto a ley severa.

Alma a quien todo un dios prisión ha sido,
Venas que humor a tanto fuego han dado,
Medulas que han gloriosamente ardido:

Su cuerpo dejará no su cuidado;
Serán ceniza, mas tendrá sentido;
Polvo serán, mas polvo enamorado.



Bien lo sabía don Francisco, el poeta: concluir en algo, estar convencido, es –en todos los casos imaginables– una precisa forma de la exageración y el apresuramiento. La conclusión no existe: nada nunca jamás resulta exacto, si todo lo que reina es movimiento.

Aquí, estamos, por caso, bajo esta lenta noche que navega irremediable. Mi hijo duerme cerca de mí y por la ventana, la luz de una luna exacta baña todo cuanto pienso. Aquí está también el lector de esto que veo, pero ya es el día siguiente, con un sol petulante y avariento, que asimismo está hecho de noche y de su ausencia.

Uno habla, por ejemplo, uno habla siempre –sí y sólo sí– de aquello que ha perdido: dime que dices y te diré de qué careces.

No hay manera alguna de hablar en tiempo presente. Sin embargo, todo discurso genera pensamiento, lo hace parir en el acto mismo del habla. Por eso, las palabras son puentes: son paridas por lo que fue, pero siempre dicen lo que dirán.

Decíamos, entonces, que pasan demasiadas cosas al mismo tiempo y ahora lo estamos diciendo de nuevo. Pasan las cosas, nos pasan por encima, como esas olas en el mar o esas bocanadas del Zonda, cuando nos pescan fuera de casa.

Las cosas nos pasan por encima y pasan tantas cosas que no es posible quedarse con ninguna. ¿Cómo caer en tentaciones inútiles, como el juramento o el amor, si al final de la sentencia comienza la propia traición a germinarse? ¿Cómo tener memoria en un mundo que borra con el codo lo que la mano no se atrevió a escribir?

No era sobre esto que quería escribir, pero todo lenguaje se apoya en el olvido, aunque todo hombre se apoye en aquello que recuerda.

Quería decirte, y por eso me dispuse a este ejercicio, que no cumplas con tu palabra. Quería escribir sobre esta calesita como un trépano tricono que es el mundo. Quería asegurarte que –por más convencimiento que exhibas– vas a terminar pensando lo que yo pienso y que yo entonces estaré pensando cosas distintas y que entonces no valen las penas.

El agua es lo más parecido a los que somos y no sólo por su manera de estrellarse. El agua cambia de estado, porque en cada uno de ellos ejerce un verbo distinto. Pues bien, amado enemigo: cumplo en informarte que nosotros estamos hechos de agua en sus tres estados. El líquido nos constituye nutritivamente; el hielo, ideológicamente y el vapor, el vapor de agua es experiencia de lo divino.

Así es: de agua y verbos somos, montaña abajo, saltando entre las piedras. Cantemos, si nos resulta posible, cantemos y bailemos y amemos si es posible, que es la mejor manera de bajar. Nada nos evitará caer. Pasan demasiadas cosas al mismo tiempo y nosotros somos los que pasamos con ellas. Nada más cierto que, al final, hasta la osamenta más pesada será mariposas de cenizas.



Ulises Naranjo.

Opiniones (3)
21 de noviembre de 2017 | 11:05
4
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21 de noviembre de 2017 | 11:05
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  1. Poéticamente intachable, hermoso, ocurrente... Filosóficamente contradictorio: una desolada entrega a cierta resignación fatalista, y un canto final de esperanza que la niega. Tal vez por eso, por tanta contradicción, es poéticamente intachable.
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  2. Interesante parabola de un mendocino hablando del agua y diciendo que es lo mas parecido a lo que somos. POrque en mendoza el agua se venera, pero tambien se derrocha, se contamina, se usa como herramienta de extorsion y como poder de control. Quizas asi somos los mendocinos, o al menos la clase burguesa que controla esta provincia desde hace mas de un siglo y nos tiene POBRES; INSEGUROS; SIN AGUA; SIN INDUSTRIAS y SIN FUTURO (salvo el de ellos y sus futuras generaciones)
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  3. Y EL SILENCIO... También es una forma de expresarse, aunque el mismo puede rozar lo abstracto. En realidad somos seres de comunicación y es más necesario escribir sobre nuestras dudas y los miedos, que de los avatares cotidianos de una vida insulsa. Que aunque parezcamos sedentarios, nuestro espíritu es un nomade viajero del tiempo que ha olvidado su lugar de origen, o quizás nunca lo supo. De cualquier manera el pasado no es pasado si uno lo tiene siempre presente y el presente no existe, porque desde el momento que lo pensamos ya es pasado. Así hablamos de las experiencias del pasado para justificar un presente que no existe, por lo cual intentamos, hablando, inventar ese momento que es a la vez un salto al futuro que todavía no es. Nuestra disyuntiva es entonces el "ser o no ser" o "el camino se hace al andar" con lo cual las palabras son un simple testimonio de nuestro paso por un tiempo que nunca fue, pero a la vez es una hermosa forma de engañarnos, ya que podemos inventarnos a nosotros mismos, aunque para eso optemos por el silencio. Si desde el momento que nacemos empezamos a morir, ahí está la palabra esperanza, para convencer al niño de que tiene por delante un futuro venturoso, claro que con final anunciado; entonces inventamos el lirismo; la fe o la utopía, para olvidar que siempre la cuenta es regresiva, salvo en las palabras claro, que pueden nacer tantas veces como pueden morir, por eso las usamos.
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