opinión

Videla: "¡Quemá esos libros, quemá!"

Dictadura y censura, terror y "fuego purificador".

Videla: ¡Quemá esos libros, quemá!

En una imagen que recuerda a otras ignominiosas dictaduras, Videla, el abanderado de la estulticia, ordenó, entre muchas otras, una quema libros ante el Regimiento de Infantería Aerotransportada en su afán por perseguir y reducir, literalmente a cenizas, "la infiltración marxista". En esa hoguera ardieron obras de García Márquez, Neruda, Einstein y hasta los libros del mendocino Benito Marianetti.

En la más pura tradición del fundamentalismo político y religioso, al igual que la “hoguera de las vanidades” de Savonarola, los fuegos santos de la Inquisición, las quemas canónicas de la dictadura de Franco, las llamas en la Bebelplatz en el Berlín nazi y la piromanía “occidental y cristiana” de los militares chilenos, los “iluminados” miembros del autodenominado Proceso creían en la práctica purificadora del fuego.

A los múltiples homicidios de personas le sumaron el asesinato de libros, de voces, de ideas, de poesía. Y de conciencias porque cualquiera que tuviera una biblioteca bien surtida, durante los siete años trágicos de la dictadura temió ser calificado como “subversivo” por estos nuevos y semialfabetizados inquisidores.

Me permito contar dos hechos que marcaron mi vida, literalmente, a fuego. En dos ocasiones, entre 1976 y 1983, mis padres tomaron la decisión de quemar en el patio de mi casa títulos y autores que podrían resultar “sospechosos” para aquellos enviados de la ignorancia que con dos patadas y tres culatazos destrozaban cerraduras y puertas violando la intimidad de los hogares.

Después de una dolorosa “edición” intelectual y sentimental, mi familia vio arder valiosos volúmenes, en sus primeras ediciones -traídos de Barcelona por mi abuelo-, entre los que destacaban títulos anarquistas como Campos, fábricas y talleres de Piotr Kropotkin, El único y su propiedad de Max Stirner o Anarquismo y otros ensayos de Ema Goldman; clásicos de la literatura rusa entre ellos obras de Máximo Gorki, Vladímir Mayakovski y Boris Pasternak; sospechosos por portación de nombre, prestigio y extrañeza como Franz Kafka, Max Brod y Bertold Brecht; y libros de poesía, historia, arte y filosofía, folletos, diarios y revistas no complacientes.

Yo tenía 15 años y sabía que un libro era un tesoro a descubrir, una aventura que emprender, un maravilloso viaje a la palabra. Sabía que de un buen libro no se vuelve. Y entendía que el sólo hecho de tener una biblioteca era sospechoso. Quemamos libros que yo no había leído, de los cuales ignoraba a esa edad casi todo y que las lágrimas de mi papá, sazonadas con puteadas pantagruélicas y una breve reseña verbal a modo de despedida antes del salto final hacia el fuego, me "gritaban" la historia y la importancia de ese título.

Así, como cada libro quemado en el patio tuvo su "responso", también tuvo una suerte de ficha ad hoc: con mis hermanas íbamos garabateando en tiempo real en un cuadernito, torpemente, los títulos que iban destinados al fuego (ese ya amarillento cuadernito Gloria es mi fuente para esta esta nota), los que se salvaban merced a la fidelidad del entonces llamado "libre pensamiento" y los que iban a quedar expuestos en claro desafío.

Esas hogueras privadas fueron mis primeros duelos. Sobre esas llamas lloré, lloramos, de bronca ante la prepotencia de la estupidez y la infinita ignorancia de los violentos.

Nos consolábamos sabiendo que otros libros, los que no “podíamos” quemar (hago con mis padres un plural solidario del que entendía lo básico pero bien) estaban escondidos en unas enormes cajas de madera en un sótano lleno de fantasmas.

La biblioteca visible adelgazó, se hizo más pequeña, pero la “invisible” donde vivían los libros de Benito Marianetti dedicados a mi abuelo, El Principito de Antoine de Saint-Exupéry, Crimen y castigo de Fiódor Dostoievski, Nuestra América y otros ensayos de José Martí y Pedagogía del oprimido de Paulo Freire, entre otros, siguió intacta hasta el 83.

