opinión

Cosas que no se pueden comprar

Mirar a tu hijo emocionado, izar la bandera en el patio de la escuela, no tiene precio.

Saben dulces aquellos años de la infancia. Aquel barrio del oeste hostil de Godoy Cruz era, visto desde ahora y desde aquí, un espacio de la épica, aunque seguramente la permisividad de los recuerdos exageran las imágenes para que lo perdido se embellezca y duela, pero duela con dulzura, como duelen las canciones con guitarra o el otoño en los parrales o los perros que estallan, sin más, en esa cicatriz con luces a la que llaman “Corredor del Oeste”.

Sin embargo, recordar ahora –en la vejez– un zanjón con sauces y cañaverales cocidos en sus márgenes, un potrero para el fútbol con los surcos aún calientes, un viña trabajada por gringos con pómulos rosados y el campo con sus chañares, martinetas y cañadones, hace que todo retorno a la infancia sea, cuando menos, nutritivo e íntimamente jubiloso.

Éramos soberbios y salvajes y carecíamos de cualquier forma del miedo. Lo peor para nosotros no revestía forma de fantasma, sino de carencia, pero ni siquiera reparábamos en ello.

Era así: una vez que terminábamos la escuela primaria, casi todo el tarascón del horizonte se terminaba para nosotros. El sistema educativo no nos contemplaba; educarse en grados superiores no estaba hecho para nosotros, sino para los otros: los que vivían en calles asfaltadas y veraneaban en el mar y tenían todos los dientes en la boca y usaban perfumes y andaban en autos y tomaban bebidas gaseosas y comían lemon pie y se bañaban con agua caliente y se divertían con el Atari, los deportes en clubes, las clases de inglés para traducir “Yesterday” y “Let it be” y lecturas de libros como “Mujercitas” o “Las aventuras de Tom Sawyer”.

Nosotros, los marrones, estábamos afuera, al margen, donde siempre se quedaban los marrones. Apenas, éramos buenos para el fútbol y las piñas y, algunos, para la fabricación de juguetes caseros. Hace unas décadas atrás, estupendos profesionales se perdieron en aquellos barrios obreros.

Hablo de niños y de niñas capaces de construir con sus manos camiones con madera de álamo, columpios de alambres en altas ramas de los sauces, barriletes cósmicos, pelotas y muñecas con trapos marchitos, kártings a rulemanes, arcos con redes hechos con bolsas de cebollas y hondas infalibles con horquetas de olivo o de chañar.

Mucho han cambiado las cosas con los años: no había autopistas en la infancia; nunca hubo vacaciones en el mar y ni siquiera había vacaciones en cualquier lugar, ni asignaciones universales y ni siquiera había escuelas secundarias, pues las pocas que había estaban en “el Centro” y no eran para nosotros.

(Por cierto, algunos, ahora, dicen que la educación está mal. Yo digo que hay mucho por corregir, pero que nunca la educación nunca ha estado mejor. Ahora, en mi barrio, los chicos que tienen la oportunidad de hacer una universidad se cuentan por decenas. En aquellos años, no hace mucho, después de todo, sólo dos o tres logramos completar trabajosamente el secundario, porque la desigualdad social era tremenda y, ahora, es menos tremenda. Mal que les pese a ciertos voraces que quieren toda la torta para ellos, algunos de nosotros hemos podido dar a nuestros hijos aquello que no tuvimos. Y no lo olvidamos). 

Ahora, mientras transito la noche de este “Día del Trabajador” –pues en uno de ellos me convertí ni bien la ocasión se presentó– recupero una imagen de hace unos días, cuando mi hijo Eliseo –junto a otros alumnos– izó la Bandera, en el patio de su escuela pública, honor al que accedió por “destacarse en sus tareas”, según nos dijo a todos una maestra, mientras él miraba el piso con inolvidable pudor.

¿Cómo no dejarse conmover por ese niño y sus compañeros, ante un hecho que –aunque minúsculo– construye más patria que cualquier discurso político, plan de negocios empresarial, sermón religioso, columna periodística, cacerolazo de camuflados o gol de la selección en la final de un Mundial?

¿Cómo no volver atrás y agradecer a la memoria por insistirnos con lo que fuimos y mostrarnos lo que somos, gracias a las ocasiones que tuvimos para construir esto que somos? Y más: ¿cómo evitar nuestro destino, haciéndonos los zonzos, poniendo a plazo fijo en un paraíso fiscal nuestro sentido comunitario, ahorrándonos en dólares nuestro encuentro con el otro, que, aunque distinto, aunque marrón, es tan nuestro como esos a los que engendramos, vestimos y protegemos?

Foto de Máximo Arias.
Al fin, más allá de si crecimos aprendiendo a nadar contra la corriente de un zanjón o si crecimos bilingües y satisfechos, ¿cómo sería posible no destinar la mejor de nuestras leches para propiciar un país donde todos y cada uno tengan ocasión de hacer lo suyo para, tal vez, pasar a izar la Bandera, bañarse con agua caliente o veranear en el mar bebiendo mojitos con los pies sin amor metidos en el agua?

Volvamos a la escuela y su ceremonia. Mientras la bandera asciende, cantamos “Aurora”. Es una hermosa mañana de otoño y, más que nunca, veo claramente que aquel que –por no contar con las ocasiones que yo tuve– luce distinto y desfavorecido, jamás será mi enemigo.

Esta es una de las pocas cosas que la vida me ha enseñado y que intento transmitir a ese al que amo. Será un especie de legado y dejaré en ello lo mejor de mis latidos.



Ulises Naranjo.

Opiniones (1)
20 de noviembre de 2017 | 09:03
2
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20 de noviembre de 2017 | 09:03
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  1. No podés imaginarte el día en que, más allá de sus buenas notas, mis tres hijas llegaron del colegio secundario (la mayor terminaba, la menor empezaba primer año), con la distinción de haber sido elegidas, las tres, cada una en su curso, como "mejor compañera" por sus compañeros de curso. ¡Eso sí que no tiene precio! Es que tienen una mamá maravillosa... Todavía me emociono al recordar esa tarde.
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