opinión

A vos también te espían

Una gran cantidad de información sobre nosotros está en manos del Estado y de firmas privadas.

Un violador serial es atrapado debido a que mientras cometía sus delitos llevaba consigo su celular activado, lo que le permitió a la policía rastrearlo, cruzando datos sobre los teléfonos que estaban encendidos en las proximidades donde las víctimas sufrieron los ataques.

Una madre descubre que su hijo, estudiante secundario, mantiene una relación amorosa con una profesora, gracias a que le revisó su perfil en Facebook.

Un asesino se deshace de un cuerpo trasladándolo en el baúl de su auto, todo sale bien, pero no cuenta con que las cámaras de seguridad callejeras registraron todo su recorrido, con lo que sale a la luz que a la hora del crimen no estaba en el lugar en el que había declarado que estaba.

Hasta con cierta satisfacción miramos, con un detalle hasta hace unos años impensado, el techo de nuestra casa después de llegar a ese exacto punto ampliando cada vez más la imagen en Google Earth.

En la vida diaria usamos las redes sociales para divulgar nuestra vida privada. Sin contar con que compramos teléfonos celulares y autos con GPS. Hay cada vez más cámaras a nuestro alrededor y algunos gobiernos proponen el uso de drones para que la comunidad tenga sobre sí cámaras móviles.

Sabemos que estamos siendo filmados, grabados, registrados. Sabemos que lo que escribamos en una red social pasará a ser de dominio público. Y eso nos sirve para sentirnos seguros y en comunidad.

En los últimos días, el espionaje se ha convertido en tema de debate en los medios, está en las portadas de los diarios y en los resúmenes de noticias de la radio y la televisión, tanto por el caso Edward Snowden como por las denuncias que han surgido contra el Gobierno nacional.

Estamos hablando de espionaje desde las estructuras estatales, algo que ha sido usado desde siempre, desde el mismo nacimiento del Estado, podríamos asegurar. Estuvo presente en todas las guerras de independencia, además de en todas las guerras. Lo han usado gobiernos de facto y gobiernos democráticos, reyes, presidentes y primeros ministros, cuando no funcionarios contra sus superiores.

El espionaje desde el Estado es aceptado cuando, vía autorización judicial, se registra la actividad de alguien que está cometiendo o ha cometido un delito. Pero es repudiable en todos sus aspectos cuando el Estado aprovecha sus medios para espiar a, por ejemplo, opositores, a otros estados, a empresas, a cualquier persona.

Pero hay otras estructuras que nos espían y de las que poco se dice. Y, para peor, su actividad es legal, o al menos se mueven en una delgada línea entre lo legal y lo ilegal.

Nuestros datos (muchos de ellos) están en manos de empresas privadas que hacen uso de ellos descaradamente. Bancos, casas de crédito, aseguradoras, departamentos de marketing de concesionarias de autos, de empresas de turismo, de restoranes, de televisión satelital y muchos más tienen acceso a nuestros datos, que se van almacenando en bases que se venden a buen precio y que se elaboran a partir de nuestra actividad con las tarjetas de crédito, por ejemplo, pero especialmente con lo que hacemos en Internet.

Las redes sociales son un buen lugar al que quienes elaboran estas bases de datos recurren para conocer nuestras preferencias literarias, musicales, sexuales, nuestros gustos en relación con la ropa y los destinos turísticos e incluso lo que hacemos y somos capaces de hacer por nuestras mascotas.

Nos indignamos, y con mucha razón, cuando nos enteramos de que la privacidad de alguien ha sido violada por algún sistema de espionaje estatal, pero nos han convencido de que todos nuestros datos pueden estar en mano de empresas privadas que los acumulan sin dejarnos en claro qué destino le van a dar.

Alguien podría salir en defensa de estas empresas diciendo que los datos no los usan con fines delictivos y que no están escuchando nuestras conversaciones telefónicas. Pero está claro que a nadie le pidieron permiso para darle otro uso a nuestros datos que no fuera la mera comprobación de nuestra identidad. Y también está claro que, con las tecnologías de punta (incluyendo las imágenes que desde los satélites toman a cada segundo), no es necesario instalar rastreadores en las solapas de la gente, como en las viejas películas de espías, para saber lo que hacemos a diario.

Hay, en definitiva, una cantidad descomunal de información que si estuviese en manos del Estado nos preocuparía (porque sería para preocuparse), pero que en poder de firmas privadas nos parece lógico, o mejor, nos han hecho creer que es lógico, y contra esto también hay que protestar.

Opiniones (1)
18 de enero de 2018 | 21:31
2
ERROR
18 de enero de 2018 | 21:31
"Tu mensaje ha sido enviado correctamente"
  1. Es cierto lo que plantea, pero tomemos un ejemplo: el de las redes sociales, siempre cuando uno se da de alta como usuario hay una casilla que dice acepta las condiciones de uso y todo el mundo dice si sin leer, claro son doscientas páginas. Pero allí dice que todo lo que pongas será propiedad de ellos, incluso tus fotos.
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