opinión

El relato de Francisco

Los intentos de ungir a Francisco como líder opositor urbi et orbi.

El relato de Francisco

La discusión política en Argentina, siempre tensa y en voz alta, tiene desde hace años una particularidad: el Gobierno y la fuerza política que lo conforma no tiene como adversario principal en ese debate a partidos o movimientos políticos opositores.

Desde los días de la puja por la renta sojera con las patronales agrarias, y después con la Ley del Medios, los grupos corporativos afrontaron por sí solos la representación de sus intereses. Los dirigentes opositores asumieron un lugar subordinado, dejando que esos grupos, de acuerdo al tema en cuestión, construyeran el discurso con que se debía responder a la agenda gubernamental.

Los resultados en las elecciones hablan del resultado que esa estrategia viene teniendo. Lo sorprendente es que aún con esa evaluación a flor de piel, nada parece haber cambiado en los dirigentes y partidos políticos opositores, que al fin y al cabo deberían expresar un conjunto heterogéneo pero relevante de la sociedad (hace un año y medio alcanzaron el 46% de los votos, aunque con una altísima fragmentación).

Un nuevo capítulo de esta saga de entrega de soberanía de la representación política comenzó apenas se escuchó desde los balcones de la Basílica de San Pedro en Roma el nombre de “Bergoglio”. Una vez más, la oposición política y mediática creyó encontrar allí el fin de sus penurias. Un argentino que había jugado un rol opositor durante el gobierno de Néstor y de Cristina se acababa de asegurar un lugar de poder mundial desde el cual construir un discurso antikirchnerista. Este sueño opositor era un verdadero acto de fe (política) que, a poco de ponerse a prueba, parece ya destinado al fracaso.

El primer síntoma de este fracaso está en su mismo origen: desde un tiempo a esta parte, la oposición toda (de De Narváez hasta Tumini, de Morales Solá a Lanata) se refugió en la cómoda idea de un “relato” que nubla las mentes ciudadanas. El único éxito que se le reconoce a la gestión kirchnerista es haber logrado construir un discurso, una simbología, que le permite construir una idea fantasiosa sobre la realidad. La gente, vaya a saber por qué, compró y sigue comprando esos espejitos de colores. Ahora bien, la nueva arma letal para enfrentar este maleficio no es el descorrimiento de ese supuesto velo discursivo, sino la fábrica más grande de construcción simbólica de Occidente: la Iglesia.
Desde hace semanas, todos los opositores están maravillados con los “gestos” del Papa. El cambio en la Argentina -finalmente- estaría garantizado a partir de la confrontación de un símbolo por otro. Un liderazgo populista que reemplaza a otro liderazgo populista. La “demagogia” de Francisco, que rompe el protocolo y salta del papamóvil para saludar a los fieles o limpia los pies de jóvenes en un reformatorio, es ahora bendecida con un extraño fanatismo por quienes hasta ahora se indignaban ante cualquier actitud “pastoral” de un dirigente político. 

Pero el centro del problema sigue siendo el mismo que arrastra todo el arco opositor desde el 2003. Este  discurso ahonda su crisis cada vez que renuncia a pensar la Argentina en términos concretos, de gestión, de objetivos, de superación real de la experiencia del kirchnerismo, para darle la enésima vuelta más de tuerca -ahora con la supuesta venia papal- a la politológica denuncia de “autoritarismo”, “hegemonía” y “falta de instituciones”. Todo lo cual termina en un pase de comedia grotesco, cuando se advierte lo obvio: el apoyo a esas críticas sería ahora nada menos que... ¡la Iglesia católica! Una de las últimas monarquías absolutas, culturalmente universalista y en una coyuntura de grave crisis institucional, ya sea por el lado de sus cuentas bancarias como por el de la masificación de los delitos sexuales de muchos de sus integrantes.

Pero las malas noticias para la oposición en su intento de ungir a Francisco como líder opositor urbi et orbi no terminan ahí. Si alguna novedad trajo el nuevo papado es la de un discurso donde los pobres aparecen con insistencia. El discurso social de la Iglesia, largo en el tiempo como la Iglesia misma, pero con ribetes muy particulares en América Latina aun para un cura contrario a la Teología de la Liberación, aparece como la gran renovación de este comienzo del gobierno romano de Bergoglio. Los opositores deberán hacer malabares para contraponer ese acercamiento vaticano a la pobreza con el discurso y la práctica del kirchnerismo. Veámoslo con ejemplos concretos: ¿Se agrandó o se achicó el margen para criticar a la AUH? ¿Es más sencillo o más complicado, ahora, sostener un discurso reaccionario frente a los vecinos que viven en villas miseria? ¿Cómo queda la idea de “representatividad fragmentada” ubicando por un lado a ciudadanos de las capas medias que “votan bien” y, por el otro, en un segundo escalón de facultades electorales, a los pobres? ¿Tendrán el apoyo papal quienes en cada elección esgrimen con ligereza la baja de imputabilidad a los menores?

Hay otro elemento del discurso opositor que probablemente haya entrado en crisis terminal: la Argentina aislada del mundo. Desde la óptica de cierta dirigencia, las estrechas relaciones con los vecinos del Cono Sur no alcanzaban para demostrar que, lejos del aislamiento, la Argentina viene atravesando una reformulación muy profunda de su histórico ombliguismo, al ser parte del proyecto de integración regional más exitoso de la historia continental.

Pues bien, de ahora en más, la Argentina pasó a tener un foco de luz permanente, emitido desde lo que para algunos sigue siendo el centro del mundo. Ese foco de atención es soñado por la oposición como una especie de organismo de control internacional de buenos modales hacia nuestro país, cuando es más probable que ayude a potenciar un rol internacional que ya venía en ascenso (la Argentina pasó de ser el país del default a integrar el G20, logró una adhesión inédita a su reclamo de soberanía en Malvinas, diversificó sus relaciones comerciales con nuevos socios en Asia y África, etc).

Estas breves y preliminares anotaciones no sustentan la idea –exageradísima– de que el Gobierno busque apropiarse de Francisco o convertirlo en un “papa peronista”. Sencillamente porque no necesita meterse en semejante brete. La suerte del proyecto político que desde hace diez años conduce a la Argentina se seguirá jugando en la capacidad de gestionar la economía en beneficio de las mayorías y tejer las alianzas sociales y políticas necesarias para que eso siga ocurriendo. Es la oposición quien, con notable desesperación, aparece intentando convertir al papa en un agente de sus intereses locales. En ese sentido, el relato que Francisco viene construyendo promete sumir al discurso opositor en un lugar aún más confuso y contradictorio del que ya tenía. La culpa no es el de él, claro, sino de dirigentes que siguen esperando un salvavidas externo que les ahorre el trabajo de pensar por sí mismos.

Fuente: Télam

Opiniones (2)
16 de diciembre de 2017 | 20:38
3
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16 de diciembre de 2017 | 20:38
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  1. ESTA INFORMACION, ES ORIGINADA POR LA AGENCIA OFICIAL DEL GOBIERNO. PUEDE SER CONFIABLE EN ALGO. PARA MI NO. ES EMBARRAR LA CANCHA CONTRA EL PAPA FRANCISCO.-
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  2. Muy creíble todo lo de Telam. Están mejor los barquitos que contrataron para que cruzaran por atrás de la virreina en Puerto Madryn. También parece un poco atrasado, porque "Ella" ahora se prendió con esa Iglesia de derecha y con derechos violados.
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