opinión

¿Pueden los chicos repetir primer grado?

El planteo es bastante complejo y hay que analizarlo más profundamente que desde lo visceral.

El sistema educativo, el mendocino en particular y el nacional en general, se ve envuelto desde hace más de dos décadas en un debate en el que los profesionales del área (docentes, investigadores, psicólogos y demás) participan de manera directa, mientras que gran parte del resto de la sociedad (que es parte de la comunidad educativa) se ha sentido casi impelida, por momentos obligada, a dar su opinión.

Muchas veces en estos años, la escuela ha convocado a los actores externos de la educación para que opinen y hasta para que actúen. Experiencias a lo largo y ancho del país demuestran que cuando la comunidad se compromete con acciones, la educación es mucho más que un banco y una pizarra, y los resultados, tanto para los alumnos como para el resto de la comunidad educativa, han sido más que relevantes.

Por supuesto que cada comunidad educativa tendrá sus propias prioridades a la hora de pedirle a la escuela determinados resultados (la palabra resultados se usa a pesar de lo duro que puede sonar aplicada a la educación, se aclara para que se sepa que esto es intencional, comprometiendo la carga simbólica que implica), de ahí que haya escuelas cuyos directivos enuncien sin ponerse colorados que de allí saldrán los líderes del futuro, mientras que otras sólo aspiran a mantener dentro del sistema a los alumnos.

Tomemos nota de esto, porque ya aquí tenemos un punto que el sistema educativo no está pudiendo resolver, ya que cualquier escuela debería pensar en esos dos horizontes, que sus alumnos se mantengan dentro del sistema y que de ellas puedan salir referentes (dejemos de lado la palabra “líderes”) en lo que quiera que hagan en el futuro.

Pero esto excede la intención de esta columna, así que, en todo caso, será tratado en otra oportunidad.

Volvamos por ahora a lo que nos convoca y que aún no fue anunciado pero que cualquier lector atento habrá presentido. Nos dirigimos hacia los cambios que la DGE implementará a partir de este año.

Tales cambios se manifiestan en dos medidas: la decisión de que ningún alumno repita el primer año de la educación primaria y la de implementar un nuevo sistema en la secundaria mediante el cual los alumnos no son amonestados, sino que se les descuentan puntos, de la misma manera en que no serían expulsados de las escuelas una vez  llegados al límite, es decir, cero puntos.

Ante esto, una importante parte de la comunidad educativa extraáulica (permítasenos usar este término para referirnos a padres, madres, empresarios, obreros, empleados, etc.) ha decidido manifestarse. Pero de la misma manera en que más arriba elogiábamos la intervención de esa parte extraáulica de la comunidad educativa, ahora es necesario llamar la atención sobre la forma en que lo está haciendo, que antes que aportar resta, ya que las opiniones que se están vertiendo dan la sensación de partir de un análisis incompleto, además de que, por ser viscerales, pierden el objetivo.

Lo que se critica, de buenas a primeras, es “que los alumnos no pueden repetir” y “que no va a haber forma de sancionar a los indisciplinados”, como si estos fueran los focos, cuando en realidad estos son sólo dos emergentes (la repitencia y la indisciplina) de un sistema educativo inserto en una sociedad que ha contribuido y contribuye a la depauperación de la educación.

Tratar los dos temas es bastante extenso, así que nos centraremos hoy en la primera de las modificaciones propuestas, la de la no repitencia del primer grado, mientras que para mañana dejaremos la otra innovación.

Del grado a la unidad pedagógica

Partamos de lo más elemental para entender de qué se trata la propuesta de la DGE. Entender que primer y segundo grados conforman una unidad pedagógica es un gran salto cualitativo en la educación. ¿Qué significa esta medida? Que en lugar de estar hablando de un proceso cerrado de un año lo estamos haciendo de un espacio de aprendizaje de dos años.

Entre las bases que sostienen este planteo hay una que se destaca.

El proceso inicial del aprendizaje de la lecto-escritura debe tener una continuidad que no puede ser interrumpida para regresar al niño al primer día del primer grado. Al tratarlo como unidad pedagógica, se entiende que si un niño no alcanzó los objetivos del primer grado, puede seguir un proceso que lo lleve a alcanzarlos en el segundo grado, sin que esto signifique mucho más que eso: darle más tiempo para que pueda aprender los rudimentos de la lectura, la escritura y la matemática.

Acá puede plantearse una duda que es válida para grados posteriores pero que en esa etapa del niño, entre los cinco y los siete años, no debe analizarse con los mismos parámetros.

