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El canto cuyano en la época de la independencia

Goyo Torcetta sigue haciendo historia y cuenta sobre lo que pasó en Mendoza hace casi 200 años.

El canto cuyano en la época de la independencia

Lima, capital del virreinato del Perú, la cuña española en el corazón quechua, fue durante la Colonia, la gran metrópolis del Nuevo Mundo. Allí confluyeron las dos cumbres: la de España y la de América del Sur. Ello la volvió apta para generar un arte hispanoamericano.

Pero a medida que los cantos y danzas se fueron alejando de allí para incorporarse a poblaciones del interior del continente y entrar en contacto con otros núcleos nativos más lejanos, fueron tomando formas nativas.

Desde el sur español llegó un extenso y variado cancionero para instalarse en medio del desorbitado lujo de la corte virreinal, integrada por los descendientes de aquellos aventureros de clase baja que fueron los conquistadores de las primeras etapas.

Eran los españoles nacidos en América, muchos de los cuales llevaban sangre quechua.

Todo el virreinato del Perú vivía la euforia económica que generaban las riquísimas tierras del Incanato, explotadas con la esclavitud del aborigen (víctimas de la encomienda y la mita, instituciones concedidas por la Corona a los conquistadores).

Eran permanentes los festejos públicos fastuosos, donde las diversiones tenían eco en la juventud ociosa de la nueva aristocracia.

Cantos y danzas de salón y populares

El cancionero era usufructuado por todos, aún cuando en la aristocracia había logrado un mayor refinamiento. Esto es lo que después determinará, en el cancionero folklórico argentino, la diferencia entre cantos y danzas de “salón” y “rurales o populares”.

Pero tanto en una como otra se apreciarán los rastros del mismo cancionero tradicional español.

En las reuniones sociales aristócratas se interpretaban los temas con instrumentos europeos. Pero también se aprovechaba a los servidores aborígenes para que las ejecutaran en quena, flauta, tamboril y a veces hasta en guitarra.

Esos músicos trasladaban las piezas a sus corros o peñas musicales que se hacían en las ferias, a las que concurría a comerciar gente del sur del continente, que luego la llevaban a sus lugares de origen. Los temas iban siendo modificados y así llegaban a las diferentes regiones donde recalaban.

Los colonizadores trajeron su propio folklore a estas tierras americanas del sur, al que se sumó la música quechua que encontraron en el altiplano y en menor medida los ritmos africanos aportados por los esclavos que llegaron con los europeos.

Los criollos (hijos de españoles nacidos en América) primero y los inmigrantes (los extranjeros que no eran españoles) con su descendencia después, aportaron lo suyo.

Así fue enriqueciéndose ese tesoro patrimonial de estos pueblos.

Con el paso del tiempo, las canciones y danzas fueron tomando la identidad propia de cada región donde las adoptó el pueblo, se identificó con ellas y anónimamente quedaron en su memoria y fueron trasmitidas en forma oral de generación en generación.

Hoy, en pleno mundo cibernético, se siguen cantando y bailando.

El santiagueño su chacarera, el correntino su chamamé, la chamarrita el entrerriano, salteños y tucumanos la zamba, el jujeño su carnavalito, el riojano su chaya, etc. etc.

Ahora podemos hablar de folklore cuyano.

San Martín y la música criolla

San Martín eligió a Cuyo para formar su ejército. Poco a poco el campamento El Plumerillo fue el centro donde confluyeron los cuyanos, sin distinción de clases, desde los más pudientes, hasta los más humildes, para dar, a su patria, lo que cada uno podía.

Muy bien sabía el Gran Capitán el poder espiritual que la música popular ejercía sobre sus soldados.

Jamás faltó en El Plumerillo la presencia de la guitarra cuyana, que con su armónico lenguaje despertó profundos sentimientos en los soldados y en el pueblo.

Tonadas, gatos, cuecas, valses, milongas y otros ritmos criollos, se daban cita alrededor de esos fogones, donde también se bailaron antiguas danzas regionales como El Sereno y El Gauchito.

La banda de los negros

Don Rafael Vargas tenía en su hacienda una banda musical propia, formada por doce negros libertos de sus antiguos dominios. Él mismo los había seleccionado por sus aptitudes musicales y los mandó a Buenos Aires a estudiar y de allá volvieron con instrumentos nuevos.

