opinión

Mendocinos a las cosas II

Mientras la mayoría de la sociedad está en silencio, los factores de poder y decisión juegan cada uno a su propia conveniencia ante una provincia que tiene dificultades propias y ajenas que le impiden crecer. Pronto, si no cambiamos, seremos ciudadanos de otra de las provincias en camino a la pobreza en la Argentina. Hay mucho que hacer y todos debemos ser protagonistas.

Hay momentos en la vida de un pueblo, una provincia, un Estado, que resultan ser puntos de inflexión. Instantes a partir de los cuales se toma un camino u otro, o no se toma ninguno, con consecuencias que durarán lustros. Y Mendoza vive hoy uno de esos espacios ante un modelo productivo agotado que ya no puede brindarles bienestar, progreso, dignidad, salud, educación, trabajo, excelencia a los casi dos millones de personas que vivimos aquí. Ya está. La gallina no tenía huevos de oro. Hoy, Mendoza, los mendocinos, los que no lo son pero viven y producen y sueñan y trabajan aquí, tienen –tenemos- que elegir un camino. No hacerlo, no optar, seguir observando el ombligo de cada uno, nos va a ir achicando las posibilidades cada vez más. El camino se volverá angosto. No es momento de hacer silencio.

Pasaron muchas cosas en los últimos 30 años: desde terremotos a aludes, crisis económicas, hiperinflación, megadevaluación, default, corralitos y corralones, crisis institucional, cepos, dólar blue, desempleo, crecimiento, manteca al techo, déficit crónico, décadas perdidas… Mendoza sobrevivió a duras penas al castigo de la Promoción Industrial y se está agotando ante la asfixia de la coparticipación federal de impuestos, en un marco macroeconómico general malo. Hay que hacer cosas.

Es muy complejo crecer desde una provincia como la nuestra con un esquema de generación de riquezas limitado y un modelo productivo que no da más, aun cuando el marco macroeconómico general es deficiente. Si la economía en general está mal será difícil que nos vaya bien. Aun así, lo peor es quedarse de brazos cruzados. Hay que despabilarse y ponerse a trabajar. Todos. No sólo el gobernador o su gabinete.

Un “Mendozazo de ideas y acciones”, con espíritu innovador y emprendedor y gente que las lleve adelante podrá sacarnos del letargo, de esta siesta entumecida en la que gastamos dinero haciendo prácticamente nada.

La demostración más dolorosa de que la Argentina está mal ocurrió con la tragedia de La Plata. La dramática noche de la inundación fue el símbolo más evidente de la ausencia del Estado, incapaz no ya de prevenir, sino siquiera de reaccionar frente a la crisis para evitar muertes y daños de los habitantes. Resulta sobrecogedor recordar la escena de la gente sola, sin luz, sin agua, sobreviviendo o muriendo bajo el agua cada uno según su propia suerte frente a las narices de un Estado municipal, provincial y nacional, que no mostró durante largas horas la más mínima reacción. Lo que se inundó con la tragedia platense fueron la clase política y la burocracia estatal.

Mendoza es una provincia con más empleo público y menos privado cada año. Un informe del CEM, reciente, dijo que los salarios públicos subieron del 55 al 59 % del presupuesto en los últimos diez años, y con un cálculo de gastos nominal casi cinco veces mayor. La actividad económica provincial ha visto cómo el Estado pasó de ser el 11,5 % del Producto Bruto Geográfico, es decir, nuestra riqueza; a más del 21 % este año. Casi todas las actividades económicas cayeron. El Estado provincial se ha ido desfinanciando, sumando empleados sin dar mejor salud, ni educación, ni seguridad, generando un déficit que ya es crónico, y que se resuelve con toma de deuda. Ello, en un esquema nacional de fuerte concentración y aumento de recursos a favor del estado federal, generando provincias dependientes y empobrecidas.

En casi todas las actividades sufrimos el atraso cambiario y la inflación, tanto como el cepo, las trabas y controles absurdos que el gobierno nacional impone a la Economía porque no puede acertar a la matriz del problema.

 

El problema somos todos. Políticos, gremio, empresarios, trabajadores, educadores, las ONG, los medios, y los ciudadanos que no están convencidos de que necesitamos justamente más ciudadanía para tenr más empleo, más educación y salud, más bienestar, más crecimiento.



