opinión

Lo mandan a espiar y cuando llega toca bocina

No todo es Edward Snowden en la vida. Se viene otro escandalete de espionaje pero made in Argentina. Atenti.

Lo mandan a espiar y cuando llega toca bocina

Efectivamente, queridos: estamos en condiciones de anunciarles que está llegando un despiole de esos que hay que tratarlos de “Usted” y dejará lo de Snowden a la altura de un poroto acostado. La cosa es así: un espía argento se chifló y nos ha entregado un detallado escrito donde revela aspectos increíbles de su vida y de las misiones que le encargó el gobierno. Les aseguro que el asunto es gordo y peludo, porque nos deja como el traste ante el mundo, como si pudiéramos estarlo más. Todo espía es un asqueroso mercenario, y este no es la excepción. Pero se rayó mal al ver cosas que ni él pudo soportar con la frente alta, y decidió venir a vernos porque esta columna y MDZ Online le parecieron el medio más confiable para dar a conocer sus vivencias, lo cual nos honra pero no mucho. A continuación les ofrecemos un selecto extracto de ese papelote, que esperamos no nos dé muchos dolores de cabeza. Por las dudas desde ya lo vamos diciendo: Amigo Echegaray, ¡Oh Gran Chamán de la poderosa AFIP!: No venga  a apretarnos, porque eso sería como querer ordeñar una piedra. No nos puede sacar lo que no tenemos... ¿Oh, sí? Dicho esto, vamos a los bifes.

Soy un agente secreto argentino, unos de los mejores y más capacitados, lo cual no es mucho decir si lo comparamos con los standars internacionales. En eso estamos como en casi todo menos en el fútbol y el polo, lo cual indica que si no hay una pelota de por medio no servimos para gran cosa. Después de muchos años de inobjetables servicios al país, decidí desertar al ver que no era tratado como me merecía y que no se respetaban los más elementales derechos que todo espía debe tener. O sea que me agarraban de forro, dicho en criollo. Antes, como corresponde, quise hacer todo por derecha y pelear de frente por lo que me correspondía, y por eso me afilié al Sindicato Argentino de Espías, después de que en una misión no pude reunirme con mi contacto simplemente porque no le habían pagado antes y el chabón no fue a la cita. Tuve que rastrear pistas del malvado de turno buscándolo en la guía de teléfonos y en Facebook. Eso repugna a las sagradas tradiciones del espionaje bien entendido, y me cabreó mal. Entonces hablé con el secretario general del sindicato (un primo lejano de Austin Powers, decía él) me afilié y al poco tiempo era delegado en mi organización de inteligencia. Ahí empecé una lucha denodada contra la opresión a los postergados trabajadores del espionaje porque con la excusa de que nadie debe saber quienes somos, nos forrean  siempre y nos 'invisibilizan', como dicen ahora los tilingos de la comunicación. Fue una gesta heroica organizar la primera huelga con movilización de agentes secretos. Concurrimos muchos, pero no se notó porque estábamos camuflados. Unos se disfrazaron de chicos de delivery, otros de guardianes de plaza, otros como taxistas, otros de cartoneros y no faltó el que dejó salir su trolo reprimido y se lukeó como mina con tacos aguja de 15 centímetros, minifalda y peluca platinada. O sea: nadie se dio cuenta de nada, ni nosotros, lo cual habla de la excelencia del espía argentino para pasar desapercibido, pero neutralizó la eficacia de la marcha porque tampoco hicimos pancartas, para no deschavarnos. Dicho en lenguaje técnico, fue bien al pedo.

