opinión

Veinte años no es nada, pero diez pueden ser muchos

El talonario de los cheques en blanco que la sociedad le daba al gobierno se agotó. ¿Y ahora qué?

Veinte años no es nada, pero diez pueden ser muchos

Con tres cacerolazos multitudinarios y atronadores en ocho meses, la mitad de los medios en contra, un humor social de perros, la inflación y la inseguridad inocultables, el dólar en la estratosfera de Júpiter, la soja que ya no es lo que era, unos deslenguados onda Diana Conti o Larroque que no paran de echarles pasto a los contreras con sus declaraciones, “moreneadas” a repetición, un ministro de Economía con vocación de ausencia y un tsunami de denuncias lanatescas que rebotan por todos los medios de comunicación en un loop infinito, el Gobierno nacional llegará en mayo a los diez años con su kirchnerismo rampante en muletas, pero llegará. Eso sólo ya es un hito muy destacable, y no porque haya debido capear temporales de golpismo o desestabilizaciones arteras tipo “Golpes de Mercado” estilo década del 80 (pese a lo que digan los mismos K, poco y nada de eso hubo). Sería un caso de flagrante despilfarro de un capital político enorme (el célebre y tan sobado 54 por ciento) o un uso por demás curioso del mismo, que lo lleva a funcionar con tracción a “enemigo”, buscando hasta debajo de las baldosas ese insumo básico para su subsistencia: El otro “demonizado” a veces hasta  lo  grotesco.

Pero convengamos algo muy importante: en el año en que también cumpliremos 30 de fresca democracia, que una administración sola llegue a la década ininterrumpida de mandato acá es como para tirar cohetes, te gusten los K o no. Ya sé, no me digás, tenés razón: “Menem lo hizo” también, pero no es lo mismo. Ahora sucede después de la debacle-bisagra de 2001 y su épico aunque inocuo “que se vayan todos”, un agujero en la credibilidad del sistema democrático, representativo y republicano que en otras naciones hubiera terminado en guerra civil o en dictaduras grossas, así de grave. Pero eso no ocurrió aquí; nadie se rajó y prontamente todos volvieron a lo que sabían hacer: el trabajador a trabajar, el comerciante a comerciar, el comunicador a comunicar y el político a politiquear, como mejor pudo cada uno. Como debe ser, porque el mundo sigue andando. Hasta cierto punto, el gobierno pingüino y su “década ganada” (o perdida, según quién lo diga) son una consecuencia bien directa de aquella epopeya callejera para echar a todos los que no se fueron ni por perras (excepto el que se piantó en helicóptero). Con unos pocos aciertos más que pifiadas, los K hicieron un himno de la reivindicación política, al punto que se transformó en una de las patas que les sostienen el discurso general. Y no está mal, porque si no hay política no sabemos qué puede haber, o en todo caso es mejor ni pensarlo. De una forma u otra, ella sostiene todo el andamiaje de la vida social, acá y en cualquier país donde se vote más o menos seguido, si bien el acto eleccionario no es suficiente ni garantiza nada por sí mismo (vean si no a Cuba, donde también se vota pero hace más de 50 años que mandan los mismos castrosaurios).

A la larga terminaremos por aceptar el viejo apotegma de Churchill: “La democracia es el peor sistema de gobierno, excepto todos los demás…”, eso lo tiene más que claro   nuestra denostada clase política, aun sus miembros, para los cuales el nombre de Churchill les suena a club de fútbol de la Premier League. Se han vuelto una especie de mal necesario, y sólo queda mejorar la especie, no ya remplazarla porque no tenemos idea de con qué la remplazaríamos. A escala, y yendo de lo general a lo particular, lo mismo sucede con el krichnerismo: si alguien me dice hoy quién podría suplantarlo en el gobierno a partir de 2015, yo le diré que esperemos por lo menos al 2014 y medio, porque, más allá de los resultados de octubre próximo, una cosa es tirar piedras y otra es cambiar vidrios. Muy pocos muestran hoy las uñas de guitarrero necesarias, y hacen de la oposición un “oposicionismo” gritón y bastante estéril. Apenas, si despunta por ahí un nonato posible acuerdo entre gente que no está muy estropeada ante la opinión pública (Sergio Maza), otros corchos incombustibles (Daniel Scioli), algunos que ya están más vistos que los capítulos de El Zorro pero te aseguran movilización (el neo-duhaldismo de Momo Venegas con Moyano y/o la derecha peronista 2.0 de De Narváez) y en una de esas por ahí de tanto tronar termina lloviendo. Qué se yo...

