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Del sexo y la impotencia de las flores

Aquí va una historia de sexo y muerte. Un triángulo amoroso entre dos flores y una abeja, brutalmente truncado por las relaciones perversas entre las semillas genéticamente modificadas, varios negociados multimillonarios, y una conspiración silenciosa que se extiende por todo el planeta. ¿Quién es el asesino, en este preciso momento, de todas las abejas de la tierra?

Del sexo y la impotencia de las flores

Resulta que la abeja iba volando a campo traviesa, con el cuerpo electrizado por el aire: fue vista seduciento a una flor de almendro, luego a un duraznero, luego a un yuyo amarillo: sabe bien lo que hace, no discrimina. Pero las ondas electromagnéticas de las antenas móviles la marean, la drogan, la emborrachan. De pronto siente una atracción fatal por las flores blancas, rosadas y púrpuras de una rave de soja transgénica. Se siente cada vez peor, regresa a su antiguo amor, el maíz, pero éste también es parte del circuito siniestro. Como puede, si es que puede, si es que no se pierde y se muere en el camino, vuelve confundida a la colmena. Pero no vuelve sola: trae consigo un virus, el parásito Nosema ceranae, que se extiende como peste en la metrópolis de la geometría perfecta. Las abejas comienzan a morir en sus celdas, las flores se mueren de impotencia, los frutos no salen. Los animales y los humanos ya dan claras evidencias de sufrir extrañas mutaciones y enfermedades severas.

Al principio fue un crimen silencioso, silenciado. Nadie pudo oír el zumbido de auxilio, nadie quiso escuchar el alerta de los campesinos y apicultores que, desde sus saberes ancestrales -tan válidos como los de los 800 científicos que también encendieron la voz de alarma- vieron venir antes que nadie la masacre de abejas, mariposas, gusanos: esos micro-obreros ad honorem de todos los sabores y todas las dulzuras de este mundo.

Hasta que las repercusiones de la masacre ya se hicieron imposibles de ocultar a los ojos humanos, cuya miopía en general sólo enfoca los números de la economía de su país, y los de Wall Street: las pérdidas en miel, en frutas de todo tipo, contabilizadas en dólares, ya son abismales. Entonces sí estalló: la noticia del asesinato de las abejas  ya es la tapa negra de la revista Times.

 Se han encontrado en el cuerpo de las víctimas, rastros de polen con el ADN modificado, pesticidas neonicotinoides, fungicidas: son muchos los autores materiales del crimen contra las pequeñas abejas. Conocidos en el mercado bajo alias simpáticos como “Gaucho”, “Poncho”, “Roundup”, “Atrazina”, “Guardian Xtra”, que esconden sus verdaderos nombres: Imidacloprid, Clotianidina, Glifosato, y una larga lista de impronunciables etcéteras. Tal vez los hayas escuchado en publicidades, exagerando sus bondades. Son los sicarios de mafias mayores y bien conocidas: Dupont, Syngenta, Bayer ¿te suenan a “es bueno”?

Pero ¿quién es el asesino?

Si damos un paso más allá, encontramos al verdadero autor intelectual de este crimen, el villano al que jamás se le puede ver el rostro, la mano que acaricia al gato con el anillote: Monsanto. O más bien Mondiablo, como le dicen en casi todos lados a esta transnacional siniestra que va por el mundo patentando semillas originarias (en muchos lugares, tener semillas propias ya es un delito), modificando el ADN de nuestros alimentos, volviendo a la tierra fértil en tierra dependiente de sus drogas. Ahí donde se ha echado Roundup, no crece ninguna semilla que no haya sido alterada genéticamente por Monsanto.  Hay que curtirse mucho para ver los efectos de los aviones que fumigan glifosato sobre poblaciones inocentes, y no quebrar de dolor y de bronca. Hombres, mujeres y niños que no pueden defenderse de esas duchas forzosas de veneno que les caen desde el cielo, les hacen manchas y llagas en la piel, malformaciones congénitas con las que tendrán que cargar el resto de sus vidas. Cáncer que se los lleva mucho antes de la hora en que la vida sin Monsanto les tenía señalada. Si no lo sabías, es comprensible: la Argentina ya es soja-dependiente, y basta ver la pauta publicitaria en los canales no oficialistas, y la defensa acendrada del gobierno al modelo sojero, para entender por qué “de eso no se habla”. Si no podés verlo, también: las imágenes son tremendas. Pero al menos es necesario saberlo, porque hay muchas maneras en las que podemos contribuir para defendernos de esto.

