opinión

El papa opositor

El voluntarismo de vastos sectores políticos y mediáticos que siguen sin hacer política. Y un futuro que ni un papa argentino podrá evitar.

El papa opositor

Por Julio Villalonga (@villalongaj)

El papa Francisco, nacido Jorge Mario Bergoglio en Buenos Aires, hace 76 años, está llamado a ocupar un lugar importante en la historia de la Iglesia católica. El nivel de expectativas que ha creado en las primeras horas de su pontificado indica, simultáneamente, la enorme necesidad de los creyentes de volver a seguir a un Pastor. El último se encerró mucho en sí mismo y el anterior se dedicó a recorrer el mundo con poco resultado para la Iglesia, aunque con un enorme impacto para Occidente por la caída del Muro de Berlín. En las últimas tres décadas, el retroceso en la cantidad de fieles ha ido en aumento al unísono con el destape de los escándalos de corrupción privada y pública de los dignatarios y en proporción similar al avance de las iglesias pentecostales.

Las primeras palabras de Francisco como papa han estado dirigidas a establecer los parámetros de su pontificado. Será un papa que predicará la paz al mundo, y la austeridad y la humildad a la propia Iglesia.

En cuanto a su relación con la Argentina, en pocas horas han comenzado a disiparse los efluvios posteriores al impacto y la sorpresa que supuso su designación al frente del Obispado de Roma. A las primeras reacciones de estupor en el primer piso de la Casa Rosada le siguieron otras destinadas a un rápido reacomodamiento. Como sucede muy habitualmente entre las principales “espadas” del kirchnerismo, los impulsos iniciales son viscerales. Pero el peronismo, más aún el cultural, tiene fuertes raíces cristianas, incluso a pesar de algunos antecedentes históricos. Los propios “Montoneros”, en los ’70, tuvieron una fuerte impronta del nacionalismo católico. Y muchos de los actuales curas villeros se reivindican peronistas.

Quienes especulan –y se ilusionan– con el impacto que el papa Bergoglio podría tener en nuestra adormilada oposición, destacan que se trata del primer pontífice “peronista” (además de “cuervo”). Al decir “peronista”, obviamente, subrayan la distancia que la propia Cristina marcó con ese movimiento, al menos en su descomposición actual. Peronistas son los llamados disidentes, la derecha del partido, incluso el propio Daniel Scioli. Y varios otros “impresentables” como Eduardo Duhalde y Francisco de Narváez, disparan.

Una vuelta de tuerca sobre el evidente cambio de rumbo de la Presidente en relación a Bergoglio. Salvo algunos marginales del kirchnerismo, los principales dirigentes legislativos y varios de los gobernadores que hace apenas una semana hacían culto de fe oficialista en la reunión de Gestar en Entre Ríos, de inmediato salieron a difundir a los cuatro vientos lo felices que se hallaban de tener un papa argentino. Compitieron incluso con radicales y macristas en esta oleada de “papismo”, los últimos imbuidos de una casi certeza: Francisco operará en la política interna y servirá de aglutinador de las diferentes corrientes opositoras. Un candidato ungido por un papa sería irresistible para los votantes argentinos en 2015, imaginan.

Lo primero que hay que decir es que el ex arzobispo de Buenos Aires ascendió a un estrado del que ya no bajará. Puede incluso que viaje a la Argentina luego de las Jornadas de la Juventud que se celebrarán en Brasil, en junio, pero el tono del diálogo entre Francisco y Cristina el pasado lunes no es el mismo de las controversias que mantuvieron, incluso en privado, en los últimos años.

No obstante, la distancia entre el papa y la presidente argentina se mantendrá por dos cuestiones dogmáticas, para el primero: el matrimonio entre homosexuales fue una barrera que el kirchnerismo sobrepasó; no sucedió aún lo mismo con la ley de salud reproductiva porque la propia Cristina no está dispuesta a avalarla. Por convicción, aunque muchos católicos militantes lo rechacen, y porque no se arriesgaría a ser excomulgada. Pero Francisco estará atento y será un formidable respaldo a sus ex colegas de la Conferencia Episcopal Argentina.

La operación destinada a manchar la designación de Bergoglio como papa –no a evitarla, una enormidad y un deliro mediático– mucho tiene que ver con la adhesión de su autor, Horacio Verbitsky, a sí mismo. Más que como un tributo a su mentor, el fundador del CELS Emilio Fermín Mignone, el columnista de Página/12 ha utilizado su investigación en la disputa de Cristina con Bergoglio de hace un lustro. Jugando al poder, Verbitsky ha llegado lejos y nunca tuvo como objetivo la creación de un club de fans. Sus relaciones son funcionales a su objetivo de influir, que es permanente. Y vaya que lo ha logrado.

Si Cristina decide ahora “amigarse” con la Iglesia en la persona del papa argentino, ya no es cuestión de Verbitsky, de quien se habló en estos días más que nunca antes, tanto en la Argentina como en el resto del mundo.

Los casos de los sacerdotes jesuitas Franz Jalics y Orlando Yorio, secuestrados por fuerzas ilegales de la dictadura cívico-militar en 1976 en una villa miseria del Conurbano, expone las posturas de distintos dignatarios de la Iglesia católica. Mayoritariamente los había conservadores, un sector moderado y unos pocos verdaderamente combativos, entre los cuales estaba el obispo Enrique Angelelli, por ejemplo. Los curas villeros, entonces, eran numerosos, mucho más que ahora. Y el compromiso con la Teología de la Liberación llevó a muchos al cadalso, como ocurrió con miles de otros jóvenes comprometidos. Toda la sociedad estaba corrida hacia la izquierda. O hacia el compromiso social, para ser más precisos. La postura de Bergoglio en aquella época, provincial de su orden en Buenos Aires con 38 años, es bastante más compleja que la que propone Verbitsky, que para descalificarlo necesitaba presentarlo blanco sobre negro. La ambigüedad que caracterizó al ahora papa Francisco a lo largo de su vida, en particular en los primeros peldaños de su ascenso a la cúpula de la Iglesia, no lo emparenta con un santo, pero no lo convierte en un colaboracionista. En el juego de los matices, que Verbitsky en este caso rechaza, Bergoglio no era un Plaza o un Bonamín. Tampoco un Hesayne, sin duda.

No obstante, su opción histórica por los más débiles lo convierte en el mejor papa posible de esta atribulada Iglesia. Cuando el agua vuelva a su cauce, se verá si está a la altura de las circunstancias o si el aparato vaticano y los sectores más reaccionarios, que están alertas ante su advenimiento, logran entornarlo hasta el punto de esterilizar su discurso y reducirlo a una serie de gestos “marketineros”.

En la Argentina, entretanto, el voluntarismo de muchos dirigentes y de los medios enrolados en el antikirchnerismo más furioso, seguirá mostrando su incapacidad para hacer política. No habrá papa que pueda evitar lo inevitable si en este sector de la Viña del Señor los que deben ponerse los pantalones largos siguen mirando para el costado. No hay espacio para los milagros.

*Director de gacetamercantil.com

Opiniones (1)
19 de enero de 2018 | 05:19
2
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19 de enero de 2018 | 05:19
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  1. Bergoglio era del Pro y hacía reuniones con Dromi. El Papa es peronista. Porque el 1ero juego hacia adentro, de forma diferente a como lo hará afuera. Los hermanos sean unidos. Cristo Vence, Si Peron Vuelve.
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