Planteémoslo así. Si un alumno de cuarto grado no alcanza los objetivos, no puede dejárselo cursar quinto, porque sí significaría un problema para su aprendizaje enfrentarse a contenidos que le plantearían muchos problemas y que lo llevarían, quizás, hasta la frustración.

¿Qué hace que esto no funcione de la misma manera respecto de un alumno que cursa segundo grado sin haber alcanzado los objetivos de primero? Ni más ni menos que la etapa evolutiva en la que se encuentra.

Verbigracia. Un niño de seis años comienza a cursar primer grado junto con otro de cinco. Esto es absolutamente posible y común. Veamos cómo. Un niño que nació el 1 de julio de 2006, por la reglamentación que establece la edad a la que debe ingresar a primer año, puede compartir curso con uno que nació el 30 de junio de 2007.

La diferencia evolutiva es enorme. Un año, para ellos, significa un sexto o un quinto de sus vidas. No hace falta profundizar mucho para concluir que, en similares condiciones de alimentación, estimulación, sanidad y cuidados generales, el más grande tiene ventaja sobre el más chico.

Esta diferencia evolutiva se hará menos significativa a medida que la edad de ambos aumente, por eso, cuando estén en cuarto, ya sí es un problema si alguno de ellos no alcanza los objetivos esperados.

Pero volvamos a estos chicos que comienzan primer grado casi con un año de diferencia y pensemos en lo que habrá sucedido al finalizar segundo grado. El primero tendrá ocho años y el segundo siete, es decir, ambos ya tendrán un desarrollo evolutivo similar, por lo que es esperable que hayan alcanzado las mismas habilidades de lecto-escritura y de abstracción matemática.

Varios argumentos más se pueden citar y desarrollar a favor de la concepción del primer y segundo grados como una unidad pedagógica, pero esperemos que este alcance para mostrar que no se trata sólo de una cuestión de “no repetir”, cosa que sí sucedería si esta normativa se extendiera, tal cual está planteada, a grados más altos de la educación.

Repetir o no repetir los errores del sistema

Entonces, después de todo lo que ya dijimos, animémonos a elaborar una suerte de pequeña conclusión: la idea de no repetir primer grado no es mala, el problema real estará, en todo caso, en la implementación.

Y ahí ya estamos poniendo el dedo en la llaga, porque si hay algo en lo que mucha gente no tiene es confianza es en que el Estado pueda poner en práctica un sistema como este y que funcione.

Cada quien tendrá sus motivos para desconfiar de la implementación de un modelo como el propuesto, y desde aquí nos detendremos, sin ser exhaustivos, en algunos aspectos que pueden dificultar que esto llegue a buen puerto y no sea un naufragio más como aquel de la educación básica dividida en ciclos (EGB 1, 2 y 3, ¿se acuerdan?), que también guardaba relación con la idea de unidad pedagógica.

La primera observación tiene que ver con las dificultades que puede plantear el seguimiento personalizado de uno o dos alumnos en un aula de 35. La superpoblación de las aulas es el primer impedimento, porque más de 30 chicos en un grado son una multitud. Es más, más de 25 ya son una multitud en la que uno o dos casos particulares se pierden de vista. Entonces, primera duda: ¿dispondrá la DGE del personal que pueda encargarse del seguimiento de esos niños, considerando que la maestra del grado sola no alcanza?

Otro punto sobre el que poner el ojo es en que se ha anunciado que la prueba piloto se realizará en 200 de las 700 escuelas de la provincia. Se pondrá en ejecución en las instituciones que se ofrecieron como voluntarias para llevar adelante una prueba. El problema es que se piensa implantar el cambio en todas las escuelas el año que viene. Ahora, si se trata de una prueba piloto en 200 escuelas de un proyecto que necesita como mínimo dos años para llevarse a cabo, entonces cómo es que se implementará en las otras 500 escuelas el año que viene, sin saber qué resultado ha tenido en esas 200 escuelas. Porque no hace falta mucha matemática para darse cuenta de que los primeros resultados de esta experiencia estarán a fines del 2014. Por eso, aquí viene la segunda duda: ¿cómo es que se hace una prueba piloto y no se esperarán sus resultados para decidir implementarla o no en todas las escuelas? ¿No sería mejor esperar hasta el 2015 para decidir ponerla en práctica en las 700 escuelas de la provincia o, si los resultados no son los esperados, interrumpir la experiencia y no dejar que se lleva a cabo algo que se sabe que no funciona?

