opinión

Morir en flor

La muerte no admite consideraciones desde lo biológico, aunque sí desde lo filosófico o religioso.

Morir en flor

La muerte no es necesariamente el final obligatorio de todos los seres vivos, qué mejor demostración de esta sentencia, que la división celular. En efecto, cuando una célula se divide, dando lugar al nacimiento de otras dos, no muere sino que se transforma, y por sucesivos procesos de multiplicación y diferenciación, termina dando nacimiento a un ser vivo similar a aquellos en cuyos órganos gametogénicos se originó. El óvulo fecundado es el ejemplo paradigmático, resultado de la unión de un ovocito con un espermatozoide, constituye un fenómeno que no presupone la muerte de ninguno de los participantes, sino simplemente la transformación en otro elemento absolutamente vivo cuyo producto final es un ser humano, una ballena o una rosa. Sin embargo, este producto final está inexorablemente condenado a la muerte, aún cuando ciencia mediante, la duración de la vida va progresivamente estirándose. Empleo este término, por cuanto por más que se estire, terminará cortándose en el momento ignoto en que Átropos lo decida. Recordemos de paso, que, en la mitología griega, esta dama era una de las tres parcas: Cloto hilaba, Láquesis devanaba y Átropos cortaba el hilo de la vida.

La muerte, en tanto que acontecer natural, no admite mayores consideraciones desde el punto de vista biológico, aunque sí desde el filosófico o religioso. Tampoco lo merece el inicio de la vida de un ser en particular, dado que es simplemente el resultado de la fusión de dos gametos. Como se verá, no es mi intención profundizar en el misterio del origen primero de la vida en el planeta, ni tampoco y mucho menos en la necesidad o no de la muerte. El problema al que deseo referirme es al transcurso de la vida, o sea a la ardua y caprichosa tarea de Láquesis.

Tal como están planteadas las cosas, no me importa tanto el cuándo aparecerá Melpómene, dado lo inevitable de su visita, sino el cómo. Solo existen dos posibilidades, o irrumpe brusca e inesperadamente, dando súbitamente por terminada la existencia del sujeto en cuestión, independientemente de cuán largo haya sido el camino de su vida, o bien, lo hace solapadamente, emboscada tras cada año transcurrido, menguando lentamente la inicial plenitud, la totipotencionalidad con que la mayoría de los seres vivos nacemos, introduciéndonos furtiva en el túnel de la senescencia.

El envejecimiento o senescencia implica ni más ni menos que la pérdida paulatina de la capacidad física y psíquica del sujeto. Hay quienes sostienen que el fenómeno se inicia en el mismo momento en que nacemos. Estoy en total desacuerdo con esa postura. Del nacimiento a la adultez, el hombre no envejece sino que se desarrolla, progresa, adquiere fuerza física e intelectual, acumula experiencia y sabiduría, se inserta en la sociedad como elemento activo y modificador, se reproduce, protege y guía a su prole, transmite pasiva o activamente sus conocimientos a su prójimo inmediato o mediato. En ese devenir se independiza de sus progenitores, adquiere bienes esenciales o superfluos y genera con su pareja un microcosmos llamado hogar en el que se alberga la familia. En resumen, durante todo ese período de la vida, el hombre produce, escalando la ladera de la montaña que es su existencia, procurando hacer cumbre en el pico que eligió. Independientemente de la cota elegida, están los que la coronan y los que claudican a variable distancia de la cima, pero tanto los unos como los otros, tarde o temprano, han de iniciar el descenso. He usado aquí el difícil arte del montañismo, simplemente como una alegoría de la vida, en la que la cumbre es la adultez y el descenso la senescencia. Nadie perdura en la cima, inexorablemente debe bajar. Algunos lo hacen ágilmente, sin tropiezos ni caídas, otros descienden en forma por demás traumática, pero todos saben al mirar atrás, que no han de volver a subir.

Descenso, declinación, decadencia, sinonimias por vejez. Proceso natural sin duda, pero no por ello menos cruel y lamentable, y, para colmo, tampoco parejo para todos. Infinidad de expresiones comunes, tales como “procura tener tu alma y tu mente jóvenes no obstante el menoscabo de tu cuerpo”, no son más que intentos de paliar una realidad muy clara. De hecho que la actitud con que se enfrenta este período de la vida tiene mucho que ver con el modo en que se lo vive y me precio de ser uno de aquellos que no se da todavía por vencido y que cree que queda bastante por hacer, pero…

Las enfermedades inculpables, es decir las no debidas a malos hábitos higiénico-dietéticos y propias de la senectud, cataratas, artrosis, sordera, etc., etc., conspiran contra la actitud mental positiva y dependiendo de sus magnitudes, muchas veces la doblegan. Es que en esto como en todas las vicisitudes de la vida hay una cuota de suerte absolutamente necesaria y es la que con frecuencia marca las características de las diferentes senectudes por similares que sean las respectivas actitudes mentales.

