opinión

Historia de una amistad para cantarle a la tierra

Goyo Torcetta mete mano a una historia verídica en el Día del Amigo para rendir homenaje a los lectores de MDZ.

Historia de una amistad para cantarle a la tierra

Es cuestión de verte más acá de tus tonadas y advertir que tienes un corazón de cemento Que somos tu sangre y te recorremos mientras dialogamos silenciosamente con los duendes de tres ojos que vigilan tus esquinas sabiendo que a diario te provocamos una hipertensión callejera al abarrotarte de apuro y autos. Te contaminamos la mirada azul hasta que se te suelta el llanto. Entonces es cuestión de verte más allá de la lluvia, cuando la desbordada alegría del agua se lanza a invadir tu intimidad, mientras los maniquíes, desde su cárcel de vidrio, despiden a los últimos atribulados que procuran un taxi libre que no lograrán.

Inconscientemente se nos va cambiando la expresión y comenzamos a gozar con tu llanto redentor que rescata a la plaza Independencia de la época del secundario.

En fin, hay que verte más acá de tus pájaros y comenzar a cantar desde adentro, porque nosotros somos tu sangre y queremos darnos nuestro propio manifiesto.

Es que has crecido tanto Mendoza que es cuestión de verte más acá de tus viñedos.

Días de radio

Corrían los últimos años de 1950. Desde la década anterior se venía produciendo el irrefrenable avance de lo popular en nuestro país, con su simbología estética tomada directamente del folclore y del tango.

Eran días de radio. La radio era la “vedette”. La TV estaba en pañales. Se difundía la música nacional: tango y folclore con mucha asiduidad. En las escuelas públicas se enseñaban las danzas y cantos tradicionales criollos. Se reforzaba la herencia cultural criolla sobre la influencia foránea.

Pero la historia comenzaba a cambiar.

Desde la caída del peronismo se sucederían gobiernos militares y civiles a medida que afloraban conflictos no resueltos de la sociedad argentina.

Mendoza iba dejando atrás aquella fisonomía vecinal-familiar.

El típico tranvía -línea 1- que recorría la avenida San Martín en la década de 1960

Pero aún sobrevivía “el barrio”.

Uno de ellos era la Quinta Sección de la capital mendocina, cuyo sector oeste delimita con el parque San Martín. Hoy es una zona residencial por excelencia, pero en aquellos años era un barrio, en el sentido tradicional de la palabra: una formación urbana diferente del “centro”.

Tenía sus características propias, vínculos comunitarios, fluida comunicación inter familiar, las “barras” de amigos, las escuelas, el cine, los clubes, la iglesia, los café-bares, los almacenes, los artesanos (modista, sastre, zapatero, relojero, carpintero, la que curaba el empacho y la “ojeadura”, el lustrabotas…¡tantos personajes!).

Los juveniles “malones”

En aquel tiempo (fines del 50) la motoneta logró alcanzar su uso masivo en todos los estamentos sociales y el alto costo de la vida, impuso formas comunitarias de diversión.

Las “barras” juveniles se reunían a bailar en casas de familia, donde cada uno llevaba algo para merendar. Fueron los populares “malones”.

Los gustos musicales y la moda en el vestir sufren cambios notables.

Aparecen los “petiteros”, moda masculina caracterizada por el traje bien entallado, el saco con dos tajitos y medias muy escuetas (pequeñas, “petit” en francés). Esta moda juvenil identificaba a los tangueros, acérrimos opositores a los ritmos foráneos como el rock.

 

La llegada del rock

En febrero del 57 el cine “Cóndor” (donde hoy funciona el Teatro de la Universidad Nacional de Cuyo – Lavalle entre San Juan y San Martín) estrenó la película “Al compás del reloj” con Bill Halley y sus cometas.

Fue la llegada del rock, que despertó gran entusiasmo entre los jóvenes que bailaban y cantaban dentro y fuera de la sala. El frenesí los llevaba a plaza San Martín para desplegar todo su ritmo.