Hoy, la democracia argentina tiene un desafío gigantesco. Conseguir que el modelo económico y social que muestra preocupantes signos de agotamiento se reoriente sin caer en una nueva crisis. Para pasar el concepto en limpio: con un billete de 100 (cien) pesos -que son los mismos de hoy- en 2007 se compraban 33 dólares. Y hoy se adquieren sólo 12 dólares. Ese es un problema de competitividad real de nuestra economía, agravada por la inflación de más del 25 % anual.

Doce años después de la crisis de 2001 y 2002 está claro que el gobierno nacional sufre un desgaste por la falta de respuestas a los problemas que plantea la economía. Ya no resulta creíble el argumento de la “crisis mundial” cuando Uruguay, Chile Brasil, Colombia y Perú crecen a tasas muy razonables, buenos niveles de inversión e inflación de un dígito. “El caso argentino es problema de estudio. No podemos entender cómo un país tan rico puede tener un rendimiento económico tan mediocre…” dijo hace poco un economista uruguayo a nuestra radio. Doloroso y lapidario pero cierto.

Una gran cantidad de dirigentes de alto nivel del peronismo -gobernadores, ministros, intendentes, legisladores nacionales- saben que hace falta una reorientación del modelo. Lo admiten en privado y en ruedas de café. Pero callan por miedo a los humores de la presidenta y de su entorno. Por eso se quedan “en su quintita” tratando de sacar alguna ventaja de corto plazo para su territorio, en vez de plantear seriamente en su partido cómo continuar con racionalidad el modelo “nacional y popular”. En el medio, cómplices y silenciosos, han dejado que figuras incapaces, cuestionadas o poco transparentes ocupen el centro de la escena política. El peronismo sabe que van por el camino equivocado y que no hace lo que tiene que hacer. El justicialismo provincial -por caso- dividió en tres sus bloques legislativos por peleas internas y se dedicó a organizar actos partidarios y “fotos” políticas para ocupar mayores lugares de poder. Luego de ello, los mismos sectores se arrojaron “muertos” al ropero de cada uno, utilizando el aparato del estado como la agencia oficial TELAM para atacarse unos a otros. Y la oposición –desvencijada- se divide sin atinar a conformar una alternativa de gobierno.

Los gobiernos que nos han administrado no son los únicos responsables.

 

El problema somos todos: Partidos políticos reducidos al electoralismo, el personalismo de los dirigentes, empresarios sin visión de conjunto, endogámicos, silentes, temerosos, sin espíritu emprendedor, encerrados en sí mismos, cuando no cómplices. Y los gremios que han ido de la irresponsabilidad a la complicidad porque conocen el estado real de las cosas. Aun admitiendo su lucha legítima contra una inflación que se come los sueldos de los que menos ganan, han participado alegremente del festín en que hemos desfinanciado al Estado. No pueden dejar de ver los dirigentes sindicales el esquema clientelar en que se ha caído, sin por ello brindar a cambio ninguna mejora del servicio a la población.

Muchos empresarios son cómplices del desbarranque. El rol de varios de ellos ha llegado al borde de la indignidad. Soportan el maltrato habitual y la absoluta discrecionalidad del gobierno nacional, si es que ello les favorece, o les perjudica menos. Estas arbitrariedades han permitido incluso que el gobierno les prohíba “de palabra” hacer publicidad en medios gráficos, idea que en el fondo está destinada a quebrar a medios o grupos de medios que no aceptan el relato oficial. Hay quienes incluso se han subido a caravanas bizarras a países del Tercer Mundo a resolver negocios insólitos, o que se ponen frente a los periodistas a decir que todo está bien cuando la verdad es bien distinta. Los más, se han recluido en el silencio para no molestar al poder y a su vez ser molestados lo menos posible. Son los que han huido del compromiso con su tierra y con su provincia.

La educación atrasada en todos sus niveles, particularmente en los que forman profesionales, tiene su parte de responsabilidad. La mayoría de las casas de altos estudios que han estado concentradas en mantener privilegios han sido incapaces de entregar a la producción y la industria de Mendoza profesionales realmente capacitados, de máximo nivel. El empleo público, la educación universitaria, la falta de mano de obra capacitada, la ausencia de ciudadanía, son claves en el desarrollo de estas crisis. No llegamos hasta aquí porque sí sino porque en el medio nos ha faltado educación.