Pero la lucha continuó. Una vez nos quisieron obligar a hacer un curso de espionaje electrónico que teníamos que pagarnos nosotros mismos, casualmente dictado por un sobrino del jefe que tenía una empresa especializada, según nos dijeron. Aunque luego comprobamos que era apenas un tallercito de reparación de radios y televisores. Nos revelamos y decidimos hacer un 'quite de colaboración'. Claro, no sabíamos como. En la asamblea que convocamos hubo distintas posturas. Por ejemplo, se propuso que cada vez que fuéramos a espiar tocáramos timbre. Lo descartamos por obvio y porque eso atentaba contra la fama de astuto que debe tener todo espía que se precie. Otros querían denunciar en los medios que el monopolio de los disfraces que usábamos lo tenía un negocio de cotillón propiedad de cierto gato que curtía con todo el directorio de la agencia. Pero no pasó nada porque la felina en cuestión también había arrugado sábanas con la mitad de los espías autoconvocados en protesta, por lo que se corría el riesgo que la muy cochina le batiera a las respectivas esposas, y se pudría el guiso; varios dijeron que preferirían entregarse a la ETA atados de pies y manos antes de que sus mujeres se enteraran del fato. Ni hablar de como les fue a los tarados que querían incendiar nuestra oficina central y después echarle la culpa a unos terroristas espantosos...a esos los reventamos a patadas preventivamente, porque seremos espías indignados pero no por eso vamos a atentar contra la fuente de trabajo. La discusión duró varias horas, hasta que empezó a sonar la sirena que avisaba que se había producido una emergencia terrible, de esas que ponen en peligro la paz mundial. Tuvimos que salir a los santos piques, largándonos por esos batitubos onda bombero que tenemos en el cuartel general. Cada uno se reportó a la jefatura y ahí supimos que habían apaleado al repartidor de sushi que proveía al Director de la agencia y no le llegó el apestoso pescado crudo con que se atoraba cada mediodía, el maldito tilingo; esa era la jodida emergencia.

Cundió la calentura, pero igual hicimos de tripas corazón y salimos a buscar a los chorros. Por más que nos pintáramos de muy sindicalizados combativos no dejamos de ser una organización vertical, que de eso se trata el espionaje: hay que hacer lo que hay que hacer y nada más, sin preguntas. Después discutimos, no sin antes barrer electrónicamente el lugar para verificar que no haya micrófonos escondidos ni cámaras ocultas, que si no terminamos apareciendo en América 24. Gracias a la habitual red de informantes, localizamos a los asaltantes. No eran otros que nuestros proveedores de pizzas, los dueños de un comedero llamado Escupidas a la Carta, a los que solíamos manguearles el almuerzo cotidiano. Pretendían mantener cierta clientela que nos incluía (aun considerando las rapiñas que les hacíamos y dejaban a la Policía Federal como los  hermanitos tontos de Heidi) y querían conservar su zona libre de injerencias gastronómicas poco argentinas. Por eso boletearon al repartidor de sushi, para mantener al barrio limpio de estupideces. Pero al Gran Jefe eso le cayó re mal y les tiró con nosotros, la última línea de fuego para defender ésta idiosincrasia, aunque él y su podrida comida japoniforme la estaban basureando. Pero al final lo resolvimos fácil: juntamos a los 'sospechosos de siempre', les plantamos la billetera del repartidor e inmediatamente le chiflamos a la cana. Asunto resuelto.

Igual quedaba pendiente como hacer efectivas las medidas de fuerza sin delatarnos. En la segunda asamblea convocada para decidir eso fue todavía menos productiva porque la hicimos en un cafetín del centro pero con cada uno de los participantes sentados en distintas mesas, para no llamar la atención, y comunicándonos por mensajitos de texto. Así no se puede presionar a nadie y menos dar a conocer nuestros justos reclamos que incluían pago de horas extras, poder viajar en primera clase de avión y no en bondi, y que nos reembolsaran el gasto en pilchas porque uno no puede andar por ahí hecho un desarrapado. Son muchos años de ver pelis de James Bond y sus smokings a medida, y entonces si hablamos de espías no es creíble ver a uno con zapatillas Adidas truchas compradas en La Salada. Pero los problemas recién empezaban...

CONTINUARÁ...

Esta es la primera parte de lo que nos mandó el que te dije. Debemos fraccionarlo porque es largo como eructo de jirafa. Pero les aseguro que vale la pena... ¿O no? Bueno, díganlo ustedes. Nos vemos la semana que viene.

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17 de diciembre de 2017 | 05:40
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17 de diciembre de 2017 | 05:40
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    Leopardo al acecho
    7 de Diciembre de 2017
    Leopardo al acecho