opinión

Superdotados, infradotados y racistas

Una experta en temas de educación reflexiona sobre las enseñanzas que reciben nuestros hijos.

Superdotados, infradotados y racistas

Comencemos por Juan


Juan tenía unos 8 años, iba a la escuela o por lo menos eso intentaba, ya que tenía “serios problemas de aprendizaje y de conducta”. Se escapaba de la escuela y tenía una tenaz resistencia a aprender y, mucho más, a prestar atención y quedarse quieto. Su maestra le tenía fe y así llegó a mí.

Comenzamos de una forma extraña, llegó, con la frente fruncida, agraviado por tener que ver a otro/a charlatán/a más intentar capturar su infancia en una frase de tres palabras.

Apenas entró le pregunté, sabés jugar a las cartas; sí, me dijo, al “poto sucio”. Bueno juguemos. ¿Y que pasa si gano?, me preguntó desafiante. Si ganás vamos al quiosco y te compro algo que te guste… ¿y si pierdo?, bueno, me hacés un dibujo. Por supuesto ganó, y en buena ley, así que partimos al quiosco de la escuela. Pidió un alfajor y un juguito, nos sentamos al sol en un escalón, callados los dos.

Cuando se estaba chupando el chocolate de los dedos, como para agradecer la deferencia, comenzó a hacerme preguntas, cómo me llamaba, dónde vivía y … qué verduras compro. Disimulé la sorpresa: bueno, de todo un poco. El tipo me mira pidiendo que sea más específica. Tomate, lechuga, espinaca – lo miro con curiosidad, pero me alienta a continuar- remolacha, espárragos, rúcula. Ahí me pone cara de asco.

¿No te gusta la rúcula?, le pregunto. No, me dice, es amarga. Entonces no resisto y le hago la tercera pregunta: ¿cómo es que sabés tanto de verduras? Allí comienza a contarme su historia. Vive con su abuela, padres y 6 hermanos en una casa con dos dormitorios, “no todos, me aclara, porque dos de sus hermanos se “han juntado” y se han ido. Hay tres menores que él. No tiene cama propia, duerme donde y como puede, su mamá lo manda a la escuela todos los días con el uniforme bien planchado y los dedos con sabañones. Pero trabaja, me aclara, ¿en qué?, pues desde los 5 años o menos acompaña y ayuda a su padre que es verdulero. Y tus hermanos, le pregunto. Ellos no, porque son flojos, yo me levanto temprano y ayudo, desde que tenía pañales me subían a la carretela.

¿En qué ayudás? Hago los pedidos, peso la verdura, cobro. Ahhh, le digo, entonces sabés sumar. Me mira con algo de pena, y sí, sino como daría el vuelto. Lo desafío y comenzamos a hacer unos ejercicios, con los que efectivamente compruebo que saca las cuentas sin papel y lápiz, que puede calcular el vuelto y entiende qué es un kilo y qué son los gramos, por lo que puede fraccionar el peso.

En otros días, seguimos avanzando, según la suerte de las cartas, es decir, cerca del quiosco o en un aula, Así llegaron las letras y las palabras, pues no estaba alfabetizado; la letra A que estaba repetida en banana y manzana, la O en coco. Avanzamos y se lo veía más tranquilo en el aula, ya no se escapaba. Su maestra, la imprescindible Seño Elena, siempre llena de entusiasmo y de esperanza respecto a los niños, nos preguntó qué estábamos aprendiendo, yo le dije que de verduras y él le dijo que de palabras y de hacer cuentas, en papel, le aclaró. Como a la seño le gustó nuestra pequeña verdulería didáctica, la llevó al grado y durante unos días Juan fue su asistente para enseñarles a los otros niños a ser verduleros. Progresivamente, dejó de trabajar en la verdulería para pasar a trabajar en la escuela, también de resistirse a aprender, porque para él había dejado de significar ser domesticado, y pasó al fin de grado con un premio al esfuerzo, que recibío tieso de la emoción. Ese niño, que había sido etiquetado como fronterizo o retardado, como niño problemático de conducta antisocial, como perturbado en su atención. Este niño excepcional.


Inteligencia sobre la inteligencia


En ese momento estaba haciendo una consultoría para el Banco Interamericano de Desarrollo sobre desarrollo de habilidades de pensamiento, desde hacía años me había especializado en diversos programas de enriquecimiento intelectual y sabía algunas cosas: la inteligencia humana es plural, no hay una “inteligencia”, sino “inteligencias”. Es un genio Stravinsky como Messi, la inteligencia musical y la cinestésica, del cuerpo. Gardner reconoce 8 tipos de inteligencia, aunque señala, con la genialidad que lo caracteriza, que podrían ser unas 20 o más. De esto se desprende, también, que todos somos algo tontos en algo. Esa benéfica zona de ignorancia y de escasez de habilidades nos debería dar una lección de humildad, la oportunidad de tomarnos un poco en broma y de reconciliarnos constantemente con el género humano. Nadie es inteligente en todo, ya que hay muchas formas de ser inteligente… pero, no todas tienen la misma valoración social. Como Juan, que tenia habilidades sociales únicas para hacer que las señoras ignoraran que las manzanas tenían algunos machucones, o espaciales y lógico-matemáticas, como para orientarse en el espacio, reconocer calles y direcciones, pesar y calcular.

