opinión

Unas notas teológicas a raíz de algunos enojos o algunos desconciertos

Es un buen momento para hacer comentarios contra algunas críticas destempladas.

Unas notas teológicas a raíz de algunos enojos o algunos desconciertos

A raíz de la elección de Jorge Mario Bergoglio como Papa y mis comentarios
o los de amigos he recibido notas de los más diversas y variadas. Entre
ellas, algunas críticas destempladas, y algunas notas de un espiritualismo
pseudo-teológico que me resultan preocupantes. Y me parece, entonces, un
buen momento para hacer algunos comentarios teológicos sobre esto.

1.- Empiezo con una nota sobre el Espíritu Santo. Como ya he señalado en más
de una ocasión, es de mucha pobreza teológica pensar que “el espíritu santo
guía la elección del Papa”, o que este “fue elegido por el Espíritu Santo”.
No es eso lo que decimos al señalar al “Espíritu Santo como alma de la
Iglesia”, para repetir la feliz expresión de Pablo VI. Como dijo el gran
teólogo Joseph Ratzinger “en la historia de la Iglesia hay muchos papas que
el Espíritu no hubiera elegido”. Hubo Papas asesinos, guerreros, corruptos,
nepotistas, por ejemplo (y nada nos autoriza a pensar que eso fue cosa del
pasado y no puede ocurrir más). Basta con mirar una buena “Historia de la
Iglesia” para saberlo. Más aún, con un poco de ironía diría que si la cosa
fuera así de “simplista” y fácil, que el Espíritu Santo empuja a los
cardenales para que elijan el Papa correcto, entonces ¿por qué hay más de
una tanda en la elección y no sale electo en la primera vuelta? ¿Inspira a
todos los cardenales electores o sólo a los que votarán por la mayoría? ¿Por
qué no hay unanimidad en la elección? Pero fuera de esto, señalemos lo
importante: que el acompañamiento del Espíritu en la Iglesia no dice eso que
algunos dicen. Es de muy pobre teología entenderlo de ese modo. Por eso la
Iglesia pide perdón por sus pecados en la historia (Juan Pablo II insistió
en eso claramente a fines del s.XX). Decir que el Espíritu Santo inspira no
implica que necesariamente sea escuchado. De eso se trata el pecado: de la
posibilidad de no escuchar y seguir los caminos que Dios nos propone en la
historia. Y la posibilidad de no escucharlo aplica a curas, laicos, obispos
y… cardenales electores. Que se entienda bien, no estoy diciendo que los
cardenales no escucharon al Espíritu Santo y por eso eligieron a Francisco
Iº; estoy diciendo que es falso teológicamente decir que el Espíritu Santo
digita el nombramiento de este, el anterior o el que vendrá. El modo de
obrar de Dios es inspirar, sugerir, iluminar, y el modo de obrar humano
incluye la posibilidad de dejarse o no conducir o guiar.

¿Y qué decimos cuando decimos que el Espíritu acompaña a su Iglesia? Para
entender, podríamos mirar un poco… El pueblo de Dios de la primera alianza,
Israel, tuvo momentos de fidelidad y momentos de infidelidad al proyecto de
Dios. En esos momentos, hubo salmistas, profetas, jueces, entre otros, que
cantaban lo bueno y cuestionaban lo malo. Cuando el pueblo veía que se
hundía en la opresión y la injusticia, que se veía casi al borde de
desaparecer, muchos profetas muy críticos le recordaban que “un resto” (la
imagen es la de los sobrevivientes de la batalla) permanecerá. La idea de
que Dios acompaña al pueblo no le impedía saber que el propio pecado lo
podía llevar al borde de la desaparición; el pueblo no se estaba dejando
conducir por Dios; él acompañaba, pero el pueblo (o sus dirigentes) no se
dejaba acompañar.

En tiempos del Nuevo Testamento, Israel tenía claro que Dios estaba irritado
con su pueblo, y por eso se había “encerrado” en el 7º cielo, y había
retirado su espíritu. Por eso ya no hay profeta. Estamos como solos y
abandonados en la historia. Pero la confianza –aún ante este desasosiego-
les hacía saber que “algún día” Dios romperá su silencio, habrá un profeta,
volverá a derramar su espíritu. Obviamente, para los cristianos este momento
llegó con Jesús.

Si miramos la historia de la Iglesia, podremos ver sin duda, momentos de
gran esplendor, pero también momentos terribles. Sea en su relación con el
mundo (inquisición y cruzadas encabezan todos los rankings) o hacia su
interior (basta recordar los tiempos de Avignon, y la existencia de dos
papas, por ejemplo). Los momentos de máximo abandono del Evangelio en la
Iglesia, de todos modos no significan un abandono de Dios. Y ese es el
punto. Decir que Dios no abandona, que acompaña, no significa que esté en
cada acto. Ni siquiera en los oficiales. Podríamos formularnos una pregunta
obvia: ¿dónde estaba el Dios que acompaña a su Iglesia: en el Papa guerrero
de las cruzadas contra el Islam, o en Francisco de Asís que –en ese mismo
tiempo- visita pobre y desarmado al sultán?

