opinión

Los huarpes: ¿discriminación o indiferencia?

De nuevo surge aquí la oportunidad para la famosa frase "el hombre lobo del hombre".

Los huarpes: ¿discriminación o indiferencia?

Hace un par de días, me hice del tiempo que hace mucho me prometiera a mí mismo, para visitar la zona de la Laguna del Rosario en el desierto lavallino.

Llegar no es en modo alguno difícil, dadas las bondades del camino, lo difícil es descubrir esa realidad y no experimentar sentimiento de culpa ante la vivencia de la sequedad, el silencio y el aislamiento en que viven los descendientes huarpes.

La culpa debiera ser colectiva, por cuanto la mayoría de los citadinos desconoce la zona o solo concurre en ocasión de las festividades de la Virgen, pero yo asumo la parte que me corresponde, sin ampararme o mejor dicho ocultarme, en la mayoría silenciosa.

Los  días en que se celebran las mencionadas festividades, nada tienen que ver con la cotidianeidad del desierto, más bien un breve período de manifestaciones semipaganas donde abundan la comida y el alcohol, y por fin miles de fotos tomadas a “esa gente”, los nativos, que sumisos exponen su intimidad  ante las cámaras, sabedores que es casi la única oportunidad en todo el año de montar sus magros negocios. Y después el olvido.

Por cierto todo visitante se sorprenden de las condiciones de vida de “esa gente” las que los convierten en un atractivo turístico efímero,  sin que, para la mayoría al menos, llegue jamás al nivel de preocupación.

“Esa gente” es “la” gente original, legítima, oriunda de nuestro desierto. Avasallados por los genocidas conquistadores, diezmados por las armas y la marginación y por último y peor aún: ni siquiera discriminados, sino simple y cruelmente ignorados.

La discriminación entre los humanos, es una actitud que nos caracteriza como tales, si uno se autoanaliza honestamente, advertiremos a muy poco de andar, que casi todos tenemos nuestra faceta discriminatoria. Raza, credo, situación económica etc. etc. son parámetros movilizadores para establecer arbitrarias categorizaciones sociales, que finalmente podría muy bien resumirse separando “esta” gente de “esa” gente.

A pesar de lo absurdo e infundado de las actitudes discriminatorias, yo le atribuyo al leitmotiv de ellas, es decir la discriminación en sí, una virtud indiscutible, cual es el impacto que le produce el discriminado al discriminador. Si el primero no despertase en  el segundo, sentimientos de superioridad, rechazo, repugnancia,  envidia u  odio, no habría tal antagonismo. A diario ocurren verdaderas monstruosidades en todo el mundo, producto de la discriminación, siendo quizás la manifestación más horrenda las guerras fratricidas por simple diferencias de credo.

La virtud que le asigno a la discriminación, no es por cierto utilizando la acepción moral del vocablo, sino la de fuerza o vigor para emprender una tarea. La discriminación requiere como condición sine qua non, reconocer la existencia del ser discriminado, y experimentar en lo más íntimo  de su yo, los sentimientos ya mencionados, generadores de la fuerza para emprenderla contra él. Entre discriminador y discriminado se produce un explosivo choque de valores, a veces  razón mediante, las más, sin embargo,  de orden dogmático,  y en todos los casos vehiculizado por la intolerancia. De nuevo surge aquí  la oportunidad para la famosa frase Homo Homini Lupus  (El hombre lobo del hombre).

El pueblo huarpe se considera descendiente directo de la Divinidad, de ahí el origen etimológico del  gentilicio: Hunuc Huar era el Dios supremo; la partícula “pe” indica parentesco por consanguinidad, por lo tanto huarpe es el pariente de Huar.

Precisamente la nocividad del hombre para con su prójimo, en este caso nuestros dignos aborígenes, los ha llevado a la situación actual. “Esa gente” no es discriminada, mucho peor, es absolutamente ignorada. Ya ni siquiera reúnen  la condición mínima necesaria para ser víctima de la discriminación, cual es, como ut supra explicara, el reconocimiento de su existencia por parte del potencial discriminador.

“Esa  gente,” sufre la peor de las segregaciones: la  indiferencia.

Quizá no sea casualidad, que este encuentro con los pocos lugareños con quienes tuve el privilegio de hablar, reitero: el privilegio, haya sucedido en vísperas de la celebración del Día del Amigo.

Espero de todo corazón no abandonar este mundo sin antes haber tejido lazos de amistad con un hermano huarpe.

Opiniones (1)
21 de noviembre de 2017 | 23:04
2
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21 de noviembre de 2017 | 23:04
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  1. MUY BUENA SU IDEA DE VISITAR ESOS LUGARES MENDOCINOS, TAN CERCA Y TAN LEJOS QUE ESTAN, HEMOS TENIDO LA MISMA VIVENCIAS DOCTOR,HE CONCURRIDO EN 2 OPORTUNIDADES Y ENTABLAR LAZOS CON ESA GENTE NACE DE LO MAS INTIMO DE UNA PERSONA....ES UN PUEBLO QUE VIVE DE SU PASADO. FELICITACIONES POR SU OPINION
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