Hemos producido generaciones de mendocinos empobrecidos, cooptados por clientelismo permanente, de dignidad aplastada y sin instrumentos o capacitación para valerse por iniciativa propia. Y una inmensa mayoría de habitantes de esta provincia, la famosa clase media, hemos sido apáticos, indiferentes, desinteresados, como si el destino y el éxito y futuro de nuestra provincia nos fueran ajenos. Sumen la importante cuota de corrupción estructural, y en verdad hay que estar preocupados.

Mendoza no va a salir adelante sin un compromiso colectivo de espíritu convocante que aliente y entusiasme. Hasta entonces, la economía provincial seguirá estrangulándose en lugar de generar una matriz productiva más amplia, diferente, útil, capaz de proporcionar bienestar a cada una de las personas que vive en la provincia, y de motorizar estratégicamente nuestras actividades.

Son numerosos los diferentes sectores que solicitan consensuar puntos básicos y comunes para trabajar en un camino superador. Nadie pretende un plan general estratégico, sino sólo algunos ítems compartidos, un punto de partida básico para una Mendoza capaz de crecer. Cada gobierno intenta, cuando asume, hacer algo. Pero mucho de lo que pretende queda en una serie de buenas intenciones. Rápidamente cae en las internas políticas, en las luchas de poder, en la incapacidad para hacer trabajar una burocracia lenta y resistente a los cambios, y en la pulseada con poderes económicos y mediáticos que nadie ha elegido pero que son gravitantes en la vida de la provincia.

Hay mucho para hacer. Repensar el campo y la producción para ver qué necesita realmente el mundo, hacer eficiente el uso del agua que hoy se desperdicia regando a manto o en una infraestructura de mediados del siglo pasado, nombrar un comité de ambientalistas, técnicos, empresarios, mineros, catedráticos, geólogos, y funcionarios, que determine de una buena vez qué minería se debe/puede hacer en la provincia. Debe industrializarse el campo y pugnar en conjunto por un marco económico general que promocione a Mendoza en vez de castigarla. Debe venderse Mendoza al mundo promoviendo el corredor trasandino y su ubicación geopolítica que nos hace factor decisivo en el crecimiento de la región. Y hay que cambiar la cabeza de “dar trabajo en el Estado” por generar trabajo y brindarle a la gente las herramientas de su propia promoción social, humana, institucional, educativa, su lugar en el mundo a través de actividades que dignifiquen.

Sabemos que lo que viene de ahora en más será difícil. Pero está en manos de los mismos argentinos y mendocinos corregir el rumbo. Hace falta un nuevo programa económico que corrija la inflación, mejore la competitividad de la economía y recupere la capacidad de generar inversiones y empleos de calidad. Pero por sobre todo hace falta una dirigencia política y empresarial seria, valiente, que diga en público lo que piensa en privado, comprometida para que en este momento de definiciones se convierta en una corrección de los desequilibrios y no en una recta final de una ruta que ya hemos transitado demasiado.

Pero para ello hacen falta además de un nuevo plan, políticas de Estado serias, sustentables, y que sean respetadas y enriquecidas en el tiempo. Son las que deben nacer del seno mismo de la comunidad: empresarios, sindicatos, ONGs, universidades, partidos políticos, legisladores, gobierno, unidades de producción, el campo. Y ciudadanía activa, que no se esconda y se comprometa, siempre en el marco de la institucionalidad.

Los medios, pese a que muchos han sido cómplices cuando no factores de decisión y de peso en el estado de las cosas, debemos ser tribuna de pensamiento, de debate crítico, de lugar amplio y participativo de todos los estamentos mendocinos, sin límites, censuras, operaciones que avergüenzan o intereses oscuros.

Es paradójico, pero desde que existe MDZ hemos hecho numerosos trabajos similares a éste, convocando a los mendocinos a tomar su destino y ponerse de pie y a no entregarse mansamente a las crisis sucesivas que nos golpean. El tiempo nos ha dado la razón, y las condiciones generales han empeorado. No es motivo de orgullo periodístico, sino de desazón, preocupación y tristeza por una provincia rica que empieza a comportarse como pobre de toda pobreza.

Todos debemos participar y entre todos debemos producir aquel “Mendozazo” de ideas, de acciones, de espíritu mendocino, de autoestima, de entusiasmo creador, hacedor y convocante, una verdadera revolución estratégica Siglo XXI que fije el norte que hoy está tan difuso, y se percibe como lejano o casi imposible.

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20 de noviembre de 2017 | 09:02
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