opinión

Julio Quintanilla: el mítico poeta de nuestras tradiciones

Goyo Torcetta cuenta la historia de uno de los hombres fundamentales de la cultura mendocina.

Julio Quintanilla: el mítico poeta de nuestras tradiciones

Hijo no reconocido de José Néstor Lencinas, fue periodista, político y orador. Esencialmente un poeta romántico, contemporáneo de Alfredo Bufano. Vivió la época del llamado “Populismo en Cuyo”.

En aquella Mendoza de l930 con los infaltables coches de plaza,  tirados por caballos, (popularmente conocidos como “mateos”), cuando la confitería “Colón”, en la esquina sur oeste de San Martín y Necochea, era la cita obligada de la gente importante (en el primer piso del local se cambiaban las libras esterlinas), en ese entonces, en que las familias de la sociedad mendocina preferían el teatro “Avenida” ubicado en la vereda este de San Martín, entre Buenos Aires y Lavalle, vivía Julio Quintanilla.

Época de románticos, de poetas, que en la Capital Federal se agrupaban en modernistas y vanguardistas y las figuras de la literatura argentina eran Almafuerte, Carriego, Fernández Moreno, Banch, Storni y entre ellos, pero sin tanta estridencia, el mendocino Alfredo Bufano. 

Por esos días transitaba las calles del centro, un bohemio con alma de poeta: Julio Quintanilla.

Periodista, político y orador

Era periodista, político y orador de palabra fácil y expresión galana, una especie de manantial inagotable de estrofas...”como un manantial serrano que se hace espuma en la cascada”.

“No era ajeno al radicalismo lencinista y a sus ideales de federación...”afirma el historiador Arturo Roig y hace mención a “El rastro de Facundo”, zamba escrita por Quintanilla en la década de 1920, con música de Adolfo Cía, donde pone de manifiesto la “... expresión de los ideales populares sobre los que se apoyaban los Lencinas”.

Se comentaba que se encargaba de redactar los discursos de Carlos Washington Lencinas.

Lo cierto era que en la confitería o en el café, invariablemente, se lo encontraba siempre rodeado de gente  sencilla y de buen corazón, igual que él.

“Su conversación era amena, entretenida y llena de recursos. Sus letras eran ampliamente populares y una de ellas, tal vez la más cantada o simplemente recitada era la de su vals Lamento cuyano”. (1)

En 1927 se casó con María Argüelles, madre de su única hija Margarita Elda, nacida al año siguiente de su enlace.

Sus orígenes

Había nacido un 25 de setiembre de 1898, en el departamento de Belgrano (actual Godoy Cruz). Era hijo de Emilia Quintanilla Orozco  y su padre habría sido José Néstor Lencinas.

Al respecto escribe Arturo Andrés Roig (1) :  “... se decía que era hijo de José Néstor Lencinas y una de las Quintanillas, las que vivían en calle Chacabuco, en la ciudad vieja”.

Creció en el seno de una modesta familia. En su niñez, los actos de las fechas patrias, se realizaban en la plaza San Martín, donde no faltaba nadie. Ya, a sus cinco años, Quintanilla participaba en ellos.

Fue alumno del colegio Santo Tomás de Aquino y desde niño se destacó por sus inquietudes literarias.

A los doce años presidió el primer centro de ex alumnos de ese instituto educativo, en cuyo periódico se publicaban sus primeros poemas.

El poeta

Una rica producción poética, quedó inédita,  salvándose las letras de canciones populares que musicalizaron figuras como Hilario Cuadros:

“Se ha hecho el ocaso en tu alma y la mía/ y ya se insinúa la paz nocturnal / la estrella que antes mi cielo lucía/ no quiere tu olvido y mi pena alumbrar / Ta solo yo tuve zarzales y espinas/ en la áspera senda que el mundo me dio / los negros crespones que ya se avecinan/ esconden un alma que no te olvidó”

(Grabado por H. Cuadros y Los Trovadores de Cuyo en el sello Odeón) 

Antonio Tormo popularizó uno de sus valses más hermosos, “El beso” creado a partir de los versos de Quintanilla:

“Te adoro a todas horas de la vida/ dulcísima mujer, ángel creador/estrella entre celajes encendida/ a quien alzo la vista en mi dolor./ Como guardan el néctar en su cáliz/ las flores al inquieto colibrí/ en urna de coral y blancas perlas/ vos guardabas ese beso para mi...”

(“El beso”, vals grabado por Los Cantores del Alba en 1968)

También rescató letras suyas Alberto Rodríguez, entre los más conocidos. Precisamente en el “Cancionero cuyano” que recopiló éste último, se encuentra la única vidalita recogida en Cuyo (en San Juan en 1930) y a la que Julio Quintanilla puso estos versos:

“Son estas montañas/vidalita/ la canción de gloria/que para la patria/vidalita/escribió Mendoza. // El sueño de mayo/vidalita/ y el sable guerrero/ viven abrazados/ vidalita/ bajo nuestro cielo...”

