opinión

La esposa del funcionario

Una trama de persecución que no sería real ni en un país bananero, mirá.

Si hay algo que caracteriza al Toti es su mala onda. Mala onda con todo lo que se le ponga por delante. Y es que tiene algo así como un complejo que le impide ver al mundo si no es de otra forma que confabulando contra él. A varios les pasa esto, y de hecho conozco a muchos que actúan igual que el Toti. Y la verdad es que somos muy amigos con el Toti, pero me revienta encontrarme con él cuando está en sus peores días, esos en los que se siente más perseguido, porque te puede deprimir a los cinco minutos, por eso, cuando el fin de semana pasado me lo encontré a la salida de El veneno del teatro, la obra que vino a presentar Miguel Ángel Sola, rogué a todos los santos en los que no creo que el Toti no estuviera en uno de esos días.

Apenas pisamos la vereda, la Tota, esposa del Toti (sí, Toti y Tota, y ante esto queda poco para acotar) nos hizo una seña. Nos habían visto en la sala, pero estábamos en la otra punta, así que decidieron esperarnos a la salida para ver si nos íbamos los cuatro a cenar juntos.

Después de los saludos y de la aceptación de la propuesta del Toti y la Tota, se me ocurrió preguntar qué les había parecido la obra. La Tota dijo que fantástica, que Solá era un grosso y que la volvería a ver. El Toti apuntó al mismo lugar, pero dijo que le acababan de cagar su próximo estreno (el Toti es dramaturgo y director de teatro), que era una obra que iba por lados similares que esta que acabábamos de ver y que ahora iba a tener que esperar al menos un año para ponerla en escena y…

La Flaca y la Tota, conocedoras de la personalidad del Toti, se hicieron las dalobus y empezaron a caminar hacia la Alameda conversando, así que me tocó a mí bancarme la historia de cómo le habían cagado el próximo estreno.

Resulta que el Toti venía maquinando desde hacía tiempo una obra de teatro en la que el poder político y económico condicionara el arte y la literatura. Tema nada nuevo, claro, pero el Toti le había buscado una nueva vuelta de tuerca y a mi juicio, por lo que me contó, la obra iba por el buen camino.

Había pensado en situaciones en las que quienes tenían el poder decidían qué era arte y qué no y qué era literatura y qué no, siempre pensando en su beneficio personal y favoreciendo a amigos, pero el Toti, que es un buen dramaturgo, había movido el eje y había centrado la historia en la esposa de uno de estos tipos poderosos.

Por lo que me explicó (estaba avanzado en la escritura, pero le quedaban cosas por definir, por eso era todo hipotético lo que me contaba), la obra contaba la historia de un tipo que venía de los sectores más conservadores, probablemente de joven afiliado a algún partido pro militar y hasta golpista, que le encontraba la veta a hacerse democrático, al menos de palabra, y así conseguía un puesto de importancia en alguna secretaría de cultura, quizás hasta en un ministerio.

La cosa es que el vago este, el que asumía este cargo haciéndose el democrático, empezaba a limpiarse de al lado a la gente que no le caía bien, y para eso se manejaba con la guita, y cuando no podía con la guita, recurría a triquiñuelas nefastas.

Pero la más importante de todas estas triquiñuelas involucraba a su esposa, a la que usaba, con consentimiento de ella o no, para imponer sus estrategias en lugares que se le podían llegar a escapar de las manos.

Así que desplazaba a su esposa de acá para allá en remplazo de los encargados de esas áreas o lugares que le interesaba ocupar y reformular de acuerdo a sus deseos. Por ejemplo, me dijo el Toti, iba y la ponía al frente de una biblioteca, para sacarse de encima a un tipo que le caía mal, y después, cuando ya había cumplido su objetivo, mandaba a la esposa a un área dentro de la secretaría o del ministerio en el que le interesaba implantar su plan de reorganización cultural.

Como es habitual en el Toti, y todos los que hayan visto algunas de sus obras lo pueden confirmar, el tipo es enroscado para construir la trama, y en la misma obra puede haber tres y hasta cuatro historias que se cruzan. Y esta obra no sería la excepción, ya que estaba pensando en hacer un nuevo arreglo y que la esposa del funcionario fuera una especie de sombra de un tipo que a él no le caía bien. Según lo que pude entender, lo que el Toti quería, lo último que se le había ocurrido, era que la esposa del funcionario fuera ocupando los cargos de los que iba desplazando siempre al mismo tipo, que era como una forma de presionarlo para que se fuera.

Por suerte, cuando había comenzado a marearme todo lo que me contaba el Toti, llegamos al bar de la Alameda que la Tota y la Flaca habían elegido, en la puerta del cual nos esperaban, así que el monólogo del Toti fue interrumpido por su esposa, que le dijo que antes de entrar llamara a su casa para saber cómo estaban los chicos, porque una vez dentro no iba a poder escuchar nada por la música.

Mientras el Toti se comunicaba con su casa, nosotros tres entramos al bar y elegimos una mesa, las chicas contentas porque el lugar estaba decorado con imágenes de cine, yo chocho de no tener que seguir aguantando el Toti con el lamento sobre su nueva obra, y menos con esa manía que tiene de pretender hacer teatro realista y al final inventa estas historias que ni en un país bananero podrían ser realidad.

Opiniones (3)
15 de diciembre de 2017 | 21:39
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15 de diciembre de 2017 | 21:39
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  1. me gustò...bravo... relato fantàstico hasta para un paìs bananero? tengo mis dudas...
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  2. PAÍS BANANERO... Aclarar; "cualquier parecido con la realidad, es pura coincidencia".
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  3. Me parece que podemos darle cabida al proyecto. Creo que están dadas las condiciones para que una trama de ese tipo tome forma en algún rincón. No es descabellado. Hasta me parece que esa obra ya la vi.
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