opinión

Medicación para el silencio

El compromiso con una causa cura cualquier mal personal, sólo hay que tomar la decisión.

Medicación para el silencio

1/

No sé si se viajó tanto como para que Astrid tuviera aquella reacción en medio de la ruta. Los viajes causan estrés –se sabe-, sobre todo en la ida; entre tanto preparativo y menudeo para que todo salga lo mejor posible, la gente se sobrecarga. Y las fiestas de fin de año no son un relajarse, más bien uno queda pinchado después del ajetreo de las visitas, las comidas y bebidas y algún que otro desencuentro familiar. Quién cuidaría de la casa y de los animales era todo un tema para Astrid, quien jamás quiso salir de vacaciones ni siquiera de fin de semana, a lo sumo al supermercado un par de horas o a pasear a nuestro tincho por la plaza; en fin, salidas transitorias. Sin embargo, esta vez, lo pudo resolver, se animó o aceptó luego de tanta insistencia de mi parte. La convencí o la cansé con la idea y cedió.

El auto era nuevo, 2011, y los chequeos, ajustes y cambio de aceite y filtro se hicieron correctamente. Todo se organizó para ir tranquilos. Además, con Astrid en aquellas fiestas no habíamos discutido y, llegados los preparativos, cada uno tenía una responsabilidad para el viaje; cada uno pudo con lo suyo. En fin, el orden reinó y salimos temprano hacia el norte con el mate listo, que siempre ayuda a la charla en la ruta, a mantenerse alerta.

Astrid, no obstante, no quedó conforme y chistaba insatisfecha en el camino, como si algo de lo que dejó no hubiese quedado en su lugar. El botiquín, la ropa, la cámara de fotos, el dinero y las tarjetas, el voucher del hotel, todo en el repaso mental estaba en el auto. Y en la casa más que cuidado todo. A tincho se lo llevó su hermana, quien se comprometió a pasar día por medio por casa para regar las plantas, airear las habitaciones y controlar que no hubiera pasado nada. La alarma, las luces prendidas de la cocina y el living bastaban para brindar una atmósfera de habitabilidad a la casa. Astrid es excesivamente celosa con la seguridad y temía por ella. Pero, reitero, todo habíase coordinado de tal manera para que mi esposa viajara tranquila. Además, llamaría todos los días a Victoria para saber de tincho y esos menesteres. Sin embargo, como dije, Astrid no quedó conforme, pese a que cuento sobre la logística de la seguridad de lo que queda cuando uno sale de paseo. Y como su malestar era transmisible, a mí me costaba concentrarme en la ruta.

-Astrid, ¿qué te pasa?

-¿A mí? Nada, ¿por qué?

-No has parado de chistar desde que salimos, de quejarte, ¿qué pasa amor?

-Nada Fernando, te dije que nada…

-Bueno, pero ponéle onda querida, nos vamos de vacaciones

 

- ¿Qué onda querés que le ponga? Estoy cansada, con las fiestas quedé destruida y sabés muy bien que a mí no me gusta salir de la casa. Vos ocupate de manejar y bancame que me tranquilice, el viaje es largo y me pongo nerviosa. En un rato te cebo unos mates…

-Dale, amor…

Con Astrid nunca tuvimos hijos, hicimos tratamientos de todo tipo, y si bien adoptar era una posibilidad, este no era el momento. Ella no concebía que dijéramos “basta, adoptemos”, y eso, la transición, la tenía mal, angustiada; sumado al viaje, al primer viaje que hacíamos juntos, la cosa no era fácil… pero, reaccionar así, en medio de la ruta de noche, nunca lo entenderé, doctor.

-Y dígame, Fernando, ¿ella está tratada, toma alguna medicación para la angustia o el estrés?

-No que yo sepa, al menos no de manera frecuente ni recetada. Sé que la madre le da de vez en cuando unas pastillas que ella toma… unos tranquilizantes, pero no la he visto tomarlas todos los días. Por eso pensé doctor que el viaje le haría bien, que la renovaría de sus problemas y fobias, del traqueteo de las fiestas, del tedio de fin de año, qué se yo…

-Bien, y dígame Fernando, sexualmente, ¿cómo se llevan?

-Esteee… Digamos Doctor que nosotros hace tiempo que no tenemos relaciones, más de dos años, a partir de mi problema de infidelidad ella no quiso tener más relaciones. Al principio quiso separarse de mí y tuve que refugiarme en la casa de unos tíos por unos meses, luego ella me perdonó y volvimos, pero me dijo que no tendríamos más relaciones. Que me aceptaba como compañero de la vida pero sin sexo. Ese también es un problema para los dos. Yo he intentado convencerla pero no lo he logrado y pensé que en el viaje, en las vacaciones, las primeras le reitero, íbamos a hacerlo, pero ya lo ve, no llegamos ni a destino doctor.

-Mire, Fernando, yo en principio le recomendaría que usted haga terapia con un psicólogo para trabajar ese problema, no es común y nada bueno que una pareja tan joven no tenga sexo, más allá de los otros problemas, ese es un asunto central. La aceptación suya a esas condiciones de reconciliación puede que profundice el problema de la fobia en Astrid. Lo suyo es una forma de pagar culpas, ¿hasta cuándo usted cree que puede seguir en ese régimen?

-No lo sé Doctor, lo he pensado, y mucho. Es cierto que yo aceptando esa forma de convivencia creo que pago por lo que hice, pero no encuentro otra salida.