Esto mismo vale para nuestro tiempo, obviamente. La posibilidad de escuchar
o no los caminos de Dios está viva y patente en la Iglesia de ayer y de hoy.
Es común escuchar en algunas voces cristianas ideas como que “Dios quiere
esto”, “Dios hace esto o lo otro”. Y la imagen de ese Dios tan activo y
presente en los acontecimientos cotidianos no se condice con el Dios de
Jesús, no es así como Dios actúa en la historia. El máximo obrar de Dios es
la gracia (y de eso se trata también el Espíritu Santo), y una
característica importante que la gracia tiene es la capacidad y posibilidad
de ser rechazada. Es evidente que hablar de un Dios que actúa siempre en los
diferentes acontecimientos de la historia y de la Iglesia, termina
responsabilizándolo del hambre, las guerras, terremotos y pestes, o de las
cruzadas y la inquisición.

Insisto que cuando decimos que el Espíritu Santo guía a la Iglesia no
estamos pensando en un Dios titiritero que maneja los hilos de la historia,
ni las lapiceras de los cardenales electores. No es eso lo que decimos,
aunque algunos de modo simplista o infantil, así lo entiendan.

Deseo de todo corazón que Francisco I sea el Papa que Dios inspiró a los
cardenales y estos lo hayan escuchado, pero para saber que así sea, además,
hará falta que Francisco escuche día a día “lo que el Espíritu dice a las
Iglesias”. Es su tarea y responsabilidad de cada día, hacerlo o dejar de
hacerlo. Y lo iremos palpando, y podremos evaluarlo a medida que vayamos
viendo los pasos que como Papa vaya dando. Por el momento, sólo nos queda
desear. Muchos, mirando su historia personal pueden pensar razonablemente
que es dudoso que sea el Papa que Dios inspira para este tiempo de la
Iglesia; otros, también razonablemente, pueden pensar lo contrario. No se
trata de dogmas, se trata de convicciones válidas o razonables. Ahora, para
ver la obra del Espíritu Santo en el papado de Francisco I sólo queda el
tiempo que nos permitirá con mayor o menos sensatez descubrir o no sus
huellas en nuestra historia.

2.- Otro tema que me parece importante pensar es el tema de la obediencia.
No es ajeno a lo anterior. Para muchos, con una mala formación teológica, o
quizás con una mentalidad también infantil, o necesidad de autoridad que les
señale el camino para calmar sus ansiedades o miedos paralizantes al error,
suelen entender la obediencia como la obediencia de un cuartel. Ciega y
debida. Nada de eso es la obediencia en la Iglesia. Para empezar señalemos
un criterio obvio: la obediencia cristiana es a Dios. Entender de otro modo
la obediencia es empezar mal el camino. Y me permito un primer ejemplo
ilustrativo. La Iglesia condenó a muerte -¡y ejecutó!- a Juana de Arco, por
no obedecer a la Iglesia. Es muy interesante leer las actas del juicio de
condena de Juana (se conserva la versión taquigráfica, y está publicada). En
tiempos de una preocupante “eclesiolatría” (al decir de F. M. Léthel, gran
experto en Juana) la acusación de base en todo el juicio es no obedecer a la
Iglesia. A lo que Juana responde que ella está dispuesta a obedecer a la
Iglesia, pero “antes debo obedecer a Jesús”. Juana escucha voces que ella
interpreta como que Jesús le encarga una misión, y debe obedecer a Jesús
antes que a la Iglesia. Como se sabe, fue ejecutada por su “desobediencia”.
Finalmente fue canonizada.

Podemos decir, además, que la obediencia siempre en primer lugar debe ser a
la propia conciencia. Nadie puede ser obligado ni se le puede pedir que obre
de modo contrario a su conciencia. Así también lo afirmaba el teólogo Joseph
Ratzinger: "Aún por encima del Papa como expresión de lo vinculante de la
autoridad eclesiástica se halla la propia conciencia, a la que hay que
obedecer la primera, si fuera necesario incluso en contra de lo que diga la
autoridad eclesiástica. En esta determinación del individuo, que encuentra
en la conciencia la instancia suprema y última, libre en último término
frente a las pretensiones de cualquier comunidad externa, incluida la
Iglesia oficial, se halla a la vez el antídoto de cualquier totalitarismo en
ciernes y la verdadera obediencia eclesial se zafa de cualquier tentación
totalitaria, que no podría aceptar, enfrentada con su voluntad de poder, esa
clase de vinculación última."

