opinión

Apuro, parálisis y colchones mojados

La oposición busca su Norte y el Gobierno avanza a toda velocidad.

Estamos en la ruta, la niebla no permite ver a cinco metros de distancia y, en lugar de tirarse a un costado con las balizas puestas para esperar que aclare, aceleramos a 180 km por hora. Que pase lo que tenga que pasar, pero igual, voy a llegar -vivo, machucado, muerto o matando- a mi destino.

Esa parece ser la premisa que mueve al gobierno nacional con su nueva iniciativa para vengarse del Grupo Clarín al promover una mini reforma judicial, pomposamente denominada “democratización” y que –tal como lo admiten sus voceros más autorizados- no busca una revolución, sino saldar esas viejas cuentas pendientes con ese núcleo empresario que fue amigo y que ya no lo es.

Así, como ironizó con razón Diego Sehinkman en La Nación el domingo, en su tragicómica columna: “Esta reforma de la justicia es tan seria que habrá sido aprobada antes de que los colchones de La Plata terminen de secarse”.

La oposición al proyecto tiene un abanico de opiniones, enfrentadas en muchos casos entre ellas y abarca a los sectores más conservadores, los más liberales y los más progresistas. Hasta el ex ministro de la Corte y eyectado ministro de Justicia de Menem, Rodolfo Barra, salió de las catacumbas para oponerse enérgicamente al proceso: "La justicia no tiene por qué ser democrática", dijo en televisión. Todos, coinciden en que este apuro para darle un tratamiento exprés a una serie de proyectos que no harán que la ciudadanía tenga más justicia, sino que pretende cubrir los baches que tampoco logró tapar la trabajosa sanción de la Ley de Medios, aplicada con desgano no sólo por las trabas judiciales a raíz del caso Clarín, sino porque el resto de sus disposiciones, las más amplias y aceptadas, por las que miles de personas trabajaron desde hace lustros (antes aun de que el kirchnerismo existiera) no se aplica: no hay más medios, no hay más trabajo, no hay más voces, los oligopolios encontraron los testaferros adecuados sin que el estado los sancione, los amigos del poder conformaron otra hegemonía mediática, incontrolada y paralela al aparato estatal de comunicaciones y, ahora, hasta se recortan los recursos del INCAA para promover las iniciativas audiovisuales que primero motorizó con entusiasmo.

La semana pasada dimos a conocer el proyecto completo de “democratización judicial” que fue recortado, podado desde las oficinas de la Casa Rosada para ajustarlo a intereses muy puntuales. Lo había preparado un equipo del Inecip, el mismo que también había aportado –junto a un grupo plural de legisladores nacionales- reformas al Código Penal que también fueron cajoneadas, porque –caramba por la ironía- si se produce lo que llamaríamos “un exceso de democratización y transparencia” en los procedimientos y designaciones, el Poder Ejecutivo perdería el control sobre figuras clave de la Justicia. Por lo tanto, las propuestas se “venden” como revolucionarias y se aprueban sin debate alimentando el gatopardismo: cambiar algo para que nada cambie.

Recordemos que eso pasa en un país en el que la justicia sí puede llevarse detenido, por ejemplo, a un arquero de fútbol no bien termina el partido en el que jugaba, por la mera sospecha de que fue encubridor de un delito, y que no puede, no quiere o se niega a enterarse de cómo los empresarios cercanos al poder lavan dinero malhabido.

Curioso hecho: cuando el oficialismo se abrió al debate y amenazó con abandonar el monólogo veloz con el que avanzaba el proyecto, no fue para enriquecer el proyecto, sino para poner en caja al díscolo Horacio Verbitsky, que se animó a desafiar la iniciativa aun siendo miembro del núcleo de poder.

El periodista, de cuya adhesión al “modelo” no hay ninguna duda, fue cacheteado verbalmente por los funcionarios de segundo y tercer rango del ministerio de Justicia que dirige quien fuera (vaya paradoja de este tiempo) los destinos y planificación de la ciudad de La Plata durante cuatro mandatos como intendente: Julio Alak.