2/

Combinamos salir cuando cayera la tarde y viajar de noche, sin tanto tránsito y más frescos. De día el movimiento en la ruta era intenso, y entre los controles de tránsito y el calor agobiante, Astrid no soportaría ni tres horas de viaje. Por eso la noche. Nuestro destino era llegar a Mendoza desde Neuquén capital y el plan era ir parando para conocer. No queríamos llegar de un solo tirón. La idea era parar cada tres horas y comer algo, conocer algunos cafés de los pueblos y finalmente llegar a la ciudad de Mendoza, donde las dos primeras noches nos alojaríamos en un hotel para hacer base y de ahí ver. Nos interesaban la ruta del vino y las plazas, pero donde queríamos quedarnos más tiempo era en la montaña, en alguna cabaña metida en medio de la montaña –un matrimonio amigo de Zapala nos comentó de su viaje a Mendoza y nos entusiasmó su experiencia con los pobladores de un lugar en el que, dicen, la gente vive allí por hastío a las ciudades, perdidos en la inmensidad de la montaña, en una economía de autosubsistencia- y disfrutar de la soledad y el silencio. A nuestra pareja le hacía falta silencio más que diálogo, actuar bajo el silencio con las miradas más que con las palabras. Además, era una recomendación del médico de Astrid “no hablar”. Astrid no podía hablar más que lo justo y necesario para comunicarse y yo acompañarla sin preguntas, sin compartirle reflexiones ni problemas del trabajo. Es que después del shock que la tuvo una semana hablando sin parar –esto hace ya dos años y pico- tuve que internarla por recomendación de su médico y aprobación de su familia. Fue un mes en que Astrid no habló a base de “medicación para el silencio” ¡Quién se imaginaría que inventaran una medicación para el silencio! Bueno, la inventaron los cubanos para pacientes de enfermedades raras en países donde la locura por el dinero, la inestabilidad laboral, el estrés y las neurosis de las ciudades generaba en algunas personas un efecto apabullante, por ponerle palabras a todo. Sin parar. Como una descripción permanente de la vida cotidiana para liberar la angustia y luego terminar extasiado en una cama. Algo realmente insoportable para la persona y su entorno. Y la medicación consistía en anular o neutralizar el habla. Hacer desaparecer el habla en los pacientes para que la energía y química corporales se mantuvieran en los términos que el cuerpo y la mente necesitan para complementar la conciencia de la existencia. Un hallazgo más de los cubanos que atienden por este problema a muchos europeos y americanos. De todas maneras, al doctor no le conté nada de esto cuando lo visité después del viaje frustrado. No sé bien todavía por qué no lo hice.

3/

Astrid era una mujer emprendedora desde muy joven. Excelente alumna en la escuela primaria y secundaria y aplicada, dedicada a sus estudios en Bariloche. Además de cumplir con creces sus responsabilidades escolares siempre ayudó a sus padres en el taller de artesanía y en el local de ventas. Cuando cumplió sus dieciocho años se planteó estudiar una carrera universitaria. Tenía claro su objetivo: estudiar antropología en la Universidad Nacional del Comahue, para lo cual tuvo que trasladarse a vivir a una residencia estudiantil de esa universidad y paliarse sus estudios vendiendo artesanías del taller de sus padres los fines de semana. Le iba bien en eso. Y en la facultad también. Sociable, cosechó muy buenas amistades y se abocó a la militancia política a través de una agrupación estudiantil que realizaba tareas de extensión solidarias con la población mapuche. No podía ser para menos. La antropología le brindaba una mirada interpretativa comprometida con la causa de los pueblos originarios. Ya en tercer año de la facultad se transformó en un líder estudiantil. Dirigió la revista Causa mapuche y se vinculó estrechamente con la problemática de la etnia del lugar. A tal punto, que era tratada por los caciques como una interlocutora entre ellos y la universidad. Se impregnó de la problemática de las tierras y de los reclamos históricos. No obstante, siempre tuvo una mirada más compleja y amplia. Sabía que la lucha de los aborígenes debía incluirse en una causa nacional y popular de mayor alcance. Y la universidad le quedaría chica ya –además de causarle, poco a poco, un grado de insatisfacción creciente, dadas las características del sistema-, porque sentía que tenía limitaciones por la burocracia, los intereses que allí se jugaban, la ideología que se cultivaba a partir de una visión ingénita que no le permitía abrirse lo suficiente para contribuir a un rol transformador de la realidad.

Por estos días, Astrid vive con los mapuches y de vez en cuando me deja visitarla. Es otra, se ha curado por el amor y su causa. Las causas, concluí luego de mi última visita, curan, sanan, ejemplifican.

“Adiós, amor”, ahora lo entiendo todo.

Opiniones (4)
13 de diciembre de 2017 | 23:49
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13 de diciembre de 2017 | 23:49
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  1. Padilla estuviste bien, lastima que sos resentido...
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  2. Ves Padilla ? este es tu costado luminoso, cuando te dedicas a escribir cuentos cortos mostras que no estas hecho exclusivamente de bardo, odio clasista y provocacion: Cultiva este lado GIL, para esto tenes condiciones y de yapa te evitas a hacer una cosecha exitosa de puteadas. Me gusto el relato.
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  3. Es lo clásico. Encontrarle sentido a la vida. Cualquiera sea la forma. Por eso aparecieron las religiones y las creencias, sólo para eso. Todo lo demás es metáfora humana. A veces el hombre está preso de su cerebro y otras, cuando se sintetiza, está preso de su instinto.
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  4. Hubiera seguido leyendo... digamos que el final se me vino encima demasiado de golpe... pero bueno es tu estilo... ME DEJÒ PENSANO...
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