opinión

Ojo con Siria

La experiencia en un campo de refugiados en Jordania del mendocino Arturo Rombolí.

“Todos debemos compartir la vergüenza, porque aunque trabajamos para aliviar el sufrimiento de las personas afectadas por la crisis, la comunidad internacional no ha cumplido con su responsabilidad hacia ese niño. Deberíamos preguntarnos honestamente si podemos continuar fallándoles a los niños y niñas de Siria”. Anthony Lake, director ejecutivo de UNICEF.

 

La imagen de decenas de cadáveres de niños acumulándose llegó a nuestros ojos y nos parece algo terrible, pero distante; imposible de ser comprendido en su dimensión. Pero hay otros que lograron escapar de esa muerte, aunque sus vidas no resulten del todo lo que podríamos llamar, desde la comodidad desde donde leemos estas líneas, "vidas".

Años de machaque en torno a “de qué lado estás” nos dejan desorientados ante un mundo en el que la información es multidireccional: todos nos bombardean con versiones disparatadas, creíbles, increíbles, extrañas, comprobables o no de “por qué” pasó eso que estamos viendo en la tele en la computadora en el celular y que, en un abrir y cerrar de ojos, desaparece, remplazado por otras mil imágenes de cualquier otra cosa, que nos engordan tanto de tantas preguntas, que mejor olvidar y seguir pestañeando.

Pero esta vez es un joven que habla nuestro idioma y más aún: que saltó acequias, tragó una que otra ráfaga de Zonda y sabe qué significa “poto” y “camote” el que nos pide que abramos los ojos: no pestañear por un ratito hasta que termine de contar lo que ha vivido.

Se llama Arturo, hijo de los Rombolí de San Rafael y ya no es nuestro: es del mundo. Trabaja en UNICEF. Quien escribe estas líneas no lo conoció en tierra “menduca”. Las circunstancias llevaron a un primer encuentro en Tercera Avenida y 44 de Manhattan, tras visitarlo en sus oficinas de la ONU, ubicadas enfrente de la famosa torre que la identifica. Los que iban por un café terminaron con una Pepsi cada uno pero no se habló de bueyes perdidos esta vez: no eran amigos ni se conocían: uno por uno se fueron alineando los bueyes arriados por este joven que, en silencio, ha generado acciones por los niños y pibes de Kenya, Haití, Ruanda y, ahora, Siria.

Arturo en la puerta de su trabajo, en Manhattan.

Cuando perder la vida no pasa solo cuando se muere

Luego de casi 3 años de conflicto, más de 4 millones de niños están sufriendo las consecuencias de la crisis humanitaria de Siria, 3,2 millones dentro del país y 1 millón que han sido desplazados a países vecinos. Hasta allí, un título. Pero, ¿qué significa? Ni más ni menos que los chicos se encuentren, de golpe, sin casa, ni amigos, ni parientes (a veces, ni siquiera los más cercanos). No hablemos de comida suficientemente nutritiva (ni hablemos de placentera: un "Kinder sorpresa", un chupetín, una Coca - Cola), escuela, ropa, televisión, una pelota de fútbol (si acaso les interesara el fútbol, claro). Para que nuestros hijos lo entiendan mejor: cero iPods, ni Facebook; nadie con Wathsapp. El último refugio puede ser, en todo caso, un abrazo.

Uno de los campos de refugiados en Jordania en donde trabajó.

Como ya se dio a entender, Arturo Romboli trabaja desde el año 2008 para UNICEF, la agencia de Naciones Unidas para la infancia, y acaba de regresar de una misión de 3 meses en Aman, en la lejana Jordania, donde se encuentra el equipo regional que se encarga de  coordinar la intervenciones dentro de Siria y también en los otros países de la región.

Actualmente, es miembro del equipo de comunicaciones en la oficina central de Nueva York, y el objetivo principal de su misión fue el de apoyar a la oficina regional en el desarrollo de una estrategia de comunicación digital, y formar a sus colegas en temas relacionados a los medios sociales y nuevas tecnologías.

Si no se entiende ni se conoce lo que pasa, no pasa.