Con los colchones todavía mojados, la cuestión es: avanzar en la distracción social o bien aprovecharse de esas distracciones para colar un proyecto que carece de consenso dentro y fuera del kirchnerismo, pero que alguien, a quien no conocemos, le interesa sobremanera tenerlo aprobado como ley lo más velozmente posible.

En este punto, una voz mendocina, la de la dirigente opositora y decana de Ciencias Políticas, Graciela Cousinet, dio en la tecla cuando observó públicamente que “no sabemos quiénes son las personas y sus nombres detrás del proyecto de reforma judicial: los esconden, no los muestran, no existen”. Esto, da a entender que es una cuestión “personal” de la Presidenta. Una venganza. Esas cuentas pendientes con el ex amigo Clarín, y poco más. Cousinet recordó que cuando se hizo el proyecto de reforma del Código Civil sus autores –entre ellos la mendocina Aida Kemelmajer de Carlucci- se exhibieron públicamente: sabíamos de quiénes se trataba, el debate se dio en todo el país, la discusión fue fuertemente doctrinaria e ideológica y todos supimos en qué argumentos abrevaban cada una de las oposiciones al proyecto.

Al respecto cabe indicar que este Código Civil vanguardista comenzó a ser modificado tras bambalinas, no por las comisiones del Congreso que debían abordarlo, sino en los originales entregados por los autores a la Presidenta. Como si se tratara de la vieja la libreta del fiado del almacén de la esquina, pusieron y sacaron hasta que eligieron a un papa argentino… El gran proyecto, harto discutido, pasó a dormir el sueño de los justos. Nadie apuesta una moneda a que se lo impulse desde el poder. A otra cosa mariposa. Mejor no pelearse con este papa en un proceso inverso al de Clarín: era enemigo y queremos volverlo amigo”.

Cucos y cacos

Desde la fragmentada oposición no se ponen de acuerdo si unirse para intentar poner un contrapeso político al apurado desenfreno oficialista o bien hacer un juego propio desde cada uno de sus fragmentos. Mientras el Grupo Clarín difunde los elementos que indicarían que hay empresarios que podrían haber sido la cara visible del dinero presidencial sucio, los opositores fluctúan entre sacarse una fotografía todos juntos o avanzar individualmente con causas judiciales.

Lo que pasa es que la Justicia, en medio del tironeo y con la expectativa puesta en su incierto futuro, aguarda sin apuro: paralizada. Hablamos de una parálisis de hecho, no anunciada ni reconocida abiertamente: un "parate" de facto. Y también de tres días de paro por parte del gremio de los judiciales. ¿Alguien piensa que un fiscal o un juez avanzará en causas contra un poder que aspira a que quienes manejen su continuidad o no en el cargo porten pecheras de La Cámpora? ¿Alguno se atreverá a investigar bajo esta amenaza latente? Y además, ¿alguno de los fiscales que tienen intenciones reales de avanzar, avanzará? Los que se oponen a estos cambios, ¿alguien cree que moverá un dedo por agilizar los procesos judiciales? La parálisis es el otro efecto del apuro presidencial por obtener una ley con tratamiento exprés, como jamás lo hizo su antecesor, Néstor Kirchner, testarudo y convencido, pero dispuesto a enfrentar los desafíos de la política.

Un dirigente opositor que bajaba de las escalinatas del Poder Judicial en donde este martes se protestó contra el proyecto, observó que “si estos proyectos se aprueban, Venezuela es un poroto”. “¿No es un poco exagerado?”, le preguntamos. “Ninguna exageración –aclaró- porque lo que viene es la aplicación, en tiempo récord, sin discusiones, con fuertes presiones y realineamientos, de los deseos presidenciales que por otra parte no le solucionan un carajo a la gente”.

Pero mientras unos dirigentes opositores se juntaban para la foto, una resucitada Elisa Carrió les endilgaba que “con una foto no se enfrenta” a este Gobierno (por supuesto, dicho con palabras bastante más truculentas) y reclamó “una amplia movilización social: la gente –dijo Carrió- debe estar en las calles”. Predijo que se trata de un "autogolpe de Estado" y le advirtió a la Corte a que sedefienda, anticipándose a los hechos y declarando inconstitucionales a las leyes que el Congreso aprobará mientras sus miembros mascan chicle y levantan la mano.