Los “petiteros” (defensores del tango) y “rockeros” protagonizaban choques entre ellos a la salida del cine, con manifestaciones callejeras e incidentes que alteraban la formal caminata familiar por el centro comercial mendocino.

Así llegó la década del 60 con TV incluida.

 

El “boom” del folclore

Eduardo Falú en Radio Libertador (1959)

Era común ver a los jóvenes por las calles portando guitarra, bombo, quena, caja. Cantar en las esquinas, en las plazas. Dar serenatas, Juntarse para formar conjuntos de cuatro integrantes y cantar el último éxito de Los Chalchaleros o Los Fronterizos, Jorge Cafrune, Los Quilla Huasi, Los Andariegos, Cholo Aguirre, Ramona Galarza, entre otros.

Zambas como “Angélica”, “Guitarra trasnochada”, “Trago de sombra”, “Luna tucumana”, “Sapo cancionero”, “Guitarrero”; cuecas como “Remolinos”, gatos como “Pateando sapos”, la chacarera “La gorda”, por mencionar los de mayor consumo en el negocio del folclorismo, que irradiaba sus luces desde Córdoba a través del festival de Cosquín.

Algún tiempo después, en el Círculo de Periodistas de Mendoza, se daba a conocer el manifiesto del Nuevo Cancionero por parte de Armando Tejada Gómez, Tito Francia, Oscar Mathus, Mercedes Sosa, entre sus principales exponentes.

Santiago Bértiz, Armando Tejada Gómez y Tito Francia en una actuación

Lo criollo y lo gringo

Volvemos a la Quinta Sección. La memoria se detiene en una esquina: Clark y Huarpes. La primera calle corre de este a oeste y evoca lo extranjero incorporado a nuestro país: lo gringo. (Los hermanos Clark construyeron el ferrocarril trasandino). La segunda que va de sur a norte y alude a lo indígena, lo ancestral, las raíces de esta raza criolla.

En esa zona y sus adyacencias vivieron figuras que hicieron importantes aportes a la cultura popular de Mendoza y el país. Por mencionar sólo un músico: Fioravante Tito Francia.

En la óptica de dos de aquellos adolescentes de los años 60, que se criaron en este barrio y que fueron testigos -como toda esa generación- de los cambios cada vez más vertiginosos que se sucedieron hasta el presente, comienza a crecer una imagen. Confusa. Indescriptible al principio, pero madura en plena juventud.

Lo criollo y lo gringo se funde en una perspectiva histórico-artística de espíritu popular, para rescatar del desconocimiento a nuestra propia idiosincrasia.

El “Goyo” y el “Pelado” eran dos pibes del barrio que transitaban –sin saberlo- un destino común que nunca los separaría: letra y música para cantarle a su terruño.

Hijo de italianos el primero y miembro de una tradicional y prestigiosa familia criolla el segundo, la vida los eligió para esa misión: expresar con letra y música el sentimiento de su raza.

Herederos de la escuela rescatista de nuestras tradiciones, encabezada por autores y músicos pioneros, que a través de la literatura, canciones y danzas regionales salvaron una parte muy importante del patrimonio espiritual de la nación. Ellos, sin advertirlo en esa época, continuaron por el mismo camino, Aquellos dos muchachos que vivieron en el mismo barrio en el que también residía el más grande recopilador del folklore cuyano: don Juan Draghi Lucero.

Don Aníbal con su hermano Juan Guillermo (centro) cantando a dúo en la Cañadita Alegre, acompañados en guitarra por Aníbal Cuadros (h) en 1963

Veinte años. . . ¿no es nada?