Hay algo más aún que hace ruido por ahí y en lo que pocas veces se repara. Pero antes de explicitarlo, hay que dejar en claro que no es la intención ofender a los docentes en general, antes que eso, que cada quien se ponga el poncho si le va.

Hecha esta aclaración, vayamos al grano. Debemos tener presente que una parte importante de los padres de los chicos que hoy están en la primaria, de la misma manera que una parte importante de los docentes que están hoy al frente de esos chicos, eran adolescentes y hasta niños durante la década del 90. Es decir, asistieron a una escuela pública en pleno proceso de empobrecimiento (cultural, de contenido, de presupuesto) y fueron parte de los experimentos emergidos de la Ley Federal de Educación, con lo que su educación escolarizada fue, de por sí, mala. Además de que crecieron en un país frívolo en el que se le dio valor a lo trucho, a la plata fácil, a la estupidez paso a paso. Si a esa cantidad de gente le sumamos todos aquellos que se educaron en una escuela previa a la de los 90 pero eligieron el camino fácil que demarcó el menemismo, entonces tenemos que a cargo de la educación de los niños hay una importante masa de adultos entre los cuales hay valores, como el del conocimiento, que no son exactamente una prioridad.

Docentes y padres que no leen un libro ni por casualidad, docentes y padres que están controlando su Facebook o tuiteando en horas de trabajo, docentes y padres que se interesan más por el baile que un famoso puede hacer en televisión que por lo que le está sucediendo al vecino, docentes y padres que salieron de la escuela sin poder comprender un texto.

Tercera pregunta, pues: ¿están en buenas manos esas camadas de chicos a los que queremos cuidar, o es necesario que la escuela y la sociedad se plantee, mucho antes que la repitencia, otras cosas?

En definitiva, un programa como el que plantea la DGE, como cualquier tema educativo, no puede aplicarse sin incidir y exigir la incidencia de otros actores de la comunidad y, fundamentalmente, sin plata para ejecutarlo.

Y todo esto sin considerar otros aspectos que hacen a la escuela, como la pobreza, la marginalidad, la desnutrición, la falta de elementos, la desvalorización de la educación y varios más que sería engorroso seguir enumerando, además la necesidad del establecimiento de objetivos sociales, no sólo escolares.

Y a partir de esto último es que concluiremos con un cuestionamiento que tendría que primar a la hora de elaborar cualquier proyecto educativo: se debería cambiar el eje de análisis, ya que durante años nos hemos preguntado qué escuela es la que queremos, cuando, a esta altura, deberíamos preguntarnos para qué queremos la escuela.

La propuesta de que los alumnos de primer grado no repitan no es mala, en todo caso, puede ser insuficiente si todo el sistema no se replantea, y con él, todas las prioridades de nuestra sociedad.

Opiniones (2)
17 de enero de 2018 | 02:26
3
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17 de enero de 2018 | 02:26
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  1. Alejandro: en gral, estoy de acuerdo con tu análisis. Sin embargo no creo que a idénticas circunstancias un niño de 7 con uno de 8 tengan diferencias más allá de las físicas. A las pruebas me remito: tuve la ocasión de vivir esto junto con 2 o 3 niños más (eramos los nacidos en Mayo o Junio). La única diferencia se realizaba en la casa: mis padres leían y por ende, yo también. Cuando toco el turno a mi hijo ('85), las acciones y consecuencias fueron idénticas. Y prosigue en mis nietas (desde el 2006 con iguales características. No creo que sean superdotados/as.., nada más lejos de la realidad. Quizás tengas razón en el proyecto a 2 años, pero inevitablemente se quedará en 3°. Como también señalaste, en cursos de más de 25 alumnos (y ya es una barbaridad) 2 o 3 pasan despercibidos..... son los que repetiran. A esa altura perdieron 3 años, no uno. Tal vez replantearse el paradigma de la educación sea necesario como lo dijiste.
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  2. Me gusto la nota . La educacion argentina esta gravemente enferma y lo que proponen son "parches" o "curitas" que dentro del sistema actual (pobre estructura , aulas repletas ,maestros sin herramientas de trabajo , desaparacion del respeto entre los alumnos y los padres y maestros , altisonantes objetivos y escaso trabajo real ,etc etc ....) no pueden conducir a ninguna reparacion efectiva . Pero claro esta , para sanarla hace falta dinero y esfuerzo ....Estos parches son afines al "modelo " y se integran con el deterioro real de un pais que pudiendo ser grande y culto , ha sido abandonado por la negligencia y la decidia . ,
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