Él es quien nos cuenta que la situación en los campos de refugiados, así también como dentro de Siria es “muy alarmante” y “la comunidad internacional no alcanza a cubrir las necesidades de tantas personas afectadas”. El trabajo de UNICEF está dedicado caso por completo a proveer a los damnificados del acceso al agua y saneamiento, educación, vacunación y asistencia médica y protección de los niños, casi todo aquello de lo que carecen al haber tenido que huir de su lugar de origen y para lo que no está lo suficientemente preparado el lugar que los acoge.

Ubicate: aquí pasa todo.

Esto se hace en las comunidades afectadas dentro de Siria, pero también en los campos de refugiados y comunidades de los países que reciben a miles de personas afectadas, como lo son –nos relata Arturo- Turquía, Irak, Jordania y Líbano.

Arturo pasó la mayor parte de su tiempo en Aman, Jordania. Allí visitó en varias oportunidades el campo de refugiados de Za’atari (el segundo más grande del mundo), Azraq (que se abrirá en algunas semanas), y también pudo viajar brevemente a Damasco, la capital siria.

Nos cuenta (en la inevitable distancia y tratando de que el chateo se convierta en un diálogo al fin) que en el campo de Za’atari “viven más de 120.000 personas, de las cuales, más del 50% son niños”.

“Los mayores desafíos que encuentran –dice- es el de poder proveer a tanta gente con agua potable, vacunas, asistencia médica y acceso a la educación continua”. Una obsesión.

La asistencia de UNICEF a los pibes que huyeron del horror.

Pero, ¿por qué es tan difícil que esto llegue y tan fácil que lo hagan las armas, por ejemplo?

No es Arturo quien o pueda responder. Pero hay un dato que da cuenta de la realidad en la que se ha transformado el campo de refugiados en Jordania: debido a su población, se ha convertido de un día al otro, en la cuarta ciudad de ese país.

Una de las cosas que más le impresionó, de acuerdo con su relato –sorprendido aunque profesional- “es la dignidad con la que estas personas enfrentan esta situación”. “Se los ve triste pero no vencidos”, los describe de un solo tirón.

¿Que esperanzas puede tener un niño que se ve rodeado de destrucción y muerte y del destierro?

- Es muy interesante ver como se adaptan, ellos continúan con sus vidas dentro del campo de la mejor manera posible. Algunos de los adultos han abierto negocios y buscan la forma de poder generar algún tipo de ingreso, ya que económicamente, la situación para ellos es desfavorable. Se pueden encontrar panaderías, verdulerías, ferreterías, peluquerías y hasta se pueden comprar vestidos de fiesta.

Hablando con él uno se puede dar cuenta de que esta misión le ha impactado sobremanera.

Cuenta, por ejemplo, que los niños, por más de que estén una situación muy complicada, “no pierden su deseo de poder volver a su país, su deseo de volver a una vida normal y de felicidad”. “Ellos extrañan sus cosas –dice Arturo y es fácil imaginarlo con sus ojos encendidos- su escuela, sus amigos, su familia”.

“Los niños y las mujeres son los que más sufren, son los que están pagando el precio más alto en esta guerra”, afirma. “Estamos hablando de una generación completa que pierde o retrasa  sus sueños, inmersos en medio de una guerra y una crisis que no parece terminar pronto”.

Justamente, el viernes 23 de agosto, ACNUR, agencia de Naciones Unidas para los refugiados, registró al niño refugiado número 1.000.000. Repasemos la cifra: un millón de niños que han sido obligados a dejar su país y buscar ayuda y refugio en países vecinos. Un agregado: “Dos mil niños han nacido en el campo Za´atari y llegan aproximadamente 70 niños por semana”, informa Dominique Hyde, quien trabaja allí con Arturo para UNICEF.

¿Qué hay de los países que se encuentran “invadidos”, digamos, por esta inesperada ola de expulsados por la realidad violenta de sus vecinos? Hay que sacarse el sombrero: el rol que cumplen estos países, ya que se ven indirectamente afectados por la inmigración repentina de millones de personas que se insertan en sus comunidades locales, tienen que invertir recursos e infraestructura para poder ofrecerles a ellos servicios básicos y empleo.

¿Qué hacemos?

