opinión

El Cielo

Las tortugas son, como es natural, grandes admiradoras de la velocidad, los Cronopios lo saben y cuando ven una, sacan su caja de tizas de colores y le pintan una golondrina en su caparazón, por esto; Cortázar. Pero yo necesito tema. Durante años he tratado de prescindir de tema de escritura y no he escrito nada. Le parecerá ridículo al señor lector, pero este ejemplo debería haber sido más imitado.

Ahora he abandonado definitivamente mis deseos de escribir sin tema, de escribir sin contenido para decirlo con propiedad, con la sola intensión de la belleza, no tengo suficiente capacidad para eso, le está reservado al antedicho Cortázar y no sé a cuantos escritores más.

Merodea en mi cabeza la idea de escribir un cuento con argumento razonable, para, desde allí, colgar el estilo, la forma, que es lo importante cuando de arte se trata. Porque, convengamos, cuando lo importante es el argumento no se trata de arte, se trata del tema: química, física, historia, amoblamientos del hogar, astrología, el holocausto, etcétera (nota relevante sobre la diferencia entre arte y ensayo es el célebre curso: “Importancia del agua en la navegación” que compusiera el profesor Alain Temperie, el cual, evidentemente, es un ensayo a pesar de estar compuesto en sonetos y terminar en versos libres coincidentes con la etapa de profunda desdicha  amorosa del profesor).

Y el tema sería: se muere un tipo que ha sido existencialista toda la vida, un existencialismo al borde del materialismo, muere relativamente joven, después de una corta y fulminante enfermedad y al final de su agonía entra en un túnel de colores (a lo Clarke), olores, y recuerdos quebrados como si estuviesen sumergidos en el agua hasta la mitad y cae en, lo que después sabrá, es una sala de espera, de colores digamos claros, varias sillas iguales, claras también, ocupadas algunas por otras personas, Enrique, que a la sazón, es el nombre del occiso, no sabe donde está, no se siente muy bien y está turbado (recuerde que acaba de morir), se queda sentado por largo rato, horas, en una de esas sillas claras, y agregaré, de diseño extremadamente simple, funcionales, tapizado de bratina en el asiento y pequeño respaldar de Nerolite, todo sobre bastidor de caños cromados. El lugar, rigurosamente limpio. Se destaca un mostrador alto y largo en nogal muy bien lustrado, sobre el que no hay papeles, ni carpetas, ni computadora alguna.

En eso pasan dos ángeles, conversando, distendidos. Y Enrique, quien ha ido recuperándose un poco, exclama ¡la puta madre, estoy en el Cielo! Los ángeles se detienen, como Águeda, a quien siempre llevan detenida como a un ángel, y uno de ellos lo amonesta en tono firme: m’hijito la boquita ¡eh!, esto no es una cancha de fútbol, y el otro, con dulzura le dice, no hijo, estás en el purgatorio y le señala un cartel, letras negras sobre plástico blanco: Purgatory, please keep behind the line.

Enrique se encuentra imposibilitado de hablar debido a la sorpresa (flabbergasted), él era de esos que los amigos le decían, nos juntamos a las 8 en el bar que está a dos cuadras de la iglesia y era como si no le estuviesen diciendo nada, no hubiese sabido si tenía que ir en taxi o micro de larga distancia, no sabía donde quedaba ninguna iglesia y mucho menos sus nombres, Nuestra Señora de los Dolores, La Parroquia del Corazón de María, El Sagrado Corazón, Nuestra Señora de Loreto, la catedral de Godoy Cruz, esa no es una iglesia es la catedral, eh. Las iglesias eran para él como para nosotros los japoneses.

Contestó a los ángeles balbuceando algo incomprensible con un probable gracias final y estos siguieron su camino como si no hubiese pasado nada.

Cuando estuvo un poco más lúcido comenzó a sentirse mal, no era para menos, había estado equivocado toda su vida, y ahora en vez de estar mirando crecer los rabanitos desde abajo estaba en el purgatorio esperando su destino, inmediamente comprendió, o pensó, que era una equivocación feliz, pues cualquier cosa sería mejor que la inexistencia, especialmente si uno lograba arrepentirse de aquello que fuese necesario, total ¿quién te quita lo bailado?