La inteligencia humana  es modificable. No es una cantidad limitada, un capital, que recibimos de la lotería genética. Cada ser humano tiene, más allá de lo “dado”, un enorme potencial de desarrollo que afortunadamente es impredecible. A cuántos padres les han dicho que sus hijos no iban a lograr caminar, hablar o desenvolverse y la vida, y luego, la constancia, el amor y la dedicación han vencido los pronósticos, y el niño que no iba a caminar, no sólo camina: corre y nada. Como decía uno de mis maestros, el curso del desarrollo, no puede predecirse. Poner límites o barreras, rótulos,  diagnósticos y pronósticos, es una de las formas de omnipotencia con las cuales los profesionales controlamos la incertidumbre, a menudo “enfermos de certezas”. No hay niños “estropeados” o “dañados”; todos pueden aprender.

Los tests de inteligencia no miden inteligencia, porque la misma implica un conjunto de  habilidades que exceden lo que puede ser alcanzado por un test, que no puede mensurarse; lo que se puede estimar es el desempeño o “funcionamiento” intelectual de una persona en determinados aspectos vinculados con el campo académico, que puede variar en función de la situación. Por eso el CI es una estimación que debe ser valorada con un complejo conocimiento clínico y con excesiva prudencia, es un dato que no puede ser interpretado o impuesto a la ligera.

Muchos de esos tests miden “capital cultural” más que la capacidad para resolver problemas, que es precisamente la definición de inteligencia. Los problemas que son tales para una persona, pueden variar según la cultura. Para Juan el problema no era pasar de grado, sino sobrevivir.  Una de las autoras que leía con asombro en esa época, planteaba la idea de “meta local”, para expresar que el curso del desarrollo se orienta por las metas concebidas como valiosas por una comunidad. Es decir, conforme a este enfoque, para saber – si es que cabe- cuán “inteligente” es una persona, hay que conocer las metas que su comunidad considera valiosas.

Muchas concepciones sobre la inteligencia son francamente racistas. No lo decía yo, sino Pierre Bourdieu, que afirmaba que la inteligencia es un atributo social y que muchas veces su definición expresa intereses de dominación, en el cual los que ocupan lo más alto de la pirámide social intentan que la ciencia les de argumentos para  justificar que tienen una esencia superior.

Solo puedo reírme, o amargarme, cuando me hablan de infradotados y de superdotados. Pero para este segundo caso tengo que explicar algunas cosas más.


La esencia superior


Hay mucha fantasía en torno a los sujetos con altas capacidades o superdotados - detesto ese término-  mucha gente cree que lo es o, sobre todo, que lo son sus hijos; o supone que ser inteligente (según su particular forma de concebir lo que es la inteligencia) te pone a salvo de las inquietudes de la vida o es una garantía de éxito.

El asunto es que es penoso comprobar que muchísima gente se cree más “inteligente” de lo que es, asimilando nuestra tradicional “viveza criolla”; ser inteligente es pasar por encima a los demás, saltarse las reglas, sacar ventaja. Tantos otros que creen que la inteligencia es pensar como ellos, en cuanto a forma (racional, lógica, lineal), como a contenido (cultural, político, social). Así trata a los que no piensan igual como ignorantes o incapaces.

He tenido la oportunidad de trabajar con niños con habilidades excepcionales, un portento menos habitual de lo que la gente sospecha (cuando lleva a los niños para que “le saquen el CI”, busca escuelas para genios o programas de estimulación mental para entrenar al niño para los tests). Infantes con dotes prodigiosas en serio, no inventos de la devoción  parental, que nos enseñan mucho sobre la inteligencia y sobre el valor que se le pone en su comunidad; en muchos casos la “inteligencia”, real o supuesta, del niño se vuelve más importante que el niño mismo, que termina siendo un trofeo en exhibición.

Con estos niños, que en definitiva son niños y necesitan una vida acorde, la primera estrategia es ponerlos a salvo de muchos adultos que en su narcisismo sólo quieren mostrar que es una astilla de su propio palo;  luego desmitificar el asunto, pues la inteligencia es sólo una partecita del rompecabezas; favorecer que el chico tenga un entorno de expectativas saludables, que no sea exhibido o mostrado como un trofeo, que tenga el estímulo educativo suficiente y la vida social habitual adecuada a su edad y desarrollo emocional.

