opinión

Eliseo, 14 minutos antes de que se acabe el mundo

Nuestra existencia no persigue propósito. No dejaremos mensaje. Sólo la respiración de un niño desdice el caos universal.

Una breve respiración dormida niega el caos universal. Ese ir y venir de una ínfima corriente de aire es más cierto y poderoso que la furia de las colas de todos los cometas desbocados en la perversa oscuridad, en la inmensa soledad que supone lo que existe.

Pongámoslo de otro modo. Podría ser así: una vez más, repitamos que nuestra existencia no persigue ningún propósito. No hay designio de los días. No hay proyecto celeste ni discurso profético alguno que haya certificado normas de certeza.

Seres insignificantes manteniendo minúsculos latidos, montados en una pequeña piedra abandonada a la deriva, en la oscuridad de un estómago sordo, vamos camino al despeñadero como un caballo desbocado y, mientras tanto, como si acaso hubiese conjuro o remedio o esperanza, tiramos piedras y pétalos al cielo, festejamos o nos dolemos con las palmas desnudas, mirando hacia arriba, como si el arriba existiese, como si abajo quedase abajo, como sí, al fin, el cielo fuese síntesis de algo, territorio de ángeles quizás, argumento de una trama u hogar de los muertos y los dioses.

Viene desde atrás nuestro daño irreparable. La misma e invicta presencia de la muerte, generadora de toda forma de vida, lo certifica. Bastó, seguramente, con descubrir la caridad del dolor o con ver morir a un animal cualquiera en manos de otro cualquiera. Bastó con ver una flor secarse, desmayada sobre una piedra. Bastó, quizás, con ver la brevedad del tránsito de una estrella fugaz o tal vez con comprobar cómo es que se pierden las gotas de la tormenta en el espejo de una laguna o apenas, con el incendio de cualquier crepúsculo o con la irrefutable eficacia de la voracidad de los inviernos. Puede, incluso, que sólo haya bastado con sentir hambre o sed y deseos de pintar la comida y la bebida en paladar de una caverna.

Todo concluye prontamente y, ante nuestras manos vacías, y la invicta evidencia de que estamos solos o casi solos –lo cual es lo mismo–, no cabe más que considerar que la inmensidad, lo justo, lo verdadero y lo eterno es justamente todo aquello que se atiene a ser fábula, todo aquello que no somos ni seremos.

¿Qué hacemos en lugar de hacernos cargo? Nos colgamos collares, blasones o rosarios; fabricamos talismanes, memorizamos estupideces, fraguamos aceros e izamos banderas y creemos con firmeza que nuestras acciones como raza persiguen un fin y, por lo mismo, recibirán un premio. Y ponemos al fuego al que piense lo contrario.

Mientras vos creés que todo sucede por alguna razón, mientras tejés los surcos con semillas de maíz, mientras traés niños al mundo y acaparás bienes como si fueran álbumes o libros que no habrás de leer, más temprano que tarde, todo aquello que entendemos como vida se extinguirá como una chispa bajo la tormenta y no dejaremos ni el más mínimo mensaje.

Nadie sabrá que fuimos, porque las costillas del Big-Bang, entre otras cosas, se ocuparán de desintegrar cada uno de nuestros afanes de existencia y posteridad: bibliotecas, dinastías, castillos, divinidades, mapas, sistemas de cambio, conquistas, afanes artísticos, descubrimientos, lenguas, liturgias, cápsulas espaciales y sacrificios, todo será nada para nadie.

El amor, la música, la poesía, la industria, las religiones, los sistemas y la astronáutica, no será más que sustantivos malheridos en un soneto o en un haiku inacabados.

Será así: morirán los dioses, caerán los continentes, los lenguajes, los ejércitos y los templos. Y el polvo de lo que fuimos, ya bajo el agua, como único abecedario en el epílogo, no tendrá ganas de contar que alguna vez hicimos lo que hicimos.

Así será.

Dicho esto, aclarado todo, volvamos al punto inicial: veo a Eliseo dormir.

Veo a mi hijo dormir, como si nada de todo estuviese sucediendo. Lo veo dormir con toda la certeza que cabe en el mundo. Lo veo ahora mismo respirar y hacer del mundo un sitio más hermoso. Lo miro soñar y la luz vuelve a dar sentido al extraño asunto de los colores y el ciclo de las estaciones vuelve a confiar en el eterno retorno de lo mismo.

Pienso, en silencio, agradecido: dejé de ser eterno en cuanto nació y, en el mismo instante, conocí realmente el miedo como recurso de preservación de lo divino y sostenimiento de la raza.

Duerme mi niño y aclaremos: nada de lo que somos y todo lo que no somos como estirpe no se verá especialmente alterado por su presencia, es cierto, pero también lo es que, al fin, el amor es negación de infinito, experiencia de la incondicionalidad y forma de descanso y de memoria.

Respira en un columpio de sístoles y diástoles. Miren: el universo detiene su huida y baja la voz hasta callarse. La noche se despliega y sabe que existe, sólo para que Eliseo le dé la espalda, como un dios le da la espalda a su pueblo, para que le crean y lo adoren, a fuerza de recibir azotes, olvidos y traiciones.

Estas palabras, en tanto, no buscan más que izarse un poco, con el afán de convertirse en telón de fondo o banda de sonido para sus sueños. Catorce minutos después, se desvanecerán como aquella pluma de canario en el infierno. 




Ulises Naranjo.
Opiniones (4)
24 de noviembre de 2017 | 22:46
5
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24 de noviembre de 2017 | 22:46
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  1. Hermosas palabras. Aprendí a sentir miedo visceral en cuanto nació mi niño. Creo que el propósito de nuestra existencia es lograr la armonía con "nuestra tribu" y ser felices en esa búsqueda.
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  2. Muchas gracias a ambos dos comentaristas... Ulises Naranjo.
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  3. Muy Bueno Ulises, como siempre!! Yo no tengo hijos aún, pero he tenido esos momentos de replanteo en que uno mira alrededor tratando de entender todo y aun sin encontrar las respuestas, te das cuenta que lo único que nos va a hacer disfrutar esta vida, es el amor, el que damos y el que recibimos. Todo lo demás se esfuma, queda en la superficie.
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  4. COMO GARDEL... Ulises cada día canta mejor...haciendo de cada nota una pieza literaria.
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