opinión

Asesinan tres jóvenes, para levantar un circo

Aquí, el hecho. Eran estupendos, llenos de vida. Los decapitaron. ¿Metáfora, venganza o sólo crueldad? Mendoza siglo XXI.

Cuando concretamos ese maravilloso ejercicio de retroceder hasta la infancia, hay espacios que, aunque esporádicos, guardan un alto valor simbólico.

De hecho, la infancia misma, ni bien crecemos –y si no la padecimos– se transforma en símbolo: allí está –tibio, dulce, épico, entrañable– habita todo lo hermoso y lo perdido.

Ahí tienen el circo, por ejemplo.

¿Cuántas veces fuimos a uno de esos circos que, cuando pequeños, levantaban sus carpas en San Martín Sur al 300, de Godoy Cruz, para feliz changa de los más grandotes del barrio? No muchas, en verdad, y, sin embargo, ahí ha quedado el circo, como lugar solaz, más allá de la vida cruel que padecían los animales, del malhumor de los enanos, de la embriaguez de los payasos y de la tristeza de las señoritas del circo saliendo de las casillas del baño, con una bolsa en la mano.

Hoy, en ejercicio pleno de la paternidad, vuelvo al circo, pero ya no es lo que era. Los circos actuales –a diferencia del tradicional circo criollo argentino, más teatral, más social y testimonial–, tienen menos códigos vinculados a la identidad de los pueblos (cultura, que le dicen). No importa de qué se trate, importa que recaude: puede ser Ironman, el Sapo Pepe, los Transformers, la Chilindrina, lo que venga.

Los circos son empresas del espectáculos recorriendo ciudades con sus planteles de asombro y buscando –como nosotros mismos, a diario– sobrevivir a como dé lugar. Y esto está bien. Hay que apoyarlos; pagar la entrada y dejar que nos diviertan y divertirnos con ellos.

Por eso, el sábado a la tarde fuimos al circo Taconhy con mi hijo Eliseo y su mejor amigo, Lautaro. Llovía y hacía frío. Fue uno de esos días grises que te llevan más a la sopita con tinto que a las aventuras callejeras, pero promesas son promesas. Igualmente, aquí –lo veremos– el problema no es el frío ni la lluvia, sino -como nos advirtieron- los asesinatos de tres jóvenes e inocente ejemplares de quince años, que más adelante denunciaremos, con la secreta esperanza de que se haga justicia.

Pagamos las entradas y ya estamos en la cola. Nos cerramos las camperas y se corta la luz. Veinte minutos después, regresa y nos hacen pasar a una carpa que funciona como antesala. Y ahí mismito empieza la batalla de los circenses por vender a tus hijos lo que venga: panchos con mayonesa y kétchup, papas fritas de bolsa, globos, pochoclo, chupetines, medialunas y chocolates, para empezar. Un gran cartel te advierte algo así: “Prohibido sacar fotografías y hacer videos”. ¿Por qué? Lo descubriremos más adelante.

Una, dos, tres, cuatro, cinco veces vienen por vos en busca de dinero. Al final, abren la carpa mayor y tomamos ubicación. Entonces, con música de fondo, el asedio continúa y, a decir verdad, no les va nada mal: cada son más los niños que algo han terminado comprando: un globo por allá, un copo de algodón por acá, un conito de pochoclos o de papas, varios panchos, en fin. Antes del show, ya varios están comiendo. 

Por supuesto, varios detalles de vestuario –por demás encantadores– te anticipan que los mismos vendedores desaforados, serán dentro de poco los artistas que pronto aplaudirás por sus destrezas.

Un par de ellos, sin que los apruebes o desapruebes, te sacan fotos y, sin más, se van por bastidores, apurados. Volverán en el intervalo, luego de hacer una impresión color de la foto y meterla entre dos acrílicos y pedirte 20 mangos por ellas… Después sacarán cuantas fotos puedan a los niños con el Sapo Pepe y harán lo mismo. Igualmente, aquí el problema no es éste; vos si querés lo comprás o no. El problema es otro.

Antes de empezar, viene otra chica, que luego participará de la coreografía musical, será asistente del mago que –mientras hace sus trucos– baila como Michael Jackson, después asistente de la contorsionista y, finalmente, novia del Sapo Pepe: quiere que le compremos unos panchos. Volvemos a decir que no.

Las luces se apagan. Se oye: “Bienvenidos al poderoso circo Taconhy”, dice una cavernosa voz de locutor grabada.

Lo que veremos a continuación, será un lindo espectáculo en el que habrá para todos los gustos: el Sapo Pepe para los más chiquitos, el mago para los niños de la primaria, las trapecistas y el muchacho que hace estupendo equilibrio en una especie de péndulo gigante y, para los grandecitos, las coreografías con súper colas-less y escotes escotísimos de las chicas, viradas hacia el final del show, a un estilo decididamente de vedettes; de hecho la mayor de ellas, una hermosa mujer ya madura, hace gala de su prestancia, añeja, pero encantadora, que sólo tendrá un par de salidas para que apreciemos la tristeza de su mirada.
 
Repitamos: está bien que te ofrezcan todos los productos que les resulte posible. Uno puede comprar o no. El problema es otro: el problema es que, para instalar el circo decapitaron a un joven de doce, quince años… Ya lo veremos.
 
