opinión

El adiós de Falú cerró una etapa brillante de la música argentina

Fue uno de los grandes pilares contemporáneos de la música popular argentina. Su talento creativo e interpretativo marcó a toda una generación, proyectándose su obra como una auténtica herencia clásica en nuestra cultura.

El adiós de Falú cerró una etapa brillante de la música argentina

“Hacia comienzos de 1900 la Argentina estaba embarcada en una audaz cruzada modernizadora. Ese movimiento generaba  el entusiasmo natural del progreso y el temor de que se diluyera “la identidad nacional”, que se suponía no estaba en Buenos Aires, ciudad cosmopolita, abierta a la inmigración y la fusión veloz de culturas, sino en aquello que empieza a denominarse el “Interior”. Más puntualmente, las provincias del noroeste.
Es en ese marco donde el movimiento folclórico argentino se expande velozmente. La música antecedía a este desarrollo, desde hacía décadas era la cultura local, el modo de expresión de un espacio y unos habitantes... En los años siguientes, se proyectará al resto del país, como una auténtica cruzada cultural... (Esto escribe Oscar Chamosa en su Breve historia del folklore argentino)

Dos grandes hechos socioculturales

En Argentina, la música de proyección folclórica comenzó a adquirir popularidad en los años treinta y cuarenta, en coincidencia con una gran ola de migración interna del campo a la ciudad y de las provincias a Buenos Aires, para instalarse en los años cincuenta y sesenta, con el «boom del folclore», como género principal de la música popular nacional junto al tango.

La oleada inmigratoria entre 1880 y 1930, principalmente en su gran mayoría italiana, influiría decisivamente en la composición de la población, produciendo cambios profundos en la música popular argentina, principalmente en el tango.

Desde entonces, tango y folclore aparecieron como formas diferenciadas y hasta encontradas. El tango se identificó con lo «ciudadano», mientras que el folclore simbolizó lo rural. En esta confrontación, durante varias décadas, el tango se instaló como la música popular argentina por excelencia, postergando al folclore, que permaneció aislado en los ámbitos locales de cada región.

Desde la primera década del siglo XX Buenos Aires se constituyó en el centro para la difusión masiva de la música argentina, debido a la vitalidad de su mundo del espectáculo. Fue la sede de las compañías grabadoras de discos (los primeros discos argentinos para gramófono se grabaron en 1902), y en ella se radicaron las principales estaciones de radios.

(Buenos Aires fue la ciudad en la que se realizó la primera transmisión radial de la historia, el 27 de agosto de 1920).

La ola inmigratoria proveniente de ultramar comenzó a decaer a mediados de 1930. En su lugar se produjo una gran migración interna desde el campo a la ciudad y de las provincias (el “interior”) a Buenos Aires. Este último proceso llevó el folclore a Buenos Aires preparando lo que se llamaría el «boom del folklore» en los años cincuenta y sesenta (datos extraídos de la enciclopedia Wikipedia).

Desde Salta al mundo

"Esta es una profesión muy agradable. Jaime (Dávalos)decía que servía para ponerle palabras y música al silencio del pueblo y mire, tengo muchos premios, pero siendo enteramente sincero puedo decir que el mejor premio es el que me da la gente con su aplauso. Y no me lo quedo como un aplauso para disfrutarlo con egoísmo. Lo siendo como un aplauso para mi país, para mi provincia. El hombre es tierra que anda. Todo lo que uno tiene adentro y entrega en el arte es lo que su tierra le dio para nutrirse. Tocar me llena de alegría y felicidad, me ayuda a vivir". 

Un 7 de julio de 1923 en un pueblito salteño llamado El Galpón, el matrimonio sirio formado por Juan Falú y Fada Falú, ambos de igual apellido pero no parientes, recibía un nuevo hijo: Eduardo que sería el único artista entre los cinco hermanos. Poco tiempo después la familia se traslada a Metán, “... donde me crié y fui a la escuela", recordaba el músico. “Teníamos un almacén en Metán que olía a lonjas de cuero, a mercadería, a querosén. No había lujos, no había heladeras, se compraban las barras de hielo,... el único lujo era el paisaje y esa libertad de chicos que continuó a los 9 años en Salta a donde nos mudamos. Entonces conocí la guitarra. En ese tiempo los peluqueros la tenían y tocaban entre corte y corte. Recuerdo a un señor Odilón Isidoro Rasguido -que luego tuvo mimbrería-; a Corvalán, que tocaba el mandolín; al maestro Díaz, que era pintor de brocha gorda, el Payo Solá, el Dúo Gauna - García, que eran estrellas".

La palabra guitarra procede directamente del idioma árabe.

"Mi padre no quería que tocara. Por entonces ser músico era el mejor pasaporte para la farra y la vagancia".

Falú fue discípulo de sí mismo.

"Años después estudié un poco de armonía con Carlos Guastavino. Pero más que todo fue mi intuición la que me llevó a hacer lo que hice".

Fue su propio maestro. Leyó mucho sobre guitarrística española: a Sor, a Aguado, a Domingo Prats... "comencé a tejer lo popular con lo clásico, a dar otra dimensión a lo folclórico. Para algunos hice un puente entre ambas cosas, esa fue la tarea de toda mi vida".