La obediencia, entonces, no es “obediencia a la autoridad eclesiástica”. Es
obediencia a Dios y a la conciencia. Es más. La autoridad eclesiástica debe
ella misma –y en primer lugar- ser ella también obediente. Y –como queda
dicho- existe la posibilidad de que no lo sea. El superior (vale para el
cura, obispo o el mismo Papa) no es la fuente de la obediencia, es el
Espíritu Santo. Por eso, por ejemplo, cuando muchos pensamos que en muchas
instancias de la Iglesia actual se ha olvidado o negado el Concilio Vaticano
II, tenemos claro que el Concilio en estos casos es la instancia superior.
Superior al mismo Papa, y es a aquel a quien debemos –por ejemplo-
obediencia.

Entender la obediencia como de cuartel, piramidal, totalitaria, es no
entender nada de lo que esta significa teológicamente. La obediencia ciega
(“el que obedece no se equivoca”) o la obediencia enfermante (“prefiero
equivocarme con la autoridad antes que acertar sin ella”) no sólo alimenta
infantilismos y fundamentalismos, sino que además es habitual provocadora de
neurosis y otras enfermedades del estilo. Y veamos esto: el documento
vaticano sobre la Interpretación de la Biblia en la Iglesia (1993) presenta
los diferentes modos de acercamiento e interpretación de la Biblia (por
tanto la fuente primera de la obediencia), los más variados. Los analiza con
mente abierta, los comenta, y si es el caso alerta contra algunos riesgos,
pero nunca condena ninguno. O mejor: ¡sólo condena un modo de lectura! El
fundamentalista. ¿Y por qué? Lo llama “suicidio del pensamiento”, porque se
limita a leer y obedecer, no hay análisis, mirada, exégesis e
interpretación, sólo obediencia ciega. No es eso lo que se entiende por
obediencia en la Iglesia mal que le pese a los que preferirían que le digan
sin duda alguna ni confusión lo que deben hacer, lo que deben evitar para
tener asegurados sus caminos y sus angustias.

La obediencia es –repetimos- a Dios. ¿Y dónde habla Dios? Ya Melchor Cano
habló de los “lugares teológicos”. Allí Dios habla y nos invita a
escucharlo? Es bueno recordar estos 10 lugares (presentados jerárqicamente,
por otra parte) para recordar y relativizar muchos planteos.

3.- Se me ocurre un tercer tema colateral a estos: “creer en la Iglesia”. Se
escucha o lee a mucha gente decir que “no creo en la Iglesia” o que otros
por decir lo que dicen “no creen en la Iglesia”… Y acá hay que ser muy
claros: teológicamente en la Iglesia no se cree. No se debe creer en la
Iglesia. Sólo se cree en Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo. La fe tiene que
ver con la salvación y sólo Dios es capaz de salvar. ¿Pero no decimos en el
credo que creemos en la Iglesia? No, no lo decimos. O para ser más precisos.
En el credo apostólico (“corto”) lo que decimos es “creo la Iglesia”, sin
“en”; y en el credo nicenoconstantinopolitano (“largo”) la versión
castellana dice “creo en la Iglesia”, pero el latín tiene una interesante
diferencia: mientras se dice “Credo in… Pater… in Filio… et in Spiritu
Sancto…” (notar el “in”) al llegar a la Iglesia dice “credo eclesiam”, no
dice “in”. Para decirlo “en fácil”, creemos en Dios, pero además, creemos
con la fe de la Iglesia. “En la Iglesia”, entonces, es en cuanto ámbito de
fe. Creo dentro de la Iglesia, con la fe de la Iglesia. La Iglesia es un
pueblo creyente, y los que somos sus miembros compartimos esa fe. De eso se
trata “creer en la Iglesia” (= dentro). Es bueno tener esto en claro, para
compartir esa fe común, para trabajar para que esa fe sea más transparente,
más ejemplarizada en la vida y testimonio de los santos/as y los mártires,
pero a su vez no confundir el fin de la fe (Dios) con un medio que nos
permite acceder a ella (la Iglesia). Nuevamente la tentación de
eclesiolatría no sólo no hace justicia a la buena teología, sino que además
termina haciendo mucho mal a la misma Iglesia.

En estos momentos en que muchos hemos opinado con libertad cristiana, y amor
a la Iglesia del nombramiento del cardenal Bergoglio como Sucesor de Pedro,
y algunos hasta parecen ofendidos o irritados, me permito señalar las
razones teológicas por las que me siento en libertad evangélica de hablar, y
hasta con el deber de decir algunas cosas. Para que la fe crezca, y hasta
para invitar a más de uno/a desencantado/a con lo que los curas, obispos,
cardenales o papas somos y hacemos, sepan discernir con libertad que no es
razonable responsabilizar a Dios por las cosas que hacemos los humanos, y
que los caminos de Dios –que estamos invitados a transitar- son siempre más
grandes que cualquiera de nosotros.

Opiniones (1)
14 de diciembre de 2017 | 23:40
2
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14 de diciembre de 2017 | 23:40
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  1. Ah bueno, por fin un cura que dice las cosas claras. Qué bueno que lo lean los comehostias que hacen culto al servilismo y obsecuencia.
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Leopardo al acecho
7 de Diciembre de 2017
Leopardo al acecho