Tuve a mi cargo un chiquito, Nico, que leía y escribía a los tres años y medio, manejaba a los cuatro las operaciones matemáticas básicas y tenía conversaciones "metafísicas"(sobre la vida, la muerte, el infinito, etc.), que lograba 152 puntos de CI en el test correspondiente (lo normal es de 90 a 110), sobre todo en las habilidades verbales; pero que amaba ir al Jardín a jugar a construir casas con cajas de cartón. Su madre, una mujer muy sabia entendió el desafío y no permitió que lo adelantaran de año ni que lo marcaran. El chico creció feliz e integrado, desarrollándose como corresponde en lo social y emocional, lleno de amigos, pero con un programa de trabajo en el campo intelectual adicional, que yo llevaba todas las semanas a la escuela para que la maestra utilizara con él. En las clases de música, de plástica, de educación física, era uno del montón y eso lo tranquilizaba muchísimo. Me decía con alegría, soy un perro en el fútbol. Ahora, que es un joven, está en un país top en tecnología, con una beca que se otorga a 20 jóvenes en todo el mundo, logrando resultados excepcionales; pero cuando viene de visita, lo que más le gusta es comerse un asado con sus amigos y salir a hacer trekking a la montaña. La marca de superpibes y la atención los aíslan.

A muchos de estas mamás y papás que dicen que sus hijos son superdotados, que necesitan que lo sean, o que quieren educarlos/entrenarlos como genios muchas veces les digo, sus hijos son perfectos como son, inteligentes como todos... eso los decepciona?... pues vayan a terapia.


La inteligencia de mercado


Hay nociones interesadas sobre la inteligencia, de hecho, la cultura del consumo “vende” a los padres un montón de recursos para hacer de sus hijos unos genios. Lo que Freire llamó educación “bancaria”, que significa que hay que hacer depósitos constantes de estímulos como si fueran una inversión. Subyace la ilusión de “fabricar” niños, como destaca Meirieu en su Frankenstein educador, de moldearlos a gusto. Pero este es otro tema y es preciso terminar. 


Concluyendo


Juan y Nico, brillantes los dos, excepcionales, tenían potenciales de aprendizaje diversos y enormes, capacidades que sólo necesitaban de la invencible esperanza de la cual habla Paulo Freire, amparo y cordura. La inteligencia crece y se multiplica en entornos enriquecedores, emocional y socialmente, con el reconocimiento y validación de lo que somos como personas y miembros de una comunidad, que nos impulsa con sus metas.

Ser un racista de la inteligencia implica entenderla como un privilegio, como un rasgo de exclusividad, que más que destacar lo que puede aportar un sujeto al mundo, excluye al que es diferente en su pensar y en su pensamiento.



Nota: los casos tienen un carácter ilustrativo con la intención deproteger la privacidad de los niños y sus familias.



* Mónica Coronado es Licenciada y profesora en Ciencias Psicopedagógicas. Tiene un postítulo en Investigación Educativa con Orientación Socio-Antropológica (UNC), es Especialista en Docencia Universitaria (UNCuyo) y candidata a Magíster en Docencia Universitaria (UTN) y cursa el Doctorado en Educación en la UNCuyo.

Opiniones (4)
18 de noviembre de 2017 | 09:06
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18 de noviembre de 2017 | 09:06
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  1. Un CI de 160 mal comprendido por padres y maestros (mi caso), termina siendo una tortura, una cruz a transportar por la vida. He crecido con ello, me he desarrollado como profesional y como persona sin poder evitar la sensación permanente de que podría haber ido mucho más lejos. No me quejo, he vivido y vivo una muy buena vida, tengo muchos y muy buenos amigos, pero a veces me sorprendo a mí mismo totalmente solo en una reunión porque no puedo participar de la conversación, por más animada que se encuentre. Hallar gente inteligente para conversar es todo un desafío y una misión casi imposible. Pablo Picasso (CI 170) tuvo un romance con una fotógrafa francesa (no recuerdo su nombre) de la que le atraía especialmente el hecho de su gran inteligencia lo que le permitía a ambos conversar confortablemente, algo rarísimo para ellos. La capacidad intelectual se disfruta mucho pero, a veces, también se la sufre. Saludos.
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  2. Muy buena la nota. Felicitaciones a Mónica y al ciario. Tengo un hijo con características muy parecidas a uno de los dos ejemplificados en la nota, y me ha sido de muchísima utilidad. Solo quería agregar que deben entender los educadores, que muchas veces los padres tenemos miedo. En mi caso, virtualmente conoci el miedo con la llegada de mis hijos. Y uno se siente responsable de todo, no solo de una mayor o menor inteligencia, sino de la felicidad completa del niño. Y en esa expectativa y responsabilidad asumida, comete errores, en la mayoría de los casos, por miedo a equivocarnos. Así materializamos nuestro propio miedo. Autocumplimos. Esta nota me ayudó a entender y sobre todo, sentir de otra manera. Gracias.
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  3. Excelente columna. Mis felicitaciones a la señora Coronado por su valioso aporte.
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  4. Esta nota es realmente inteligencia del diario porque hay tantos infra dotados que en una cambia el sentido de la lectura, bien MDZ por fin una buena columnista!
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