opinión

Cancha marcada

Cristina, corrida "por izquierda". El "vuelto" de Verbitsky y el picnic de los "services".

Cancha marcada

Por Julio Villalonga (@villalongaj)*

La discusión del pliego de ascenso del general de brigada César Milani, designado por la presidente Cristina Kirchner al frente del Ejército, disparó una crisis que la propia primera mandataria busca zanjar ahora retirando el trámite ante la comisión de Acuerdos del Senado y postergando su tratamiento “hasta después del período electoral”, como dijo este martes en un acto en la Casa Rosada.

El modo en que le “marcan la cancha” quienes hoy corren “por izquierda” al Gobierno en el “caso Milani” podría sintetizarse en los párrafos que siguen del columnista Fernando Laborda, publicados por “La Nación” este martes. Luego de señalar el hecho –cierto– de que en los últimos años varios oficiales subalternos perdieron su carrera por “portación de apellidos”, el periodista se pregunta dos cosas: si puede “discriminarse a oficiales jóvenes con fojas de servicio meritorias e intachables, mientras se promueve a alguien sospechado de alguna grave violación a los derechos humanos que, además, participó de alzamientos carapintadas y registra un dudoso crecimiento patrimonial”. Y, a renglón seguido, cómo puede afectar a la “legitimidad y la credibilidad de la Presidenta el mantenimiento del general Milani al frente del Ejército, después del giro que derivó en el contundente informe del Centro de Estudios Legales y Sociales”.

La primera duda es legítima: un uso abusivo del poder, en cualquier lugar y circunstancia, atenta contra el normal desenvolvimiento de las instituciones. La segunda, que desliza la presunta preocupación del columnista de “La Nación” por la “legitimidad y la credibilidad” de la Presidente, luce más como una chicana de campaña que como un honesto cuestionamiento. O como una temeraria advertencia.

Cristina la emprendió este martes contra los medios que están llevando adelante un “linchamiento” de Milani, los que no tuvieron ningún empacho en quedarse con la empresa Papel Prensa, en plena dictadura, con un arrebato a sus dueños cuya investigación judicial el Gobierno ha promovido. La ausencia total de autoridad moral por parte de esos medios –básicamente se refiere a Clarín y La Nación–, que promovieron el golpe de Estado de 1976 y luego no denunciaron las atroces violaciones a los derechos humanos que se cometieron, le dieron pie a CFK para señalar que los ataques a Milani están dirigidos a ella y a su Gobierno por representar intereses opuestos a los de sus atacantes.

Mientras que las denuncias mediáticas advierten que existen nuevos testimonios que incriminarían al jefe castrense, el Gobierno insiste en que se trata de los mismos que dispararon el escándalo. La admisión, por parte del jefe del Ejército, de que firmó “al azar” un sumario que daba cuenta de la deserción del conscripto Roberto Ledo en 1976 es, hasta aquí, el mayor golpe a la estrategia oficial de esconder la cabeza en un agujero.

La presunta indignación de la Presidente con el titular del CELS, Horacio Verbitsky, por haberse “dado vuelta”, un rumor que circuló como reguero de pólvora este martes en la Casa Rosada, tendría la siguiente explicación: se trataría de un supuesto “vuelto” del periodista por el intempestivo despido de su amiga Nilda Garré del ministerio de Defensa.

Las teorías conspirativas, que regresaron con fuerza en este caso por una combinación de factores, creen ver en unas declaraciones del senador Aníbal Fernández, quien sacó pecho al afirmar que este no sería el primer caso en el que el Gobierno disiente con el CELS y su presidente, un anticipo de lo que vendrá: el columnista de Página/12, que se considera el “arquitecto” de la política de derechos humanos del kirchnerismo, profundizando su distancia de la Presidente, quien a su vez estima que esa política tuvo lugar gracias al coraje de su esposo y a su consecuencia.

En este escenario, no es difícil imaginar que el Gobierno continuará pagando costos por este escándalo, aunque, como admite el mencionado columnista de “La Nación”, el caso seguramente no tenga ninguna incidencia en el ya lanzado proceso electoral.

La cuestión es a mediano plazo. Los detractores del Gobierno imaginan una ofensiva por etapas que debería continuar con el derrumbe del Ejecutivo pero desde sus cimientos. Y en los cimientos morales del modelo se encuentra ese activo, su política de derechos humanos. Esto, incluso más allá de las consideraciones que la utilización política de esta herramienta suponga.

Si la Administración Kirchner es autoritaria y corrupta, pero además borra con el codo lo que escribió con la mano en materia de derechos humanos, y no quedará nada, imaginan los más duros antagonistas de Cristina.

En una operación casi mecánica, la derecha vernácula afirma que Cristina se aferra a Milani, que desde 2007 controla la disminuida Jefatura de Inteligencia de su fuerza, porque desconfía de la Secretaría de Inteligencia (SI) que conduce, últimamente sin mucho éxito, el “pingüino” Héctor Icazuriaga desde tiempos inmemoriales. El sainete avanza con la aseveración de que algunos jefes de la SI se habrían “rebelado” al poder presidencial luego de la decisión de Cristina de firmar el memorándum de entendimiento con Irán por el “caso AMIA”. El lobby mediático local de Estados Unidos e Israel no sería ajeno a estos teje-manejes. No está claro si teledirigidos por Washington y Tel Aviv o por las suyas.

(El giro “copernicano” en la política exterior del kirchnerismo, según los módicos conspiradores domésticos, sería una fuga hacia adelante en el marco de una desprolija salida del poder, e incluiría la pretensión presidencial de “chavizar” a las Fuerzas Armadas).

Es cierto, sí, que la Presidente ha abierto demasiados frentes y que en algunos de ellos confluyen fuerzas que comenzaron a ver la luz del sol con el primer conflicto serio que enfrentó este Gobierno: la guerra contra el campo.

Y no son pocos los que vienen alertando de que tantos combates a la vez, sin más fuerza que una porción ahora en minoría de la sociedad aunque desde el control del aparato del Estado, parece anticipar que la Presidente puede no contar con buenas cartas en las vueltas que le toque jugar después de octubre. Pero, con los suyos, Cristina se envuelve de mística. Y confía en su relación con la gente y en los nuevos actores sociales que surgieron al calor de una década de kirchnerismo en el poder.

Los meses que vienen dirán si alcanzan.

* Director de gacetamercantil.com

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