opinión

Salud y gracias, Pocho Sosa

Hace 70 años nacía uno de los grandes exponentes de nuestra música. Aquí, un homenaje.

Salud y gracias, Pocho Sosa

Pocho Sosa es de la clase de hombres cuyos sueños despiertan en realidad, acaso los músicos que logran subir al podio de la consagración. Hay un camino para el artista humano y otro para el ser común, este camino, esta ruta es la que descubrió nuestro cuyano cuando el reposo por enfermedad, a los dieciséis años, le trajo a manos de su padre, guitarrero ya ausente, una guitarra. La luna tucumana le brindó acordes para la canción sin tiempo de lo que hoy por hoy ya es en él un trozo de vida.

Aquellos hombres transformados por la música van perdiendo su verdadero yo, en cambio el Pocho se transformó en músico desde la humildad y a cuerdas en vino despierto, fue y es el mismo en todo su andar. La música, esa genialidad que corroe, olvida o duerme a tantos intérpretes, a él lo alzó e iluminó en la cima de nuestro folclore cuyano; acaso junto a Oscar Matus, Hilario Cuadros, Felix Dardo Palorma, Tito Francia o el mismísimo Armando de América, a quien él considera uno de sus maestros y le ha cantado fervorosamente.

En otro espacio que no fuere el escenario, quienes aún no lo conocen, imagínenlo con los ojos enceguecidos de Yupanqui sobre el laúd, entre las barbas de Cafrune, sobre un poema de Jaime Dávalos, acompañando un tanguero bandoneón o simplemente junto a la Negra Sosa cuando la guitarra canta otoño, pero en Mendoza. Con sueños de soñador humilde de la vida, los mil destinos de la interpretación, con tropel artero de tanto cuyanismo de tonadas, con su ajuar de zambas; en el cúmulo de su edificio cantor, hay un duende propio, quizás también del vino. Hay un Pocho de nosotros y detrás suyo, un gran hombre, un ser que ya es parte de nuestra piedra, acequia o tacho repleto de racimos musicales.

A sus dieciocho años, con amigos, armó el grupo “Los Picunches”. A los diecinueve, “Los Huarpeños”; a los veinte, el “Cuarteto Huanta” que luego se transformaría en “Canto Trío”: aquel premiado en Cosquín 1980 por la canción “Destituyo las rosas” de Siró y Sánchez. No alcanzaría espacio para mencionar tantos tablados donde pisó, ni tampoco las universidades norteamericanas donde llevó nuestra música hasta culminar su gira, nada más ni menos que, en el Salón Dorado de la Organización de los Estados Americanos. Tantas producciones como amigos lo hacen infinito; poetas, cantantes, músicos, bailarines, tanta humanidad en un mismo pañuelo. Así continúa marcando notas día a día, observando increíblemente la canción, como cuando adolescente; su oído succiona ávidamente, mansamente, lo escuchado, como sabio viejo zorro, para depositarlo en su pecho; en su corazonada memoria, donde nada está marchito ni desvanecido, para luego volar como pluma cobrando vida en la raíz del verso. Tiene deseos de cantar, voluntad de seguir tocando, ansias de seguir siendo canto.

No supo detenerse jamás en el vicio por la gloria, aun conociendo de sus máscaras y ventajas lascivias. Los anhelos caminan con él en su andar y decir total, termina caminando íntegramente sobre su pasión; virtuoso de la misma, como músculo activo y turgente único de accionar musical. Es instrumento infalible, gran artista, libera sus dedos sobre la guitarra y deja que éstos modelen la canción a modo de alfarero, de pincelada sobre suave lienzo, de estío endemoniado en el corazón de los cerros o en la silueta bendita de cuecas dormidas aguardando ser tocadas y desvestidas por el cantor cuando la noche abre sus piernas a la danza ardiente de pura cepa.