Igual no alcanza para mover el avispero mucho que digamos, y a lo sumo podrá repetirse el escenario de 2009: un hartazgo social que provoca el triunfo bien estrecho y escaso de una oposición que busca su destino y demuestra una cierta sabiduría popular: “Equilibremos, pongamos contrapesos, digamos que para el oficialismo no todo será soplar y hacer botellas, porque cuando se quieran acordar, se les hará de noche en pleno día, ya van a ver, etc...”. A propósito omito de este sombrío panorama al radicalismo, demasiado ocupado en autodestruirse (como siempre) y a ese tal FAP, que en el mejor de los casos tardará una década más en hacer pie en todo el interior del país, especialmente en tanto no cambie a su mascarón de proa, el impertérrito De la Rúa santafesino. Es lo que muestra la “Opo Capriles-less” que hay, porque no olvidemos que al otro gran tótem de los anti-K, Macri, le crecen los enanos cada vez que quiere abrir el circo y tiene una cantidad de muertos en el placard que supera la media política nacional. Es otro que podrá hacer (y hace) mucho ruido pero exhibe muy pocas nueces; no sólo porque la ciudad que rige está cada vez más intratable, si no que también se muestra bastante tontuelo a la hora de proyectar coaliciones que le permitan salir del feudo porteño y cumplir su aspiración de máxima: aposentar nalgas en el sillón de Rivadavia. Aún deberá tomar bastante sopa para llegar a eso.

Por lo demás, los K podrán reformar no ya el Poder Judicial aunque sea a sopapos, sino que intentarán, con buenas probabilidades de éxito, modificar hasta la ley de gravedad si quieren, basándose en una lógica de hierro: “Somos un país en serio con buena gente donde la patria es el otro y el movimiento nacional y popular de la nación grande latinoamericana señala el rumbo de la segunda independencia llevando las banderas de San Martín, del  general Perón y del comandante Chávez, por lo que tenemos fútbol para todos, automovilismo para todos, planes sociales para todos, electrodomésticos para todos y Kristina para todos y todas, ya que vamos a reformar la Constitución apenas ustedes pestañeen dos veces. Al que no le guste, que venga y nos gane en las urnas.   ¡Carajo¡”. ¿Ha sido ya parido el que los pare? No estoy nada seguro, porque una cosa es el amorfo hartazgo de las clases mayormente medias y urbanas que vimos en los cacerolazos, otra es el sonido y la furia de la oposición numerosa pero desarticulada que siempre se deja arrastrar por la “agenda” oficial, otra fue el resultado ejemplificador de las elecciones de medio término en 2009 y aún muy otra es la posibilidad que surja un recambio cierto, potable, viable y presentable a lo que hay. O sea: está muy bueno esperar y desear que todo cambie para bien gracias a otra gente, pero tampoco compremos buzones o confundamos aserrín con pan rallado.

Entonces, queridos y queridas: no gasten a cuenta y cuiden la flauta porque el concierto es largo. Pensemos dos cositas: 1) Con decir a todo que “¡NO!” no pintamos la pieza. 2) Pese a lo que digan los politólogos más sesudos, sólo existe un parámetro válido para evaluar a un gobierno: si dejó a su país mejor que cuando lo tomó... Saquen ustedes sus propias conclusiones al respecto. Diez años está mucho más que bien para cualquiera en cualquier lado, y es hora de que ELLA dé las hurras, pero hay que saber cómo sigue la historieta, y ahí es donde tenemos serios problemas.

Dicho esto, me permito terminar con este verso y saludarlos con distinguida consideración. Será hasta la semana que viene, si no llueve. Y si llueve también.

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