Sigue el show. El payaso no es muy gracioso, pero tiene oficio, se adivina que cientos de funciones lo respaldan. Las trapecistas se lucen. Son petisitas, musculosas y tienen hermosas sonrias; cada vez que terminan una rutina, gritan “¡Ehhh!” y nos llevan al aplauso. Llegan los malabaristas, con un look extrañamente setentoso, tal vez no buscado: son buenos los pibes; muy buenos fueron los aplausos que se ganaron. 

Viene el segmento del Sapo Pepe, para los más pequeños. La mujer que hace playback con la canción tiene menos escenario que un cabo primero de Las Catitas.

No obstante, despide una ternura su indefensión.

El Sapo Pepe y su novia Pepa, que es muy malhumorada, bailan llevándose las manos a la boca, porque la cabeza del disfraz se corre y no ven dónde están parados.

Luego del mago excedido de peso que baila imitando a Michael Jackson, hay un intérvalo y todos los artitas (catorce en total, llegué a contar) salen al público disfrazados de vendedores y van y vienen con sus cosas en busca de nuestro dinero. En apenas quince minutos o veinte, cada uno de ellos se paró frente a vos para venderte algo, lo cual no está mal, pero no ahondaré en esto, porque ya lo aclaré tres veces.
 
Así, entre una cosa y otra, se va una hora y media de show.

Casi en el final, mientras el muchacho del “Péndulo de la muerte” se luce en el número central, reparo en la advertencia: la decapitación de un ejemplar de una docena de años de un estupendo árbol, cuyo tronco, de unos 30 centímetros de diámetro, fue asesinado –se nota que hace días, aún está fresco, herido de muerte– se estima que para levantar la carpa del Taconhy, en la playa de estacionamiento del hipermercado Libertad, en Godoy Cruz. ¿Hacía falta semejante daño? 

Un poco más allá, un noble aguaribay de 40 centímetros padeció la misma suerte. Un poco más acá, otro arabolito luce su cuello aún fresco y rebanado. Y un cuarto cantero, directamente, luce sin árbol, con un ejemplar muy nuevo tirado a un costado.

Entonces, el show del circo se me viene a pique, con la duda: ¿cómo es posible que alguien, sin más, corte tres o cuatro árboles para montar, por un puñado de días, una carpa circense o acaso nos dirán otra cosa?

Ayer por la tarde, vovlí al lugar acompañado de mi hijo, para, quizás, hablar yo con el dueño del circo o el del lugar, a corroborar versiones y escuchar sus dichos e incluso saber si un privado, sin más, puede derribar árboles de su terreno (sí, puede hacerlo, lo sé)...

El circo ya no estaba: se había marchado con su carnaval a otro sitio y, con los árboles mutilados a la luz del día, ya no tuvimos ganas más que de escaparnos de allí. 

Volvamos a la añorada infancia: crecí en la zona donde está ahora el hipermercado y el circo. Antes, “todo esto era viña”, puedo jurarlo; viña y olivares, donde, crueles y salvajes, ondeábamos y robábamos racimos de uva que lavábamos en las acequias  y, sin más, les entrábamos como emperadores romanos.
 
Ahora, un hipermercado y un circo nos determinan la modernidad y cuatro de los pocos árboles que crecieron en el lugar, fueron, sin más, pasados a mejor vida.

¿Será metáfora de algo? ¿Será síntesis, tal vez?; ¿será escarmiento?; ¿será venganza?; ¿será crueldad aleccionadora?; ¿será nuestra natural naturaleza?
 
Nos vamos, con Eliseo, con la certeza de haber perdido algo. Pienso en hacer de cenar capelletis con tuco o milanesas de pollo, con tomate y jugo de ananá. No voy a cobrarle nada por ser su padre; tampoco voy a pagarle por serlo. 

Como único legado, le enseñaré a cuidar los árboles, porque de ellos nacen las sombras, las frutas y las guitarras. 



Ulises Naranjo.

 

Opiniones (3)
19 de noviembre de 2017 | 10:03
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19 de noviembre de 2017 | 10:03
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  1. Bien Ulises: más allá de la correcta defensa del arbolado..¿esto no dejó de ser un tema público para convertirse en privado a partir de la compra del terreno por el hiper?? no es allí donde se debió haber hecho hincapié sobre los cuidados..??... quizás por ahi perdida ande una ley caminando en puntas de pie para no ser descubierta....
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  2. ¡Este es el Ulises que queremos! El que nos representa a todos... Sin declamar canciones de amor, pero escribiendo las más hermosas. Sobre el circo, siempre fue la miseria disfrazada de unos pocos, para divertir a los muchos a cambio de dinero... Tan viejo como la vida misma y como la miseria, claro. Sobre los árboles: habría que castigar con dureza al funcionario que lo permitió, pero es posible que él también juegue un papel disfrazando su miseria.... Y así todos y de tal forma que a veces me parece que la vida es un gran circo ¿Oh no?
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  3. Que triste y desalentador que sucedan estas cosas,estamos perdiendo NATURALEZA todos los dias de nuestras vidas; considero que lo mas valioso en sabiduría a transmitir a nuestros hijos,nuestros niños;es el AMAR y RESPETAR a nuestra querida PACHAMAMA. Comparto tu sentimiento en esto Ulises,y por mas desesperanzador que se vuelva casi siempre el panorama, no puedo dejar de CREER que algún día la humanidad va a abrir los ojos y reaccionar con respecto a esto. Solo debemos seguir luchando, desde nuestro pequeño lugar en este UNIVERSO para que; dejemos de imaginar o soñar un mundo mejor y comenzemos de una buena vez por todas, a CONSTRUIRLO. Saludos!
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