opinión

Lou Reed: rock, crudeza y realismo

Nuestro historiador del rock analiza uno de los discos clave en la historia del músico: “Transformers”.

Lou Reed: rock, crudeza y realismo

El 23 de agosto de 1970, Lou Reed tiró la toalla. Dijo basta a 5 años en los cuales, junto con John Cale, había transformado todos los esquemas con su emblemática banda neoyorquina, The Velvet Underground, a la cual ya nos referimos en una entrega anterior. A partir de aquí, dicha banda ingresó a la canonización de culto del rock y el hombre que mejor poetizó las miserias urbanas comenzó su carrera solista, que estuvo siempre basada en un realismo atroz, acompañada de la pasión que Reed le puso siempre a todo lo que hizo, a punto tal que hoy en día sus influencias en la cultura rock son asimilables a las de los mismísimos Beatles.

No fue fácil deshacerse de los fantasmas de la Velvet.  Tanto el Glam Rock como el movimiento Punk y toda la New Wave que tiñeron parte de los 70 tienen su origen en dicha banda, por eso es que estuvo siempre tratando de escapar de los propios fantasmas que él había creado. El hecho de que The Velvet Underground no haya sido una banda reconocida lo persiguió y perturbó, y cuando dicho reconocimiento llegó, ya no le importaba.

Lo primero que hizo fue participar en recitales de poesía que se hacían en  la zona de Bowery, donde merodeaban una  joven Patti Smith,  toda la fauna warholiana y los bohemios de Nueva York. Empezó a escribir poemas que salían publicados en pequeñas revistas, y empujado por Linda Robinson (periodista musical experimentada, que amaba a la Velvet), dejó de recitar sus poemas para empezar a musicalizarlos, y fue Robinson quien se juró devolver a Lou Reed al mundo del rock, que era adonde pertenecía. Y el movimiento, de a poco, le fue demandado también su presencia, ya que David Bowie en su disco Hunky Dory le dedicó un tema a su ídolo Lou Reed, denominado “Queen Bitch”, y por poner un ejemplo, los Rolling Stones, en su aclamado Stycky Fingers de 1971, honraron también a Reed con la tapa del vinilo hecha por Andy Warhol que emulaba el primer disco de la Velvet, y también con su música: no se podrían explicar canciones como “Sister Morphine” y “Brown Sugar” si no hubiera existido la Velvet Underground.

Con un cúmulo de canciones perdidas que había hecho en la época de la Velvet y nuevos poemas musicalizados, Lou Reed ingresó a los estudios Morgan, junto con increíbles músicos como Steve Howe (que estaba en Yes) y Rick Wakeman (futuro Yes), y a través de RCA, en 1972 sale “Lou Reed”, su primer disco solista. No fue bien recibido ni por la prensa ni por sus fans, que no vieron reflejado el ímpetu de la Velvet en el disco, y eso es lo que habían ido a buscar. No obstante, cada vez que Lou Reed escribía algo, los versos terminaban convenciendo, y así fue que “Walk and tak it”, “Oceans”, “Lisa Says” y sobre todo “Ride in to the Sun” terminaron siendo grandes canciones.

Paralelamente, su leyenda no paraba de crecer, ya que en el medio de la grabación del disco participó en una reunión de la Velvet en París, y salió el disco en vivo de la última actuación de la banda con Lou Reed, “The Velvet Underground live at Max´s Kansas City”, que lo mantuvo vigente. Y acá comenzó a  aparecer en la vida de Lou Reed una persona clave, que estaba pasando por su mejor momento, y generoso como pocos le dijo a todo el mundo del rock que su original creatividad estaba endeudada “hasta las manos”, si se puede decir así, con Lou Reed: era nada más ni nada menos que David Bowie, en pleno auge Ziggy Stardust.

Reed recluta una banda de rock garage, desconocida, The Tots, y empieza su primera gira solista por EEUU, y  por primera vez en su vida Lou Reed da un concierto en Inglaterra. Les dio lo que querían, ya que tocó temas de su álbum solista y clásicos de la Velvet, como “Heroin”, y a su público neoyorquino se le empezó a sumar una buena acogida en Inglaterra. Bowie conoció a su ídolo en Nueva York, en el Max´s Kansas City, en una fiesta de RCA, ya que los dos estaban en dicho sello. Y si la genialidad de Bowie estaba endeudada con Lou Reed, le pagó muy, pero muy bien, al anunciar David Bowie que él iba a ser el productor del segundo disco solista de Lou Reed.