Un tiempo de músicos y poetas

Su primera escuela estuvo en las "tenidas" de Salta donde circulaban gentes como "El Burro" Lamadrid, los Dávalos, Roberto Albeza, Perdiguero, Manuel Castilla. La casa de los Marrupe era número puesto. También la de Cesar Pereyra Rosas en Tres Cerritos o "en lo Batiti".

"Era muy lindo. No había avidez de hacer negocios, predominaba el lirismo, la amistad. Nos juntábamos sin pensar que había que trabajar al otro día. Era un tiempo de músicos, de poetas".

Con César Perdiguero ("gran muchacho, ingenioso, con talento creador") escribieron "La tabacalera" alegato social no partidista.

"Nos levantamos contra las injusticias sociales". Luego vino "Soñando con la cosecha", con Jaime Dávalos y más tarde "Sueño americano" y otras, donde pregonamos que la unidad latinoamericana era fundamental para nuestros pueblos.

 

En Buenos Aires

En 1945 llega a Buenos Aires junto a Perdiguero.

Gente de Radio El Mundo lo había escuchado en Salta y le ofrecieron los micrófonos. Perdiguero se volvió pronto. Buenos aires era un monstruo intimidante que solo ofrecía un incierto futuro.

"Entonces trabajé en "Sagaró", donde pasaron los hermanos Abalos, Ariel Ramírez, Yupanqui. El folclore recién estaba calando en la gente. Era para un publico muy selecto. Sólo se escuchaba tango, boleros, música extranjera. En Salta había actuado antes con Lamadrid y con el maestro Lo Giudice en Radio LV 9 todos los días. Lo primero que compuse fue un trémolo "La fuga del Sol", de tipo incaico. Tuve mi primer éxito con " La artillera". Grabé mi primer simple en 1950 en el sello T-K. Fue "La vidala del nombrador" de un lado. Antes hice discos para Buenaventura Luna y salieron con el título de " La tropilla de Guachi Pampa".

Falú comprendió que no bastaba estilizarla música. Tuvo oído para escuchar a los poetas. Con Perdiguero y Dávalos empezaron a transformar las viejas letras de un pintoresquismo ingenuo de color "fiestero" y darles vuelo poético.

"No podía subestimarse a la gente. Pusimos poemas dentro de las canciones. Esas letras eran como cantos rodados, andaban de boca en boca, se prendían al recuerdo y el corazón del pueblo. Jaime se tomó algunas licencias poéticas bastante audaces para la época".

El mundo lo aplaudió admirado

Luego se le abrió el mundo.

La consagración en Buenos aires, donde sus discos tiraban arriba de 20 mil ejemplares por edición, abrieron esas puertas. De pronto se encontró con la Unión Soviética (1959), los Estados Unidos, Europa. En el 63 está en Japón donde en cinco años ofrece mas de 200 recitales. "Después querían que en 6 meses diera otros 200. Llegué a los 80 y quedé agotado", confiesa.

No hay pueblo ni aldea japonesa donde su guitarra no haya tocado las fibras de los nipones. En los Estados Unidos en 1964 lo ovacionaron de pie y la prensa de San Francisco no recordaba en 60 años un suceso guitarrístico como aquél (datos extraídos de RedSalta).

Una dupla creativa excepcional

Con Jaime Dávalos, formaron un dúo creativo único. Compusieron inolvidables canciones que marcaron una época y al folclore argentino. Vidala del nombrador, Vamos a la zafra, Zamba de un triste, Las golondrinas, La nostalgiosa, Sirviñaco, Río de tigres, Trago de sombra, Milonga del alucinado, Zamba de la Candelaria, Rosa de los vientos, La verde rama, El silbo del zorzal, Cuando se dice adiós, Tonada del viejo amor.

 

Amor se dice amor, Resolana, y la lista se vuelve extensa

Registró más de 200 canciones. También con su comprovinciano gran poeta Manuel J. Castilla dieron a luz Minero potosino, Puna sola, Celos del viento, No te puedo olvidar, La atardecida, entre otras. Con uno de los escritores más importantes de la Argentina del siglo XX, Ernesto Sábato, compuso una de sus obras épicas y conceptuales, Romance de la muerte de Juan Lavalle. Falú también creó, a partir de versos de Borges, la obra “José Hernández”, en honor al autor del Martín Fierro.

También compuso con los poetas César Perdiguero, León Benarós, Hamlet Lima Quintana, Osiris Rodríguez Castillos y Marta Mendicutti. Varios de sus temas fueron entonados por la maravillosa voz de Mercedes Sosa. Además, fue defensor de los derechos de autor. Como tal, ocupó el cargo de vicepresidente de la Sociedad Argentina de Autores y Compositores de Música.

“Siempre sostuve -continuó- que la música es importante, pero si no estuviesen estos poetas magníficos que pintaban el paisaje con señorío, hoy mi obra no sería popular".

Hace una semana, a los 90 años, el maestro Eduardo Falú comenzó a vivir como otro símbolo imperecedero en la cultura y el espíritu de los argentinos.

Opiniones (0)
14 de diciembre de 2017 | 14:50
1
ERROR
14 de diciembre de 2017 | 14:50
"Tu mensaje ha sido enviado correctamente"
    En Imágenes
    Leopardo al acecho
    7 de Diciembre de 2017
    Leopardo al acecho