opinión

Menem, Randazzo y la tragedia de Castelar

El mismo día en que condenaban al ex presidente, hubo un nuevo accidente de trenes.

Menem, Randazzo y la tragedia de Castelar

Los certificados médicos que acreditan sus dolencias, hipertensión y angustia impidieron al ex presidente Carlos Menem escuchar la sentencia por la que se lo condena a siete años de prisión por la venta de armas a Ecuador y Croacia. Las enfermedades que padece, según los médicos, no le han impedido asistir a todas las sesiones del Senado donde su voto era fundamental para el oficialismo.

Sin embargo, el ex presidente por ahora no irá preso. Le quedan dos instancias de apelación y la batalla política para quitarle los fueros, asegura Ricardo Monner Sans, el abogado que durante 18 años mantuvo una lucha infatigable para que la causa permaneciera viva, sorteando los obstáculos judiciales, los cambios de viento y conveniencias políticas de todo ese largo proceso. El expediente estuvo un año sin moverse en el cajón de un juzgado en lo Penal Económico, nos ilustra Monner Sans, acostumbrado a luchar contra los molinos de viento desde que era un joven estudiante de Derecho y dirigente de FUA (Federación Universitaria Argentina). Importante señalar también el papel de la investigación periodística que destapó el caso de las armas.

Por esas coincidencias, a veces frecuentes en nuestra poco aburrida vida política –en Francia es difícil que en un mismo día condenen a un ex presidente por contrabando agravado y al mismo tiempo choquen los trenes–, unas horas antes de la lectura de la sentencia a Menem, al ex ministro de Defensa Oscar Camilión y los otros implicados, se registró una nueva tragedia ferroviaria en la estación Castelar del Sarmiento.

Para quienes todos los días tenemos que ver pasar un tren -luego de esperar un buen rato para que una barrera se levante, si es que funciona automáticamente o depende de la buena voluntad de quien la levante manualmente– sabemos que es sistema de transporte en el área metropolitana de Buenos Aires está absolutamente colapsado. Ni hablemos de aquellos que tienen al tren como único medio para ir a trabajar o a estudiar, un sufrimiento y riesgo cotidiano. Todos los anuncios de cambio o son pura propaganda, algo de maquillaje, o terminan en nuevas frustraciones.

Ante esta nueva tragedia, el ministro de Interior, Florencio Randazzo, a cargo de Transporte, dijo que habrá justicia. Afirmación que es tomada con escepticismo hasta por los más optimistas.

Frente a la tragedia del Once se le quitó a Cirigliano la concesión del Sarmiento y se adjudicó a Metrovías (grupo Roggio, socio de la original concesión de 1995), que hoy gestiona el Urquiza y las líneas de subte. Sin embargo, los talleres de reparación de los trenes siguen en manos de Cirigliano, esto es, los frenos de las locomotoras dependen de quien está procesado por las 51 muertes y los cientos de heridos del 22 de febrero de 2012.

Para ilustrarse sobre la forma en que funciona el sistema ferroviario basta con leer los informes de la Auditoría General de la Nación y otros trabajos técnicos especializados, como también ver el documental de Pino Solanas, que constituyen documentos dramáticos y que anticipan irrefutablemente las tragedias ocurridas y las que pueden venir en el futuro. Randazzo, ciertamente, asumió la responsabilidad hace muy poco, pero es una frase poco feliz decir que “no pidamos que en un año cambiemos lo que no se hizo en 50”, porque el gobierno que él representa es responsable por una década, diez años donde no faltaron recursos para realizar una recuperación que hubiese sido memorable: simplemente, un transporte de carga y pasajeros eficiente y ambientalmente sustentable. Sarmiento, con la limitada tecnología de su tiempo, además de otras obras, construyó en seis años 11.000 kilómetros de vías.

La catástrofe del Once determinó que el Ministerio de Infraestructura se decidiera a comprar la máquina para el soterramiento del Sarmiento, que instalaron en Haedo y allí quedó. Casi un año llevan las tratativas para decidir quién la va a operar. En el 2005 se adjudicó a la empresa Siemens el señalamiento electrónico del Sarmiento, se le adelantaron 50 millones de pesos y no se hizo nada. Ahora hay un juicio para que la compañía alemana devuelva la plata y volver a licitar la misma obra; un adelanto tecnológico que no es poca cosa: posibilita comandar por control remoto las formaciones, es decir, poder detener automáticamente un tren desde una central ante un peligro o un imprevisto por una falla humana o técnica. Nada menos que evitar las muertes y mutilaciones que hemos visto.

¿Por qué es congruente enlazar la condena a Menem con las muertes de Castelar?

Recuerdo la imagen del anuncio de la adjudicación del Sarmiento y el Mitre: en el estrado estaban el ministro Domingo Cavallo, el secretario de Transporte, Edmundo del Valle Soria, y varios dirigentes gremiales, entre ellos José Pedraza. Cavallo, exultante, aseguró que la empresa concesionaria invertiría más de 500 millones de dólares y que en cinco años no quedaría un solo paso a nivel, que tanto complican el tránsito en la región metropolitana y son la causa de trágicos accidentes. En 18 años no construyeron uno sólo y los pocos túneles que se hicieron fueron financiados por el Estado.

A su vez, el contrabando de armas a Croacia y Ecuador por el que se lo condena a Menem no fue una simple picardía de triangulación, una operación de uso corriente en el truculento tráfico de armas. Además de violar elementales normas del derecho y la diplomacia internacional, para ocultar el ilícito se mataron seres humanos, se fraguaron suicidios, se falsificaron documentos. La corrupción mata.

Julio Nudler, gran amigo y notable colega, mantuvo en 1997 el siguiente diálogo con Rafael Di Tella, en aquellos días, flamante doctorado en Oxford con una tesis sobre la corrupción e hijo del entonces canciller de Menem:

J.N. - ¿Tenés alguna propuesta [sobre la corrupción]?

R.DT. – Lo primero que hay que hacer es tomarse en serio la corrupción. A este gobierno le falta una política consciente de control de la corrupción. Menem debería tomarlo como una bandera. Debería salir a decir que él destruyó la corrupción estructural en la Argentina.

J.N. – ¿Por qué crees que no lo dice?

R.DT. – No sé. Me parece una desgracia que no lo diga. A mí no me consta que el señor Menem sea corrupto y lamento mucho que lo insinúes si no tenés pruebas. Esa hay que comérsela. Y lo mismo con Manzano y con todos.

Una gran pena que Julio no pueda comentar hoy la condena a Menem y la tragedia de Castelar.

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