En los estudios Trident, del Soho de Londres, comenzaron las sesiones de un disco seminal en la historia del rock. Se llamó “Transformer”, y fue una amalgama perfecta entre un genio incomprendido y oscuro y un rock star en la cima que ayudó a ese genio a conseguir su lugar. Bowie “copó” las grabaciones con sus músicos, Mick Ronson incluido, y lo que fluyó en dichas sesiones fue magia pura. "Transformer" salió en noviembre de 1972, y favorecido por esa alquimia entre músico y productor, es el álbum por excelencia de la carrera de Lou Reed, y lo bueno es que se logró sin traicionar ningún estándar del músico. Es más, "Transformer" es una oda al mundo de Andy Warhol, en el cual se describen personajes y conductas humanas que formaban parte de ese crisol de personajes que fue su factoría. Pero no desde “adentro”, como era la Velvet, sino con una mirada desde afuera y lejana, que a veces es mejor todavía. Alejarse de un mundo y verlo retrospectivamente a veces genera sensaciones y perspectivas que desde adentro no se perciben. Y eso fue “Transformer”. Bowie supo sacar todo lo original de Lou Reed, pero en vez de plasmarlo en una obra densa y oscura, lo plasmó en canciones agradables y, si se quiere, en algún hit hasta radial. “Walk on the walk side” (single de adelanto) es uno de los temas emblemáticos del disco, “ese tema por el que de una vez por todas se van a olvidar de Heroin”, dijo Reed, en el cual el crisol mencionado de los personajes de Nueva York sale a la luz caminando siempre por su lado salvaje, pero el disco tiene otros temas inolvidables. “Vicius” con esas guitarras bien abrasivas recordando a la Velvet; “Waghon Whell” y “Hangin Round”, donde se notan las influencias de Bowie; “Perfect Day”,  donde toda la armonía y alegría de un día perfecto se consigue sólo con tristeza, constituyéndose esta premisa en el “ABC” de Reed (algunos, basados en la electrizante escena de “Trainspotting” ilustrada con la canción, dicen que es una oda a la heroína);  el propio Andy Warhol tiene su tema en el disco “Andy´s Chets”; y “Satellite Of Love”, para mí, el mejor tema del disco. Otra descripción de las relaciones humanas a lo Reed es el tema “N.Y.  telephone conversation”, donde satiriza a las relaciones humanas telefónicas, algo premonitorio según lo que en 2013 se vive a diario. 1973 arranca con Lou Reed desbancando a Mick Jagger como mejor cantante, según las publicaciones de la época, algo impensado para el genio de Nueva York. Y así como creció su figura, su relación con Bowie fue disminuyendo y tomó formas de amor y odio constante, reflejadas en declaraciones a las publicaciones musicales y que terminó en 1979 en un restaurant, donde ambos, entre gritos e insultos, se fueron a “las manos”.

Ya instalado como un “rockstar”, atrajo a un gran productor, Bob Ezrin (The Wall con Pink Floyd), y a unos músicos de película: Steve Winwood en los teclados (Trafic), Tony Levin (Peter Gabriel, King Crimson y varios más), Jack Bruce (Cream), Ainsley Dunbar (Frank Zappa, Bowie), y la discográfica no le puso ningún freno al proyecto, pero les llamó la atención que no hubiera un single para promocionar el disco. Es más, según Reed, había sido concebido como “una película para los oídos”. Se llamó “Berlin”, fue su tercer disco solista, y decepcionó a todo el mundo, salvo, por supuesto, a Lou Reed, que estaba orgulloso de su disco conceptual. Una fría y negra historia nihilista, narrada por su protagonista, con sonidos lúgubres ambientados en burdeles, ambientes decadentes, drogas,  en fin, uno de los discos más duros y deprimentes de la historia del rock, que no deja de ser otra maravilla de Lou Reed.

En “Berlin”, la canción inicial, Jim, su protagonista, presenta su miseria y fracaso en un café, al lado del muro. En “Lady Day”, nos describe a su chica, que no es otra que Carolina, una prostituta alemana, típica mujer del mundo de Lou Reed, cruel y autodestructiva, que florece en “Caroline Says I”, donde explica su maldad (el mejor tema del disco), y en “How do you think it feels”, en un grito a lo Dylan, trata de justificarse. Seguidamente plasma todo su dolor en “Oh Jim”, y el disco alcanza un climax deprimente cuando en “The Kids”, Jim cuenta cómo la policía se lleva a los hijos de Carolina por no ser una buena madre, y como si esto fuera poco, el suicidio de Carolina se ve reflejado en “The Bed”, para terminar estos diez cuadros tortuosos con “Sad song”, donde Jim cura sus heridas con una falsa indiferencia cuando lo asaltan todos los recuerdos de Carolina cuando estaba tomando su café al lado del muro.

Para unos, un disco no sólo deprimente en su música y temática, sino deprimente en sí mismo. Para otros, una obra maestra que enseña cómo plasmar en un disco conceptual relaciones humanas, miserias, angustias, tragedias, dolores y vivencias tormentosas. Cada uno, de acuerdo a sus sensibilidades, juzgará. El disco fue devastado por la prensa y por la industria musical. Frente a todo lo adverso que significó “Berlin”, Lou Reed dijo: “Tendrá su lugar en el sol algún día. Es mejor que cualquier otro disco…”. Hoy “Berlin” es considerado una obra maestra del rock, a punto tal que hace poco tiempo Reed salió de gira escenificando y tocando solamente el disco entero. Quisimos hoy comentar el comienzo de la carrera solista de un genio, alguien que sólo dice verdades en sus temas y que no escondió jamás algo que pasase por su cabeza.

Su carrera en lo que restó de los 70  y hasta nuestros días es inagotable. Con éxitos y fracasos, lo importante es que Lou Reed nunca dejó de ser él mismo.

Opiniones (0)
17 de enero de 2018 | 02:19
1
ERROR
17 de enero de 2018 | 02:19
"Tu mensaje ha sido enviado correctamente"
    En Imágenes
    El ciclón que congela a los Estados Unidos
    4 de Enero de 2018
    El ciclón que congela a los Estados Unidos