Hasta aquí, en lo que respecta a lo antedicho, nihil novum sub sole, lo reconozco, pero ha sido intencional. En este repaso de verdades harto conocidas, quedaría implícitamente claro, como absurdo consuelo, que envejecer es propio de la vida y que todos los seres vivos que escapen a una muerte prematura, necesariamente han de pasar por la senectud antes de morir. Y no es verdad.

Dije antes: no es verdad, pero claro, semejante aseveración requiere de inmediato alguna justificación muy clara. Creo poseerla, y quizás para sorpresa de muchos, la misma veleidosa naturaleza, a través de uno de sus caprichos, es quien me la proporciona; paso a contarles.

Existe un tipo de planta de las llamadas suculentas, el dominado Agave, sumamente común en Mendoza, que tiene características muy particulares:

Al género Agave (del griego αγαυή, "noble" o "admirable") pertenecen plantas suculentas pertenecientes a una extensa familia botánica del mismo nombre: Agavaceae, conocidas con varios nombres comunes: agave, pita, maguey, cabuya, fique, mezcal.

Su centro de origen está en México (los grupos humanos originarios de esta región aprovecharon esta planta desde hace por lo menos diez mil años; además de usarlos por sus fibras o por el aguamiel.

Estas plantas forman una gran roseta de hojas gruesas y carnosas, generalmente terminadas en una afilada aguja en el ápice, arregladas en espiral alrededor de un tallo corto, en cuyos bordes hay espinas marginales y una terminal en el ápice. El robusto tallo leñoso suele ser muy corto, por lo que las hojas aparentan surgir de la raíz.

Son plantas de crecimiento muy lento, alcanzan la madurez recién a los 5 años y se reproducen de dos formas; por rizomas sucesivos, dando nacimiento a uno o dos hijos por año, como se ve en la imagen de la izquierda, o bien mediante semillas.

La reproducción mediante semillas, es precisamente lo que constituye una verdadera maravilla de la naturaleza, dado que acontece sobre el final de la vida de la planta cuando esta tiene alrededor de 15 años, y que, sin sufrir senescencia alguna, en la plenitud de sus capacidades emite una inflorescencia.

El enhiesto tallo de la misma alcanza una altura de varias veces la de la planta en que se origina, alcanzando los diez metros de largo y del cual se desprenden numerosos grupos de flores tubulares, como se aprecia en la imagen de la izquierda. Es la única flor que da en su vida.

Poco después y coincidiendo con la desecación de la inflorescencia, la plata muere, sin haber envejecido, a la vez que se esparcen sus semillas: la descendencia está asegurada.

En las fotografías que siguen se pueden observar imágenes de este epílogo, tomadas como las anteriores, por quien escribe, y de ejemplares de nuestro parque.

 Conclusiones

El agave goza de una vida excepcional, larga y fructífera. Crece lentamente, como disfrutando cada segundo de su existencia. Brinda numerosos beneficios dado que de él se trabaja la fibra para hacer hilados, del jugo de su tallo se fabrican bebidas con y sin alcohol, tales como el aguamiel y el tequila; del tallo de su inflorescencia se obtienen hermosos instrumentos musicales tanto de percusión como de viento; es comestible por los humanos etc. etc.

Lo más notable es que se mantiene vigente, pleno, sin envejecer, durante toda su vida, a tal punto, que, como lo demuestran las imágenes anteriores, muere, yo diría exhibiendo una tremenda erección y derramando simiente.

Compárese por favor, con la triste decadencia de la senectud. Por supuesto les dejo un interrogante obvio: ¿por qué el agave sí y nosotros no?

Opiniones (2)
24 de noviembre de 2017 | 08:28
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24 de noviembre de 2017 | 08:28
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  1. Eso es....ser humano....la única especie que realiza acciones estúpidas...(como la de preguntarse esto último)
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  2. Interesante punto de vista, pero inconcluso, a mi entender.- Será, que esperaba más profundas apreciaciones teológicas y menos de mitología Griega o Botánicas.- Ej: ¿Porqué una vida como la del agave, no se corta en pleno crecimiento, como la de un niño? o ¿porqué átropos, decide cuándo, si todavía sólo una vida está hilando y no devanando?
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