opinión

Guerreros de la antiguerra

Reflexiones sobre una posible guerra de alguien que nació en época de guerra.

Guerreros de la antiguerra

Nací en plena segunda guerra mundial, allá por 1940. Tremenda barbarie se vivía en la Argentina a través de artículos periodísticos, como algo lejano y ajeno, con noticias sesgadas por y para occidente. Solo aquellos inmigrantes llegados a nuestro país como consecuencia de haber sufrido los horrores a de la primera gran guerra, estaban en condiciones de valorar este otro gigantesco desatino de la humanidad.

A partir de esa contienda de la que no tuve noción y de la que algunos años después de finalizada, me fuera ilustrando películas norteamericanas mediante, proyectadas en cines de barrio y en horario “matiné” , se han sucedido, a lo largo de mi vida, más de treinta conflictos bélicos en distintos escenarios del mundo.

Mas allá de los resultados en términos de ganadores y perdedores, términos acerca de los cuales cabría toda una serie de disquisiciones que no son el objeto de estas líneas, lo grave es que aparece o mejor dicho reaparece el viejo concepto de guerrero heroico, que aplica tanto al que arriesga su vida matando como el que lo hace muriendo.

La heroicidad entonces, guarda estrecha relación con la muerte, con la que los ganadores se asocian y de la que los perdedores resultan víctimas. La muerte entonces, se erige en prima donna de la tragedia que significa cualquier guerra.

La guerra implica necesariamente la muerte, además de dolor, devastación, pobreza, hambruna, sometimiento, prostitución, orfandad,  invalidez  física y psíquica, etc. etc.

El guerrero es el vector de la muerte, armado de la infernal parafernalia tecnológica bélica de que hoy se dispone. Cada una de esas herramientas es diseñada en asépticos laboratorios, y evaluada su eficiencia en términos de bajas (muertes) producidas por un solo disparo. Cuanto mayor la certeza del disparo y mayor el caos sembrado en el  así llamado “blanco”, mayor el mérito del efector.

Recordemos que en la segunda gran guerra, era costumbre de los pilotos, dibujar una bandera en el fuselaje por cada avión enemigo derribado; de hecho, la fama era proporcional al número de banderas que ostentaba su máquina. En realidad cada bandera era una lápida, trofeo de la muerte

Hoy en día, el mundo mira con discreta preocupación el problema Siria,  donde pareciera que el castigo-solución por  las muertes  derivadas del uso de supuestas armas químicas, sea sembrar más muertes. Demás está decir que este planteo no resiste el menor análisis.

Los que realmente están preocupados, son, en primer lugar los inocentes damascenos, que se saben probable blanco del ”castigo-solución”, y, por cierto los que resultarán perjudicados o beneficiados en los respectivos intereses que todo triunfo o derrota lleva implícito, por cuanto la guerra es un tremendo y sádico negocio.

Para el resto del mundo, esta nueva tragedia, se resume a un par de noticias diarias emitidas por los noticieros televisivos siempre y cuando no se superponga con algún partido de fútbol que nunca falta.

Hay gente preocupada, sí, pero no son factor de poder para impedir o morigerar la probable catástrofe que se avecina.

El país triunfador será, como siempre, el mejor matador, y en lo individual, el mejor guerrero será el que más banderitas pinte en su uniforme o arsenal.

En resumen, la guerra es pues,  pro muerte dolor y devastación, y los que la llevan a cabo son guerreros de la muerte.

Pensemos por un momento, si existe una contienda totalmente opuesta, donde el  objetivo a destruir sea la propia muerte, evitar el dolor y prolongar la vida. Donde las armas sean portadoras de vida y esperanza. De existir no se la podría llamar guerra por cuanto sería un contrasentido. Dado que sería una guerra anti muerte, yo la llamo ANTIGUERRA.  

Afortunadamente la antiguerra  existe desde los albores de la humanidad, y tiene un nombre,  preñado de gloria a pesar de sus inevitables errores y fracasos. Ese nombre señores  es  la MEDICINA. Sus guerreros son los médicos y los enfermeros, cuyas muescas o banderitas son por vidas salvadas o por dolores mitigados. Son guerreros de la antiguerra.

Soy médico y me siento orgulloso de practicar una profesión pura en sí misma, como así también es puro el médico desde el punto de vista de su rol en la sociedad, no solo puro sino imprescindible. Podrán argüir con justificada razón, que la medicina no es tan pura sino también es un fabuloso negocio. Los malos médicos son los que están inmersos en ese negocio.

Los verdaderos guerreros de la antiguerra son loables, los mercaderes y los mercenarios son los deleznables. Desenmascaremos pues tanto a unos como a otros, a los guerreros de la guerra disfrazados  de mesías y a los falsos guerreros de la antiguerra ocultos tras el negocio de la salud.

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21 de noviembre de 2017 | 11:05
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