Que no se limita a afectar a las poblaciones directamente fumigadas, volvamos a la masiva mortandad de abejas. Einstein decía que en un mundo sin abejas, el hombre no sobreviviría más de cuatro años, y es fácil entender por qué. Además de ser las aladas poseedoras del secreto de la alquimia, capaz de transformar el polen en oro líquido, dulce y curativo, ellas son el sexo de las flores. Y no existe fruto en este mundo que no haya sido antes una flor.

 La situación es tan grave que Rusia amenaza a EEUU con una guerra si no desmantela Monsanto. La misma Monsanto está tan preocupada porque sin abejas  no hay ni negocio de la soja, que ha comprado Beelogics, una compañía que fabrica abejas robots de plástico y titanio. Parece de ciencia ficción, pero es así: abejas robots diseñadas para polinizar únicamente los cultivos determinados por Monsanto. Cuyos objetivos no se limitan a hacer un enorme negociado: quieren convertir nuestra cadena alimenticia en una cadena real pero sutil, en la que todos los hilos invisibles conduzcan a las manos de Mondiablo. Es por eso que, aunque parezca absurdo, patentan las semillas de todo el reino vegetal que sirva de alimento.

Te preguntarás cómo podemos revertir esto, y hay muchas maneras. La primera es no negar el problema, tomar consciencia, difundir esto. Guardar y sembrar mientras se pueda semillas orgánicas. Esquivar en las góndolas los productos genéticamente modificados, que ya han sido prohibidos en varios países de la Unión Europea por sus efectos en la salud y en los genes. Apoyar a los campesinos locales comprando frutas y verduras sanas.  Exigirles a los políticos que vayamos antes que nada hacia una soberanía alimentaria: una regla de la economía sencillísima e infalible, que todos conocemos: produzcamos lo que vamos a comer, y después de eso todo bien, exportamos lo que sobre. Los argentinos no comemos soja. Desterremos el miedo a la carencia, a la escasez: en el país de la pampa húmeda y de todos los climas, es un cuco ridículo con el que nos han asustado en vano. Que el potasio de Río Colorado se quede acá, porque algún día vamos a saber extraerlo sin destruir todo, y vamos a necesitarlo para recuperar la fertilidad de esta tierra, que puede rehabilitarse de su drogadependencia.

Y si estas palabras que tenés ante tus ojos te han parecido al vuelo un campo lleno de flores, y al abrir alguno de los links al azar, te has dado cuenta de que en verdad son un campo minado, habrás podido sentir de alguna manera lo mismo que sienten las abejas al entrar en una de esas flores del mal.  Esa toxicidad. Si todavía querés hacer más, uníte a Millones contra Monsanto. Plantá flores en tu jardín, sin pesticidas, con abonos naturales, para que las abejas puedan sobrevivir en ellas. Y si sos aún más bravo, cuando vayas por la Pampa Húmeda, abrí la ventanilla y echá al viento semillas de Amaranto. Plantita guerrera de los Incas, que además de ser hipernutritiva, resiste al roundup y le gana terreno a la soja. Porque, aunque usted no lo crea, si oímos su llamada, si la defendemos entre todos, podemos acceder a esa fuerza inmensa, esa sabiduría sutil: con nosotros, la naturaleza también lucha.

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