Estamos en 1980. Últimos tres años de la época oscurantista en Argentina. Aún quedaba la inmolación de Malvinas. Gregorio (1947) y Aníbal (1948) eran treintañeros, casados y padres de familia. Hacía 20 años que se conocían y aunque ya no eran adolescentes, mantenían intactos sus anhelos creativos. En 1970 habían registrado su primer tema en SADAIC: “Serenata de trinos”, el vals que les permitió rendir el examen de ingreso a la Sociedad Argentina de Autores y Compositores. ¡Qué orgullo y emoción fue para aquellos pibes de la Quinta Sección! Y vinieron otros temas: “Para llegar a tu tiempo”, “Por seis cuerdas solas”, “Cueca para Don Aníbal” (en homenaje al papá del “Pelado” Cuadros), “Vendimia de mi sangre”, “Rapsodia para un zorzal”, “Tus lecciones de vida”, etc.

Sobrevino luego una impensada ausencia entre ambos por obligaciones laborales y familiares, que se prolongó hasta aquel día de 1980 en el café ubicado en San Martín y Montevideo, propiedad de dos populares árbitros del fútbol mendocino: Pedro Castellino y Antonio Dadalt. Allí comenzaba una nueva etapa -la más importante- en la trayectoria de esta dupla autoral: Aníbal Cuadros y Gregorio Torcetta: música y letra para un sino común.

Y así comenzó el despegue. Los encuentros de trabajo autoral se sucedían con regularidad en casa de Aníbal, en el barrio Santa Ana de Villa Nueva, en Guaymallén. Y aquellos dos noveles creadores llevados por una responsabilidad también nueva, se exigían a sí mismos en la búsqueda de cada nota musical, en traer la palabra apropiada para reflejar, en la letra, la imagen precisa al espíritu del tema.

Y fue Guaymallén donde se inspiraron para sus obras más difundidas: “Compadre del sol”, “Tiempo de regreso” y “El viejo tonelero”.

El viejo Guaymallén de la familia Cuadros, que en otro tiempo había residido en la “Cañadita Alegre”, donde se inició, Hilario Cuadros -tío de Aníbal- que se inspiró para tantos temas inolvidables que hoy forman parte de nuestro folclore.

Y también en Guaymallén vivía en 1980, un hombre que influiría en gran manera, en el espíritu de Cuadros y Torcetta, en quienes vislumbró a los generadores de un cambio, de un “aggiornamiento” de la música regional. Se trata de José Cangemi. Amigo, consejero, impulsor, es una parte insoslayable en la trayectoria y la obra de esta dupla creativa.

En la casa de la familia Cangemi

José “Pepe” Cangemi, era esposo de Fenicia Josefina Malgioglio Cuadros, hija de una hermana de Hilario Cuadros. Nacida en San Juan, vino a vivir con sus padres a Mendoza, después del terremoto de 1944 en su provincia natal. Hija de padre italiano y madre criolla (lo gringo y lo criollo) desde muy joven se perfiló como una destacadísima cantante lírica especializada en el “Bel Canto”, llegando a ser una excepcional intérprete operística. Ejerció la docencia en la Universidad Nacional de Cuyo, como Profesora Superior de Canto. Enseñó en el Teatro Colón y en países europeos como Alemania e Italia, entre otros.

Fue en su esposo José Cangemi, que encontró el aliento y el impulso para desarrollar la dura profesión del canto. Fueron padres de dos hijas: Verónica, soprano de fama internacional y Patricia dueña de una portentosa voz que la ha convertido en una indiscutible figura del tango.

Pepe y Pepa Cangemi -primos de Aníbal-, residían en la calle Juan Gualberto Godoy (el vate mendocino que derrotó a Santos Vega) del Barrio de Comercio de Guaymallén.

La inquietud de Aníbal fue dedicarle dos tonadas “liricas” a su prima Pepita. Así se gestaron “Compadre del sol” y “Tiempo de regreso”.

Y en la propia casa de los Cangemi nació y se compuso “El viejo tonelero”, un domingo al mediodía, cuando Pepe relataba a Gregorio y Aníbal, la historia de su padre, un inmigrante italiano de oficio tonelero.