Se hizo famosa y su presencia se volvió indispensable en cuanta fiesta social y religiosa se organizara.

Un buen día don Rafael hizo vestir a sus músicos con sus vistosos uniformes de gala y tomando la calle de La Cañada que llevaba directamente al campamento, los hizo desfilar hasta El Plumerillo. Durante el trayecto se le unieron los vecinos y así la numerosa caravana llegó a presencia del coronel Las Heras, amigo personal de don Rafael Vargas, quien, ante la sorpresa del militar y de todos los presentes, le dijo: “Coronel, aquí tiene usted la banda de su regimiento”.

Fue el primer regimiento que tuvo banda propia y la que sonó con notas de victoria después de Chacabuco y Maipú.

Se prefirió la canción clara y sencilla

Los cuyanos gustaron siempre de la canción clara y sencilla. El espíritu popular de nuestra música criolla logra hermanar en sentimiento desde el más humilde hasta el más acomodad distinguida. Para los sentimientos no hay fronteras y el corazón siempre entra por igual a la vivienda más pobre como a la mansión más distinguida.

Hasta principios del siglo pasado, por 1915, eran frecuentes las reuniones criollas en las residencias veraniegas que varias familias pudientes de Mendoza, poseían en El Challao y también en el Carrizal. Allí gatos, cuecas, tonadas y valsecitos cuyanos alternaban con sonetos y romances que permitían el lucimiento de encumbrados personajes de aquella sociedad, que compartían con destacados músicos, poetas y algunos payadores populares.

Pero no sólo allí estaba la diversión. El pueblo tenía sus ámbitos menos formales y más espontáneos.

El infaltable cochero

Un tema clásico de nuestra canción popular es la cueca de Hilario Cuadros “Cochero e’ plaza”, donde describe lo que te estoy explicando:

“Bailaremos unas cuecas y cantaremos tonadas

con algunos cogollitos y a dúo, si me acompaña…”

“Allí le iremos pegando a la cazuela, empanadas,

tortitas con chicharrones y aceitunitas sajadas;

a los huesitos picantes, al vinito y la pichanga…”

Sin tanto rodeo llegaban los cantores a la casa del compadre fulano de tal, a saludarlo y desde la calle, comenzaba una tonada con cogollo. El dueño de casa les abría las puertas y los agasajaba con lo mejor que tenía. Y así la “farra” o “jarana” se extendía “hasta que las velas no ardan…” y a la madrugada se despedían. Y un un coche de plaza (también llamado “mateos” eran carruajes con capota negra, tirados por un caballo, hacían las veces de taxis o remises en aquellos años) partían los músicos con sus instrumentos.

Bodegones y chinganas

También el criollo de aquellos años contaba con lugares públicos donde divertirse: los bodegones y las chinganas. Eran famosos.

Los bodegones eran reuniones populares, especie de bailes que se realizaban con motivo de un festejo patrio o social. Por ejemplo los de mayo, los de julio y otros que celebraran la finalización de la cosecha de uva, del trigo, etc.

No faltaba la carne asada con cuero, empanadas, pasteles, el vino, la sangría, los dulces, las frutas, los postres y hasta las flores. Músicos y bailarines, poetas y payadores se daban cita y se mezclaban con el pueblo, humildes y pudientes y en medio de ese ambiente festivo, las danzas y canciones criollas le daban ese toque inolvidable.

Las chinganas eran casas de diversión privada. Las había desde las más refinadas hasta las más populares. Eran pequeños bodegones privados, donde había que pagar la entrada. De allí surgieron excelentes músicos y cantores cuyanos y se inspiraron bellos temas que pasaron a enriquecer nuestro acervo folk.

En bodegones y chinganas se generó una verdadera escuela por donde pasaron los valores más destacados de la música criolla regional buscando la aprobación y el estímulo popular que supo encender la vena creativa de aquellos artistas.

Los cantos y danzas cuyanas

Todos los cantos y danzas cuyanas se originaron en el cancionero español y entraron a estas tierras del Nuevo Mundo traídas por los colonizadores hispanos. Entraron por el Perú, sede del virreinato y a través de las comunicaciones comerciales, principalmente, se dispersaron hacia el sur del continente.

