opinión

Canción de amor a las espaldas de Dios

Si puedo encontrar belleza en este frío y alguna forma de sentido en esta inmensa oscuridad, habrá servido.

“Ya he dejado de orar.
Voy a buscar ahora las espaldas de dios
”.
Roberto Juarroz.

 

A ver, no digo un Dios, algo tan definido e improbable. No digo alguien con superpoderes, barba blanca o abdomen dorado o melenita hippie, convencido de que es necesario que deba emitir juicios y decidir por sí mismo a quiénes dar premios y castigos, como en una tómbola de almas.

No me refiero a una entidad capaz de existir desde siempre y estar en todo sitio al mismo instante y asumir la suma de la justicia y la receta infalible para el buen existir y el plan trazado para la salvación de los venerables.

No. No hablo de religión: la valoración moral, el criterio de lo justo y de lo injusto y la comprensión del origen de las cosas vía mano de alfarero, si he de ser honesto, no son mi tema ni mi afán ni mi oficio ni mi aventura.

Con el mayor de los respetos, sostengo que, si yo creyera que este estallido, este desperezo, esta fricción permanente que llamamos vida, y en particular este músculo despierto que llamamos mujeres y hombres, es obra de un diseño, pues no dudaría en entablar una demanda por daños y perjuicios al diseñador y le exigiría venir a dar la cara y resarcir ríos de tragedia y, de paso, que me devuelva un puñado de amigos que no debieron irse.

Sostengo que, del mismo modo, si –allá arriba y acá abajo– hubiera santos y diablos, habitantes de  paraísos e infiernos que están pendientes de nosotros, les diría que se den una vuelta por el cuero planetario, que se apersonen, que bajen unos y que suban otros, que se pongan ropa cómoda y se arremanguen, que remen y que caminen por todos los rincones y que no sean tan espléndidamente buenos y que no sean tan encarnizadamente malos y que en lugar de velar por nosotros o querer cagarnos el sueño, bueno, que hagan mezcla y horneen ladrillos y levantemos casas y plazas públicas y estatuas y canales y puentes y miradores y clepsidras.

Y que vivan: que amen y que traicionen y que traigan vida y que la quiten y que pinten un paisaje o que lo siembren y que suban una montaña y se desnuden y se endeuden y que enloquezcan y que perdonen y que recuerden y olviden y que estudien y que se quiebren y que se marchiten con una sonrisa y que mueran, sonriendo, tal vez, o no. Y que después, ya sin plumas y colmillos, ya sin trompetas y tridentes, nos cuenten.

No busco, en esta honda noche, el fin de las religiones; tampoco el principio. No pretendo alterar el equilibrio de nadie y muchos menos buscar el convencimiento de incautos o desesperados. No busco nada, en esta noche, sino que, apenas, ínfima hormiga en el último recodo universal, pedacito de nada a punto de ser nada, astilla de un naufragio en el vinoso mar que cantó Homero, contemplo la curvatura del cielo y echo mano del lenguaje, como un ciego echa mano de peine para fundar una obra que jamás contemplará (al fin y al cabo, el amor es eso: un peine en manos de un ciego).

Digo, entonces, que se puede creer, sin, necesariamente, abrevar en las religiones (las religiones y sus jerarquías, sus aceros, sus muertos, sus mártires, sus abusadores, sus charlatanes, sus fastuosidades, sus ocultamientos y cobardías). También digo que se puede creer, creyendo en las religiones: he tenido y tengo, a lo largo de mi vida, excelentes amigos, muy piadosos, por cierto, y muy laburadores y tolerantes: de ellos he aprendido que Dios es, en realidad, los alrededores de Dios: toda esa energía, esas ganas de que un dios hubiera (creo, como Octavio Paz, en la divinidad, no en los dioses).

Dicho todo esto, vamos al punto: hace frío esta noche, bajo este cielo de estrellas como agujas o lágrimas. Hace frío y esta es la única certeza posible, la única biblia de los corderos sin dios. Hace frío y este sabio coqueteo entre Tierra y el Sol, nos ofrece esta vez la carátula de un prodigioso invierno como la forma más acabada forma de la pureza y también como la metáfora más exacta de la soledad que constituye todo lo creado. 

Una música indecible, una secuencia desordenada y bella, viene a decir que es posible  vivir sin escarmiento, atravesar el camino sin aguardar que alguien venga a salvarte, encontrar un sentido en el despojo, descubrir la libertad en la carencia.

Me digo, en voz muy baja: si puedo encontrar belleza en este frío y alguna forma de sentido en esta inmensa oscuridad, si puedo tocar las espaldas de Dios, curarlo y perdonarlo, será suficiente por hoy. Mañana, será otro día, una especie de semilla que en su vientre contiene un mundo.



Ulises Naranjo.

Opiniones (2)
20 de enero de 2018 | 16:48
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20 de enero de 2018 | 16:48
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  1. Creo que a muchos nos pasa ,que en verdad a ese ser ecepcional que nos librara de todo mal no lo encontramos muy seguido,creo q ni con un gps lograriamos dar con el,habeces la realidad nos da clara muestra de ello ,en fin ,a mi me pasa que todo aquello que amo me salva en realidad .Y todo aquello q puedo hacer por alguien que me necesite,creo q alli esta el secreto entre el cielo que somos capaces de dar y el infierno que tambien somos capaces de crear .
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  2. El big-ban de los amantes de la belleza, entendiendo esta desde los copos de nieve al espacio sideral que nos rodea. Que alguien demuestre que las religiones son anteriores al misticismo y que algún científico encuentre el ADN de nuestros sueños que nos permite encontrar la belleza entre tanta maldad humana. Es mucho más difícil creer en el ser humano que en un Dios libre de culpas y pecados. Tenés razón Ulises, hace mucho frío pero no tanto como para impedir generar nuestro propio calor con un ponchito de palabras y hacer un brindis por nuestra pequeñez cotidiana, más allá de los cielos e infiernos que el mundo proclama.
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