Fue el matrimonio Cangemi el que acunó y apadrinó el “despegue” de esta dupla autoral, que vivió el estreno de “Compadre del sol” por parte de Fenicia Cangemi en setiembre de 1980 en un espectáculo ofrecido en el Salón “San Martín” del Hogar y Club Universitario de San Luis, acompañada por el propio Aníbal en guitarra y la gran actriz mendocina Luisa Gámez interpretando los textos de Gregorio, todos dirigidos por José Cangemi.

La inolvidable actriz Luisa Gámez, Aníbal Cuadros y Fenicia Malgioglio de Cangemi en San Luis en 1980. Se estrenó en esa ocasión “Compare del sol”.

Después de esta experiencia, de este “bautismo”, se abría un horizonte posible de alcanzar. . . con música y letra mediante una obra que partiendo de los orígenes arribara al presente de esta pequeña patria nuestra.

La cultura folk

El brevísimo panorama antes pintado permite tener una idea sobre la influencia que nuestra cultura folk ejerció sobre las generaciones de los años 30, 40 y 50, para casi desaparecer entre los nacidos en la década del 60 cuando se comenzó a perseguir (a fines del decenio) a intérpretes y autores que el sistema consideraba de “izquierda”. Muchos debieron abandonar el país, donde ya en 1970, se prohibió la difusión de este tipo de música comprometida. Sólo se permitían temas que soslayaran lo social, la protesta y la denuncia.

“La cultura folk en el curso de la historia –señala Augusto Raúl Cortázar– es fuente inagotable para la inspiración de artistas y creadores de las más diversas expresiones, porque a través de ella se rescatan ejemplos de nobles virtudes personales y colectiva y se encuentran prodigios artísticos como la poesía, la música, la narrativa, las danzas populares y tradicionales.

Hay miles de ejemplos de material folclórico elegidos por los más grandes artistas de la humanidad como materia, sustancia, motivo de inspiración de sus obras. Estas obras serían otras tantas proyecciones folclóricas.

A su vez estas proyecciones representan una gran esperanza.

Si son nobles y auténticas pueden volver al folk del que partieran en algún remoto pasado. Esta vuelta al pueblo de elementos legítimos elaborados por verdaderos artistas, conscientes y responsables, sirve para revitalizar las formas languidecientes de los propios grupos populares, cuya vida integral se resiente por la crisis de transculturación que se experimenta actualmente.

“Es decir que lo popular está sufriendo cambios en los elementos de su cultura tradicional que paulatinamente van perdiendo su función y su prestigio ante el avance de la civilización cibernética. El cambio en sí mismo no es de temer. El proceso es eterno e indetenible.

“No es sino una etapa de ese incesante movimiento histórico-universal que hace a la vida misma.

“La difusión mediática y universal facilitada por los medios técnicos de hoy, llega hasta los ámbitos más apartados del planeta, poniendo a consideración de las diferentes poblaciones, en muchos casos, deformaciones lamentables, burdas caricaturas que pasan por imágenes verdaderas.

“De este impacto deformante de la cultura de masas, no escapan las comunidades populares del interior del país, último reducto de los sobrevivientes vestigios de nuestras más puras tradiciones. Y probablemente jamás lleguen a nutrirse de la renovación sugerente que aporten las proyecciones folk dignas y serias y que por milenios fueran las buenas semillas que fructificaron en el seno del pueblo. “

 

Para Aníbal Cuadros

Por la magia de tus manos vuelve a vivir la guitarra

que se rinde enamorada a tu deseo creador

entregándose al fervor de caricias refinadas.

Porque no tiene secretos para tu alma soñadora

en tus brazos ríe y llora y en arpegios te responde

cuando ensayas los acordes en sus cuerdas trinadoras.

Cuantas veces junto a ella te has alejado del mundo

y en el canto más profundo te inspiraron las estrellas

las melodías más bellas de tu espíritu fecundo.

Deja que cante y que sueñe al conjuro de tus manos

Nada habrá, por muy lejano, que no puedas alcanzar

si teniéndola en tus brazos, quedo, la dejas hablar.

Gregorio Torcetta

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