En Un golpe a los libros, Hernán Invernizzi y Judith Gociol (2002) recorren la trama del aparato represivo en la cultura. En su valiosa investigación aseguran que la dictadura militar tuvo “un proyecto de control, censura y producción de cultura tanto en la educación como en la cultura y la comunicación”. 

Repasan el caso emblemático de la Editorial Universitaria de Buenos Aires (Eudeba). A sus responsables no les sirvió ningún plan editorial "de circuntancias". En julio de 1976 fue designado director ejecutivo de la editorial el político socialista Luis Pan, quien le entregó al Comando del I Cuerpo de Ejército parte del fondo editorial con los libros censurados. El 27 de febrero el teniente primero Xifra dirigió el operativo que terminó con la quema de casi noventa mil volúmenes en un predio de Palermo.

El delirio piromaníaco de la dictadura siguió en 1976 en Córdoba con la quema en la Escuela Superior de Comercio Manuel Belgrano de libros de Margarita Aguirre, Pablo Neruda y Julio Godio, entre otros. También en esa provincia Jorge Eduardo Gorleri, jefe del Tercer Cuerpo de Ejército, exhibió en una conferencia de prensa una hoguera en el patio de la unidad militar, en la que ardían títulos de León Trotsky, Mao Tse-Tung, Ernesto Che Guevara, Fidel Castro, Juan Domingo Perón y fascículos del Centro Editor de América Latina (CEAL). 

La Biblioteca Popular Constancio C. Vigil de Rosario fue saqueada en 1977 y miles de libros fueron quemados, entre ellos los del poeta Juan L. Ortíz. 

Otro tanto sucedió en diversas bibliotecas y editoriales con los libros de Mempo Giardinelli, Eduardo Mignogna, Enrique Medina, Tomás Eloy Martínez, Griselda Gambaro, Eduardo Galeano, Elsa Bonermann y Rodolfo Walsh entre muchos otros.

La quema de libros más grande que concretó la dictadura fueron los del Centro Editor de América Latina, el sello de Boris Spivacow quien, además, tuvo un juicio "por publicación y venta de material subversivo". Fue sobreseído pero el millón y medio de libros y fascículos ardieron en un baldío de Sarandí. Otro de los editores perseguidos fue Daniel Divinsky, creador de Ediciones de la Flor, quien junto a su esposa fue detenido durante 127 días y luego partió al exilio.

Años después, la revista Humor dirigida por Andrés Cascioli, recogería en clave de sátira en la sección "¡Quemá esos libros!" estos y otros actos de vandalismo ideados y concretados por la dictadura, traducidos en persecución, censura, violencia y corrupción intelectual múltiples.

Para Aníbal Ford “esa hoguera de libros argentinos provocó un vacío, un hueco, en la transmisión y en la construcción cultural que todavía no ha sido reparado”. Pero, por suerte, los libros arden mal.Farenreith 451 no sólo es la temperatura a la que se quema el papel.

Patricia Rodón

Opiniones (2)
15 de diciembre de 2017 | 13:59
3
ERROR
15 de diciembre de 2017 | 13:59
"Tu mensaje ha sido enviado correctamente"
  1. Excelente nota. Uno de mis recuerdos más vívidos de la época del proceso es el de dos militares revisando la biblioteca de mi casa en San Rafael. Transcribo palabras de Graciela Cabal, que trabajaba eb el Ceal junto a Spivacow: "Yo rompí y quemé muchos libros, y fue una de las cosas de las que nunca me pude recuperar. Lo hacía y lloraba porque no quería que mis hijos me vieran, porque no quería que lo contaran en la escuela, porque no quería que supieran que su madre era capaz de romper libros... Porque sentía mucha vergüenza."
    2
  2. se parece mucho a Kris que no quiere a los escritores que hablan mal de ella o los margina del Le Parc mmm veo muchas coincidencias los dos tapan todo con el futbol persiguen a los que piensan distinto y quieren acabar con todo periodista que hable mal de ellos sera que se esta por venir la dictadura otra vez? solo que ahora en las manos de montoneros
    1
En Imágenes
Leopardo al acecho
7 de Diciembre de 2017
Leopardo al acecho