opinión

Tres escenas paranoicas

Hay momentos del día para cada cosa, para cada sensación, para cada uno de nosotros.

Tres escenas paranoicas

Whisky bajo el sol de otoño

Es la siesta y reclino mi cuerpo sobre la cama fría, en cueros. Como de costumbre, uso dos almohadas: una para abrazarla boca abajo y otra para taparme la espalda desnuda. Así entro en la dimensión del sueño, suave, lento, seguro. Y empieza la película de fragmentos: que viene un auto en una carretera perdida hacia mí, que estoy en un bar del oeste tomando whisky bajo el sol, que, de golpe, una lagartija rompe la postal cruzando sobre la tierra a mil kilómetros por hora. Ya se sabe, vivir en la siesta es vivir en una película de bandidos. Vivir en la siesta bajo el sueño es protagonizar la paranoia del refugiado, al que buscan, al que nunca atrapan.

Noche perra

Acomodo en la mesa de luz la naranja y la servilleta, de rutina. Tengo, además, el paquete de puchos y el encendedor y el cenicero; los lentes para ver de lejos, seis o siete libros marcados, una boleta de gas para pagar y una botellita de medio con agua. Es noche perra de domingo y la soledad me sienta bien por un buen rato. Espero las doce de la noche entre lecturas y puchos. Luego me como la naranja. El teléfono no suena ni por error. La tele no va hacia ninguna parte y prefiero la oscuridad con radio prendida. Tengo sueño y por maquinar me desvelo. La almohada para abrazar tapa el teléfono con el dial en un programa de tangos malditos, y la almohada para taparme la espalda tapa mi espalda, como en la siesta. Sueño que estoy durmiendo la siesta mientras afuera los bandidos se sacan chorros de sangre de sus pechos en la puerta de mi casa.

Amanece

Son las siete de la mañana y el despertador zumba en la habitación. Al pedo, porque desde las cinco de la madrugada estuve mirando el techo en plena negritud. Con los sueños no hice más que confirmar que tendré un día furioso. No uso armas pero salgo preparado con mi animalidad anticivilizatoria. Hay gente que me dice “buen día” y no la miro, la esquivo. “Son los bandidos, me dije”; ellos suelen saludar en las mañanas y dispararte por las noches. Además, los que me saludan usan sombreros de vaqueros. No era paranoia. Vi a varios caballos atados al palenque del supermercado cuando encaraba la puerta del psiquiatra.

“Buen día, lo estaba esperando”, me lanzó el médico, bajándose con sus dedos la punta de su sombrero texano.

Opiniones (2)
19 de noviembre de 2017 | 21:41
3
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19 de noviembre de 2017 | 21:41
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  1. Defendé esto, Padilla: http://www.mdzol.com/opinion/470185-cuando-kirchner-era-apadrinado-por-cavallo/
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  2. Tarantinesco (antes de que se orientalizara)
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