opinión

¿Me jode? ¡Fush fush! ¡Cambio ya!

Frente al problema o al fastidio, el cambio es la consigna.

¿Qué rápido se harta la gente de todo hoy, no?

Estoy harto de mi trabajo. Estoy cansada de vivir aquí. Estoy podrido de mi pareja. Necesito un cambio de look. Qué embole comer siempre lo mismo. Me muevo siempre en los mismos ambientes. Necesito otros lugares para salir y divertirme. 

Frente a nuestros padres y abuelos, cultores de las costumbres y el “siempre se hizo así”, los que tenemos “treintaypico” queremos cambiar siempre, tenazmente, infatigablemente, a cada rato.

Es la premisa de los tiempos de hoy, qué duda cabe.

¿Pero está bueno cambiar?

Vivimos sumergidos en un mundo de cambios que se producen diariamente. Todo se hace viejo cada vez más rápido. Hay que renovarse, hay que aggiornarse, necesitamos novedad, queremos permanentes primicias, queremos el último celular, la compu más tecnológica, el ipod más fachero y finito.

Sin posibilidad de esquivar la cosa, nos involucramos directamente en este frenético proceso inquieto que significa cambiar constantemente. Ahora bien, en la vorágine en la que estamos inmersos muchas veces aceptamos los cambios sin mucho análisis o consideraciones de sus ventajas o desventajas. Eso nos priva de la posibilidad de calificarlos como buenos o malos.

El cambio es, al fin de cuentas, una nueva rutina. Que llega para imponerse sobre otra, que a su vez se impuso a otra, y así. Tenemos que cambiar porque hay que sorprender, dar la nota siempre… ¡He aquí la nueva rutina, pues! Hay que tener cuidado de que, por ese miedo a que la rutina se nos haga carne y nos achanche, no nos demos el tiempo necesario para analizar, calificar, sopesar las decisiones. Porque ahí sobreviene lo peor: aceptamos cambios sin madurarlos o aprehenderlos, impuestos por cansancio, por la fuerza o por el poder de otros.

Sin embargo, nuestra vida es un cambio continuo. Cambiamos de edad conforme pasa el tiempo, cambiamos de hábitos alimenticios y de horarios de trabajo, cambiamos muchas veces el estado civil, cambiamos la ropa según nos lo exija el clima o la moda, cambiamos de amores según los caprichos del corazón y hasta trocamos nuestras ideas e ideales a lo largo de la vida. De ninguna manera es malo cambiar: quien no cambia se traba, se paraliza en el
“No-Cambio” y vive rezagado.

Yo confieso que, entre Heráclito y Parménides, me siento mucho más discípulo del primero. Nunca fui amigo de los estancamientos, y los grandes cambios que me he animado a hacer en mi vida siempre me han traído felicidad. 

Pero ¡ojo! Quien está pensando en animarse a un cambio -ya sea personal o general- debe sí o sí hacer un análisis exhaustivo. El de las dos columnas viene bien: los pros y los contras de la decisión a tomar, y el efecto que esa novedad causaría en la vida propia y la de los seres queridos. Es fundamental ser valiente: hay que saber que todo salto implica arriesgarse. El refrán popular que reza “el que no arriesga no gana” es cierto, pero también dice la verdad el que pregona que “más vale pájaro en mano que cien volando”.

El mejor juez para dictaminar si un cambio nos favorecerá o perjudicará es nuestra propia conciencia, nuestro interior. Creo firmemente que, si uno se anima a debatir profundamente con el yo interno encontrará allí la respuesta para decidir que cambio es bueno y que cambio es malo.

Cuando los escenarios que nos rodean y las circunstancias de la vida nos hacen sentir que nos acorralan en una esquina, la solución debe ser inmediata: una decisión personal de borrón y cuenta nueva, un cambio radical –en la medida en que se pueda- allí no viene mal. Y no tienen que entrar a jugar el miedo ni la falta de ánimo, sino que hay que enfocarse en la idea de ver una mejor situación en un futuro cercano. La decadencia personal y el fracaso empiezan por la falta de arrojo, de agallas, y el poco empeño en las ganas de luchar.

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21 de noviembre de 2017 | 18:54
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