Prefirió el folklore

Una carta enviada por Rosa Quintanilla al director del diario “La Libertad”, en la década de 1950,  documenta:

“Todo su ideal, su obra patriótica e histórica, está resumida en sus múltiples poemas, muchos de las cuales se encuentran en mi poder. Todo fue amor a su tierra. Soñó con una patria grande. Sentía un gran amor y admiración por San Martín, a quien dedicó muchas de sus poesías. Defendía los derechos y la tradición de la raza...”

En uno de los artículos escritos por el propio Quintanilla, afirmaba:

“Comprender, interpretar y definir lo autóctono y tradicional en los bailes y canciones argentinas, es patrimonio de los apegados al terruño, de los que sienten y proclaman el paisaje de la patria, representada en la llanura, en la montaña y en la selva...”.

En 1936 fue fundador y presidente de la Sociedad Nativa de Cuyo, que funcionaba en un local ubicado en Rioja y Buenos Aires.

La entidad se encargaba de organizar festivales y recitales nativistas que siempre tuvieron cálida recepción en el público.

En oportunidad de un viaje suyo a Buenos Aires, para defender y reivindicar las tradiciones cuyanas, escribió en una revista editada en la capital:

“...nuestro pueblo canta porque nació en un medio donde todo canta: la acequia, que se desliza saltando piedras y salpicando la ribera, eternamente verde; el zorzal que anida en la montaña, poblando de trinos su soledad y hasta el cerro mismo que en las noches se puebla de extraños sonidos, cuando silba el viento en sus quebradas y se despeñan las rocas rodando hacia el abismo...”

El periodista mendocino Luis Felipe Anzorena, documentaba en un excelente artículo publicado por el diario Mendoza en 1979, que:

“...con frecuencia se lo veía ingresar a un subsuelo de calle Lavalle, donde compartía en La Peña, muchas horas de poesía y canto, con integrantes de la Asociación de Gente de Artes y Letras, que presidía el doctor Lucio Funes, recordado médico de inconfundible figura, y a la que concurrían otros notables como Homero Saldeña Molina, Enrique Trenzal, el general Edelmiro J. Farrel (ex presidente de la Nación) que amaba la guitarra como un legítimo elemento de comunicación, el gran maestro Roberto Azzoni,  el destacado crítico de arte Guillermo Petra Sierralta, entre otros...”

En el mismo artículo Anzorena relata que:

“Julio Quintanilla había sentado sus reales en un bar de calles Bs.As. y Montecaseros, hasta donde llegaban trasnochados trovadores de canciones cuyanas. Esto molestó a cierto vecino que hizo valer su influencia en el ámbito oficial para que lo dejaran dormir en silencio: había que acallar las guitarras. Con la orden llegó una de esas noches un agente de policía que enfrentando a Quintanilla, con energía y decisión se la comunicó.

De inmediato y del mismo modo recibió la respuesta del poeta que le espetó: ¿ Y no tenés vergüenza, con esa cara de Pampa, hacer callar las guitarras, que es lo único que le va quedando a los criollos?“.

“La gloria de los pobres no tiene cara y cuando la tiene, se las comen los perros” le dijo más tarde a su colega y amigo, don Jesús González Lemos, periodista y batallador de las tradiciones nuestras, que llegó a ser elegido diputado provincial. Fue quien evitó, el día del sepelio de los restos de Julio Quintanilla, que fueran arrojados a la fosa común y el que impulsó la idea que fueran trasladados al panteón del Círculo de Periodistas, donde actualmente se hallan.

El último tiempo de su vida fue sumamente penoso.

Enfermo, pobre y casi olvidado, debió soportar humillaciones como el de ser internado en un sanatorio particular, por una presunta demencia que nunca llegó a constatarse. Jamás renunció a sus valores.  Sobrellevó su pobreza con dignidad y tan libre como los pájaros a los que cantó. Residía en nuestra ciudad, Emilio Civit 259 hasta donde llegaban a visitarlo uno que otro amigo. Allí falleció el 3 de mayo de 1950. Fue sepultado pobremente. Un muy reducido cortejo acompañó sus restos hasta el cementerio de la Capital. No hubo honores ni palabras de despedida. Se llevó el silencio respetuoso de aquellos que lo conocieron y admiraron. El mismo silencio de las montañas que había poetizado.

Opiniones (4)
20 de noviembre de 2017 | 19:07
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20 de noviembre de 2017 | 19:07
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  1. A Julio Quintanilla LE ROBARON PRODUCCIONES. No se puede obviar ni desmentir. Ojalá haya justicia alguna vez
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  2. A Julio Quintanilla, le robaron producciones. Ojalá que haya justicia. No se podrá nunca obviar ni desmentir
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  3. Según cuentan nuestros mayores ( yo tengo 61 ) que lo emborrachaban y lo querían hacer pasar por loco para quedarse cierta persona con sus letras...
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  4. QUE HERMOSA Y EXCELENTE NOTA DE DON GOYO, UN PERIODISTA CON MAYUSCULAS, OJALA SIGA ESCRIBIENDO ESTAS COSAS NOTABLES DE POETAS Y MÚSICOS QUE MUCHOS JOVENES TENDRÍAN QUE ESTUDIAR EN LAS ESCUELAS PUBLICAS.- LO FELICITO GOYO, ESTA SEÑORA TUVO LA SUERTE DE CONOCER A DON JULIO QUINTANILLA.-
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