Sufrieron influencias y modificaciones durante el trayecto y finalmente fueron amoldadas a la idiosincrasia de la región, dándole su propia característica, que las tornaron inconfundibles respecto de otras partes del país y fuera de él.

Los más característicos son: tonada, cueca y gato. Como menos difundidos se encuentran el sereno, el gauchito, la refalosa y el valsecito criollo.

Intentaremos dar un breve panorama generalizado de cada uno:

La Cueca

Es una danza simbólica que implica una invitación al amor, a través del diálogo de los pañuelos.

Tuvo su origen en Perú donde se la denominaba Zamacueca o Sajuriana. Al llegar a Cuyo es adaptada a una forma más formal, convirtiéndose en una danza señorial tanto en su ritmo como en su letra. El cuyano fiel a su mentalidad montañesa y conservadora, desechó lo grosero y vulgar que traía desde su origen, inclinándose a la utilización de las coplas del cancionero español.

Conquistó el alma cuyana y cobró movimientos más lentos y solemnes, convirtiéndose así, en la vidriera de la gracia y donaire de la mujer lugareña.

Una de sus características es el “aro”, donde cualquier oyente, al finalizar el estribillo, interrumpe la ejecución para agasajar al cantor con un vaso de vino.

Precisamente el “aro” es una antigua costumbre andaluza que al beber o comer le dicen “echar al aro” refiriéndose a la boca. Quiere decir “echar algo a la boca”.

 

El gato

Se dice en el refranero cuyano que “no hay cueca sin gato”.

De la misma forma que la cueca es una invitación, el gato implica una respuesta positiva a ella. La mujer cuyana no baila el gato con un compañero que no es de su agrado.

Es la danza más popular y generalizada del folk argentino. Se la conoce y se la baila en todo el país. Solamente el gato cuyano es diferente a los demás porque tiene dos giros.

Su ascendencia española, tiene su origen en la escuela bolera de Andalucía.

La letra del gato es un relato continuado con principio y fin del argumento o historia que describe.

 

La tonada

Es una canción lírica de índole amatoria, que se canta a una sola voz o a dúo, proveniente de España.

Exige en el preludio e interludio el punteo de la guitarra con una habilidad digital más que regular.

La tonada cuyana hizo desarrollar en el guitarrista una intuitiva habilidad fuera de lo común, que generalmente lo destaca entre sus pares.

Entre las tonadas hay marcadas diferencias. Se agruparían en tonadas chicas y grandes. En la primera cabe la tonada típica popular y en el segundo grupo las de mayor vuelo o sea la tonada lírica, cantadas en décimas y ritmo alternado.

Aparte de cantar al amor y a la mujer las hay épicas, narrativas, descriptivas, etc.

El cogollo es una estrofa dedicada a una determinada persona, a quien se nombra, al terminar la pieza. Esto obliga al agasajado a “pagar” al cantor con un vaso de vino.

 

El valsecito criollo

El vals nació en Alemania a finales del siglo 18 y llegó a Francia para propalarse por todo el mundo.

A nuestro país arribó a principios de 1800. Al ingresar al estrato folklórico argentino, modifica su ritmo que se torna más vivaz y menos ceremonioso.

Al principio sólo fue danza, pero en los albores de 1900 fue el motivo por excelencia para la serenata y su letra cobró gran importancia por el carácter romántico de esta música.

 

La refalosa

Nació en Perú y entró a nuestro país donde se convirtió en un baile folklórico nacional muy difundido en una época. A Cuyo arribó a principios de 1800. Es una danza muy rítmica y alegre.

 

El gauchito

Típica danza cuyana de la Gesta Sanmartiniana. Netamente criolla fue muy bailada en esa etapa gloriosa en nuestra provincia, especialmente en los fogones de El Plumerillo.

 

El sereno

Es una antigua danza muy difundida en Cuyo. Su marcado ritmo evoca el golpe de los parches aborígenes. Sus melodías son simples y pegadizas. Gustaba a la gente y en general el pueblo cuyano la cantaba y bailaba con asiduidad.

Opiniones (1)
17 de diciembre de 2017 | 01:09
2
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17 de diciembre de 2017 | 01:09
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  1. Interesante, discutible, y fácil de refutar, podría el sr. Torcetta citar fuentes? bibliografía... hay oraciones que son cortar y pegar!
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Leopardo al acecho
7 de Diciembre de 2017
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