opinión

Nelson Mandela definitivo

Una figura a tener presente en tiempos tan turbulentos y de poca tolerancia como los que se transitan.

Nelson Mandela definitivo

Nelson Mandela no fue sólo un representante de la población negra, fue un símbolo de paz durante la transición que vivió Sudáfrica en la segunda mitad del siglo XX y que se consolidó durante la década del ’90. Es una figura que debemos tener presentes en tiempos tan turbulentos y de poca tolerancia como los que transitan.

Se lo conoce, en general, por la lucha social que llevó adelante durante más de cuatro décadas –la mayor parte de ellas en prisión- en busca del reconocimiento de derechos individuales, sociales y políticos para la población negra, hasta ese momento negados por el régimen gobernante.

Sin embargo, lo que intento destacar en esta nota es un logro más importante, que lo distingue de los demás líderes: la tolerancia. Nelson Mandela fue, antes que todo, tolerante.

No es fácil luchar incondicionalmente por lo que queremos. Pero aún más complicado es darle la mano al enemigo vencido, perdonarlo, y buscar la reconciliación.

Ubiquémonos sólo por un segundo en los zapatos de un hombre que fue permanentemente excluido. Primero de la Universidad de Londres, en 1939, lo que lo obligó terminar sus estudios a distancia. Posteriormente en 1956, cuando fue cerrado su estudio jurídico, que funcionaba como una asesoría legal para hombres y mujeres de raza negra que se encontraban enjuiciados por el apartheid. Tratemos de pensar en un hombre once veces detenido y veintisiete años preso por razones políticas, periodos en que se negó a negociar con el régimen su silencio y retiro político a cambio de su libertad.

Y finalmente, cuando la recuperó y tuvo la posibilidad de reivindicar los ideales por los que luchó durante tantos años, no buscó la venganza contra la población blanca. Por el contrario, fue el abanderado de la reconciliación.

Fue electo presidente con el 63% de los votos en 1994. Compitió en las elecciones contra Frederick De Klerk, su antecesor, quien lo había dejado en libertad años atrás. Y luego lo convirtió en su vicepresidente.

Juntos, blanco y negro, pero compatriotas al fin, llevaron a la República de Sudáfrica a neutralizar, dentro las posibilidades a su alcance, las diferencias raciales. Se propusieron luchar contra la resistencia de la minoría blanca al reconocimiento de los derechos de los negros. Pero aún más destacable es el hecho de haber luchado en contra de los aires de venganza que gobernaban la población negra.

Crearon la Comisión para la Verdad y la Reconciliación, que no fue utilizada como instrumento punitivo, sino como una herramienta de doble efecto: daba fe del sufrimiento de las víctimas del apartheid y, al mismo tiempo, garantizó la amnistía para los culpables.

Se buscó lograr una nación que reconozca diferencias, que las acepte, y que motive a sus ciudadanos a entender que el de al lado no es mejor o peor por ser, pensar o actuar distinto.

Y a mí me pareció interesante, a título de reflexión personal, pensar cuántas veces nos hemos planteado por qué el distinto es como es. Qué es lo que hace que sea, actúe o piense de manera diferente a mí. 

La forma de ser de los hombres es producto de sus vivencias personales y del contexto en que cada uno se ha desarrollado. Muchas veces, sin percibirlo, el ámbito social en que nos desarrollamos nos va moldeando en cuanto a personalidad. Y es frecuente que esa influencia social genere prejuicios hacia los demás, hacia los que no pertenecen a mí círculo.

Los prejuicios, moneda corriente en la sociedad que vivimos, son producto del miedo. Sí, del miedo a lo desconocido. Es más fácil y cómodo opinar desde el lugar que ocupamos que ponernos en los zapatos de los demás. Porque tememos salir del confort de lo que conocemos. Y si nos animamos, veremos que lo que antes considerábamos una verdad absoluta, desde la perspectiva de aquel que está en la vereda de en frente puede no ser tan clara como pensábamos.

En lugar de generar prejuicios y divisiones, podríamos replantearnos la posibilidad de aprender a nutrirnos de las diferencias. Consecuentemente con esta idea, Mandela creía que nadie era intrínsecamente malo, lo que lo llevó a afirmar, en un momento, que los hombres malos no hicieron al apartheid, sino que éste hizo malos a los hombres.

Mandela aceptó al prójimo como era, y reclamaba lo mismo de los demás. A pesar de no haber sido religioso, adoptó y difundió a Jesucristo en cuanto a la premisa de dar amor a los enemigos.

He crecido en una sociedad que genera permanentemente divisiones. La gente se agrupa entre iguales, formando grupos sociales bien diferenciados con miembros que comparten gustos, pensamientos, religiones etc. Por ello nos cuesta aceptar tanto al distinto, porque con él no compartimos tiempo, charlas ni vivencias. Por ende, no lo podemos comprender, porque no lo conocemos.

Y siento que en los últimos años esa separación de la sociedad se ha acentuado. Calificamos a las personas de “golpista”, “gorila”, “vago”, “mantenido”, entre otras, según la identidad política que las represente.

No es así como avanzan las sociedades. Si queremos crecer como Nación debemos entender que siempre habrá alguien que piense distinto. Y cuando esto no ocurra debemos preocuparnos, porque si la gente no opina es porque no se anima. Hoy, gracias a Dios, todos podemos decir lo que pensamos libremente, y eso es un gran paso de nuestra Democracia. Nos falta el siguiente, que es no sólo plantear y criticar, sino escuchar, y considerar lo que ofrece el de al lado.

Fomentemos la discusión, animémonos al debate, y no nos limitemos a descalificar burdamente lo que propone el que piensa distinto. El que critica no es un enemigo, busca lo mismo que nosotros desde otra perspectiva. Tenemos las libertades para opinar lo que deseemos, pero tenemos miedo de escuchar y considerar la opinión del otro.

Hoy Mandela, a los 94 años, está en estado crítico. Desde mi humilde lugar, le deseo que descanse en paz, porque así vivió. Más que destacar su vida, preferí centrarme en lo que nos deja, que es una clase magistral sobre el valor de la esperanza, las convicciones, la tolerancia, y el respeto por los demás.

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