Por algo, el banco donde trabajó no se quejó al perderlo como empleado y el asma lo regresó a su tierra natal en 1973 sin importarle escenarios, radios y pantallas porteñas de televisión. Por algo suceden las cosas, a veces. Para no redundar – es necesario observar su biografía-, ya evadió la tumba trémula del olvido y sus tinieblas. Hoy nos debemos un brindis con él, como mendocinos, al besar la copa inmaculada de nuestros sarmientos en el altivo canto de Mendoza, mientras el Pocho siga escribiendo su historia. Total ¿Qué más da? viviendo ya es patrimonio nuestro. No alcanza mirada profunda para abarcar cincuenta años con la música o siete décadas de vida, una boca tampoco dirá tanto de un tirón, pero en un pergamino de existencia se ahonda lo casi todo de este mendocino cantor; este ciudadano ilustre, este retrato modelo de un nuevo mural de nuestra cultura.

Por todas las razones enumeradas y las ausentes obvias, que encierran la misma referencia, hoy abrazan al Pocho los suyos, aún desde la eternidad: Mendoza y sus proclamas de canto, las cuerdas del “Mamadera” Aragón, el baile del “Chúcaro” Santiago Ayala, la poesía de Víctor Heredia, la chacarera del “Cuchi” Leguizamón, la mano del “Chalo” Sedero, don Saúl Quiroga, Oscar Monge y Tito Francia; el Jorge Sosa, la comadre Vilma Vega y Eduardo Ordoñez, la luz de don Ángel Bustelo que nunca se apaga, el Nicolino Locche esquivando la tristeza de crueles golpes; el humor de Landriscina, el canto chalchalero de los Saravia, la estrella de Antonio Tormo y el Polaco Goyeneche hecho tango eterno, el acordeón de Tarragó Ros; con Carlitos Perlino, “Quito” Lima, el “Beto” Quiroga y “Pancho” Cabral, con Alejandra Dondines y el “Chango” Leal; con la dulzura de Elena Siró, Ángeles Asencio, “Coqui” Sosa y el “Fredy Vidal; con Virginia Lago y Norma Viola, con Inti Illimani y Jorge de la Vega, la amistad del “Pepete” Bértiz y Gerardo Poblet en juventud; con Damián Sánchez volviendo abrazarte, con la mano de Mercedes en tu espalda, con Tejada Gómez en lo azul de la zamba; con la nueva juventud elevando cantares. Hoy te saludan también los ídolos del siglo, tu público, tu familia querida y estas humildes letras conformando la infinita palabra.

Hay que verlo desde abajo en toda su altura, comprendiendo la genial previsión de su voz y guitarra trazando sendas hacia el vértice donde se complementan; el cantar, el corazón y las añoranzas; descubrámoslo enlazando el alma y los sentidos, transformándolos para entregarlos ya disueltos en un sentimiento sin cese. No sirve definirlo solamente como cantor, sería egoísmo, sabiendo que además es un gran arquitecto casi cósmico, aprendiendo desde el vivir del pueblo, a construir un mundo poblado de musicalidad, inclusive: de la mano con aquellos que ya no cantan aquí y lo aplauden desde el mismo firmamento del folclore. Ya ennoblecido e ilustrado en la página de nuestro cuyano acervo, canta y seguirá cantando como jilguero en la noche blanca que aún muriendo nos da su luna de canto. Por las hileras del tiempo/ el Pocho sigue entonando/ un concierto de uvas nuevas/ que Mendoza va paladeando. En copa y vida los duendes/ con guitarras van acompañando/ entre mil cuecas y tonadas/ la alegría ya va despertando/ borrando a soplos la muerte/ que el cantor va desdibujando.

Naciste el 17 de Julio de 1943, querido Pocho. ¡Salud y gracias!

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16 de diciembre de 2017 | 15:55
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16 de diciembre de 2017 | 15:55
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    Leopardo al acecho
    7 de Diciembre de 2017
    Leopardo al acecho