Aquí, permiso para pestañear y mirar hacia un costado de la situación. Allí está otra mendocina. En este caso, de Chacras de Coria. También sabe qué quiere decir “poto” y “camote”, y ha sabido putear de lo lindo, seguramente, en alguna siesta invernal en la que no le dejaron conciliar el sueño. Ahora está bastante encorsetada por su trabajo: es embajadora de la Argentina ante las Naciones Unidas. María Cristina Perceval, Marita, opina que “los niños, en éste y en otros casos, junto a las mujeres, son no sólo las víctimas más numerosas sino las mas vulnerables. Naciones Unidas, a través de sus distintos órganos y agencias, y también desde el Consejo de Seguridad, está trabajando denodadamente para contribuir a poner fin a esta dramática situación que vive el pueblo sirio, y para contribuir también para hacer frente al impacto humanitario que está produciéndose en los países vecinos, como es el caso de Jordania, un país de apenas 6 millones de habitantes”. 

Para los ojos y las vivencias de Arturo Rombolí en Jordania, si bien la situación es desesperante, “es también una oportunidad para reconocer que son muchas las personas, organizaciones y gobiernos que están ayudando”.

“Estamos hablando -explica, para ver si sostenemos los ojos abiertos un rato más- de la crisis de refugiados más grande los últimos 20 años”.

Durante la charla no es difícil darse cuenta del compromiso de Arturo. Se percibe con claridad que se siente orgulloso de su labor humanitaria. Cuenta –en un nuevo abrir y cerrar de ojos- que le gustaría ver a más jóvenes comprometidos en este tipo de tareas. “Cada uno tiene el poder de cambiar las cosas, de dejar este mundo, aunque mas no sea, un poco mejor de lo que lo encontramos”, dice, entusiasta, del otro lado del teclado, mientras intenta abordar el avión que lo devuelve a Nueva York y haciendo referencia a una frase célebre de Baden Powell, fundador de los Scouts, organización a la que pertenece y en la que se referencia desde que tenía 7 años. 

Nuevo pestañeo. Marita Perceval aporta, desde otro chat: “Sabemos que debemos hacer más y mejor. Sabemos que cada minuto cuenta. Sabemos que cada vida vale. Pero también sabemos, la humanidad lo sabe, que lleva más tiempo contribuir a construir procesos de pacificación en las situaciones en conflicto, que ser cómplices de la indiferencia u optar por intervenciones militares unilaterales”.

La comunidad internacional tiene que actuar lo antes posible e intervenir para evitar que sigan muriendo personas en este conflicto. Es una guerra muy compleja, que va más allá de Siria, convertida en un polvorín global. ¿Y si explotara? ¿Ahí si vamos a abrir los ojos?

Un plus: la historia de Aya, la refugiadita, contada por UNICEF:

Opiniones (2)
17 de noviembre de 2017 | 15:38
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17 de noviembre de 2017 | 15:38
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  1. siempre que los dueños del universo (lèase USA boys) anda por atacar algùn lugar, hay que preguntarse que hay allì que les interese para mantener su "American Way of Life" (eso detrás de lo cuál hay demasiados tarados argentinos)... preguntarse también quién comienza los ataques, quién provee las armas, etc (etcéteras del mismo estilo, a eso me refiero).......... ¿Alguién en su sano juicio puede pensar quién voló las torres gemelas, que no hayan sido elllos mismos? ¿o creen que existe Osama Bin Laden?? felizmente esta escoria mundial, USA, se muestra a si misma a traves del cine: Syriana, Green Zone, y otras...
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  2. Acto primero: conflictos étnicos en zonas/naciones planetariamente estratégicas. Horror, masacre, genocidio, limipeza étnica, desplazamiento poblacional. Acto segundo: la ONU interviene: a) aparece y se retira porque a-1) la atacan (Libia). a-2) Le impiden quedarse (Israel-Palestina). a-3) Las dos cosas (Iraq) b) Se queda (Haiti) . Acto tercero: Dada su auto-ingobernabilidad y con o sin consentimiento de gobernantes (Saddam, Khaddafi, etc.), las naciones guardianas del planeta ocupan y se quedan "a tutelar", per satrapía, el territorio en cuestión y sus recursos, Cómo se llama la obra? Así se conquista, reparte y gobierna el mundo hoy.
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