Así, el panorama pasa a ser el de la fragmentación política y social, con la sociedad invitada a debatir en las calles sin mayor información que ser contrario a la idea presidencial, y no en el Congreso, con una mayoría oficialista que aun una derrota del kirchnerismo en las próximas elecciones no logrará modificar.

Un “Capriles” argentino

En medio de este contexto, la semana pasada decidió sesionar en Buenos Aires un núcleo de dirigentes conservadores que defienden el liberalismo, bajo la conducción del escritor Mario Vargas Llosa. Mientras en público se exponía desde su núcleo la necesidad de un alineamiento argentino con países como Chile, Perú y Colombia y recibían el repudio de sectores progobierno, que los acusaron de ser agentes de la CIA y neoliberales de Menem, Reagan y Thatcher, puertas adentro, en secreto y con suma discreción, el grupo internacional trató de ordenar a la oposición argentina.

“Necesitamos un Capriles” fue el eje de las conversaciones que se llevaron adelante en un hotel porteño y del que no se dio cuenta a la prensa. Tampoco se informó en torno a los asistentes, aunque se descuenta la simpatía mutua que se tienen los miembros de este grupo con Mauricio Macri y por qué no, con Daniel Scioli.

Si bien Hermes Binner llegó a compartir momentos con los integrantes del think tank conservador que tiene la sede argentina en Rosario, se supo que no fue de la partida. Tampoco fueron invitados radicales de trascendencia nacional, aunque no se descarta que, por iniciativa propia, “haya asistido algún descolgado porteño o de Córdoba, más afines a este tipo de alianzas”.

Se encontraron allí con un problema: si quieren tener un “Capriles”, un referente capaz de hacerle frente al kirchnerismo, al que señalan sin atenuantes como “un chavismo que espera su momento para radicalizarse y mostrar su verdadera cara”, éste, al menos, debe tener ganas de trabajar, de reunirse con la gente, de improvisar y compartir todo tipo de momentos, de ampliar su pensamiento para no representar sólo a la derecha, sino al centroderecha y, “si es posible, caerle simpático a sectores de centroizquierda”, tal como reveló un relevante asistente al encuentro. Y bueno, esos requisitos no parece cumplirlos a rajatablas el jefe de Gobierno porteño. Probablemente daría más con ese perfil Scioli, pero no termina de independizarse, maniatado y amordazado por el gobierno nacional y con fuertes síntomas de padecer del síndrome de Estocolmo: enamorado de sus secuestradores.

Así planteadas las cosas, tendremos "reforma" -como dice Sehinkman- antes de que los colchones de La Plata estén secos, pero la oposición esperará a que bajen las aguas para sentarse a planear un plan en común.

Opiniones (3)
19 de noviembre de 2017 | 03:11
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19 de noviembre de 2017 | 03:11
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  1. Excelente nota. Aunque no tengamos, como serìa deseable, a un Capriles, cualquier candidato que elijamos va a hacer un mejor gobierno que el actual...
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  2. Pero si el problema no es de candidatos, sino de propuestas, o alguno cree que alguien va a votar a alguno de éstos cuando tire la primera de las ideas que tienen. Los sacan de una patada en el tuje cuando empiecen con la cantinela de los 90. ¿O no sabrán que eso ya se murió a nivel mundial? Les puedo aceptar que hay que oponer un modelo al actuar, pero si la idea es volver a los 90 y toda la cantinela del liberalismo y esas idioteces, ni ahí. Que se junten y se muevan todo lo que quieran, jamás van a ser mayoría. La lectura es simple, son el Partido Demócrata de Mendoza, muy bonitos y bien peinados, hablan bien y tienen buen pasar económico, pero de gobernar, embarrarse para solucionar problemas y saber de qué va la vida, ni en pedo. Por eso nunca serán gobierno y se deberán contentar con chillar por el resto de la eternidad. Tuvieron 200 años para hacer de éste un gran país y fracasaron con todo éxito.
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  3. El verdadero candidato anti modelo o anti relato todavía no aparece dos mendocinos se anotarían
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