Nuestro amigo empezó a revolver en su memoria su educación religiosa para saber de qué era conveniente arrepentirse, lo primero que se preguntó fue en el purgatorio descripto por cual religión estaba, él no estaba atado a ninguna y ahora que se había dado cuenta de su equivocación pensaba remedarlo eligiendo la correcta.

En medio de esas cavilaciones llegó otro ángel ¿Enrique Olazábal? Sí ¿Metalúrgico? Sí ¿Soltero, 32 años? Sí, sí. Acompáñeme por favor, acá lo van a entrevistar y abrió la puerta de una oficina donde había un joven de pelo corto, bien afeitado y traje oscuro.

Quiero hacer notar, antes de seguir y a la vez siguiendo, que es mucho más fácil escribir con tema, sólo tenía que probar, mis anteriores cuentos sin tema ya hubiesen terminado hace media carilla.

¿Nombre? Enrique Olazábal ¿Profesión? Metalúrgico, señor ¿Edad? etc. Mire, disculpe que lo moleste pero quisiera hacerle un par de preguntas ¿cuánto tiempo cree usted que? Perdóneme que lo interrumpa, yo soy un empleado se lo aclaro por las dudas, no conozco detalles de esto, además, de acá pasa al gabinete psicológico donde se le explica algo más a la gente, yo solo hago verificación de datos principales. Luego llamó a un ángel y le dijo, por favor acompañe al señor Enrique al gabinete psicológico.

Enrique no soportaba la curiosidad, ni el miedo ni la excitación y ya extrañaba.

¿Dónde están, dónde están

los camiones de basura, mi vieja y el café?

Y decidió interrogar al ángel ¿A quién mejor? Mire disculpe, usted entenderá seguramente ¿cuánto tiempo cree que se tarda en resolver el tema de alojamiento, definitivo por decirlo de alguna manera? ¿Usted cree que yo, este? Pero el ángel contestaba a todas sus preguntas con movimientos negativos de la cabeza, gestos de sus manos, palmas hacia adelante y una mirada triste, hasta que abrió la puerta del gabinete psicológico.

Era una oficina más confortable, con algún cuadro, alguna maceta, alfombra, paredes claras, un par de lamparitas. Detrás de un escritorio había una persona gorda, calva y con orejas en forma de asa de azucarera lo que le daba un aspecto dulce como dulce era el olor a tabaco en la habitación.

¿Sabe cómo le decimos a ese ángel? dijo el hombre, o quien Enrique supuso hombre.

No, no lo sé. Carlitos Gardel, dijo, y estalló en carcajadas, es mudo pobrecito, lo ponemos a propósito porque todos deciden hacerle a él las preguntas que le voy a responder yo, mire, le explico si me permite, siéntese por favor, Dios no lo va a atender, ¿cuantas personas cree usted que mueren por día, ah? Él atiende a personalidades, celebridades y casos especiales, el procedimiento corriente es que lo atienda un equipo de especialistas contratados, pero muy responsables, quédese tranquilo ¿Quiere un café? Sí, por favor es lo primero que me ofrecen desde que llegué, me llamo Olazábal, Olazábal, Enrique. Mucho gusto, Freud, Sigmund, no, es otra broma, relájese Enrique, yo soy Jorge Llanos ¿ve? Atrás había un diploma de la UBA que decía Jorge Llanos, era un diploma de medicina. Ah siempre lo mismo, estos ángeles se toman siempre el café, se comen las galletitas, pero uno los termina queriendo porque son como el corazón de la oficina.

Verá, dijo Llanos, yo fallecí hace diez años en un accidente de tránsito y desde entonces estoy aquí, por lo que ya tengo alguna experiencia, la gente sufre mucha angustia cuando llega, pero las cosas son mucho más parecidas a la Tierra de lo se espera, debe ser alguna malinterpretación de la religión, o algo así, lo que les hace suponer otra cosa, bueno, en  fin, hay algunas diferencias, por ejemplo, hay más gente grande y menos niños que allá, pero es muy parecido usted ya lo va a ir notando ¿No esperaría que las almas anduviesen por ahí sin cuerpo como los fantasmas, haciendo buh, buh, ah? Doctor, yo no esperaba nada porque no fui creyente, estoy más que sorprendido, se lo aseguro. Olazábal ¿no fue creyente? No, doctor, la verdad es que no ¿Y estaba contento, Olazábal? No. Ay Olazábal, Olazábal, ¿no vio que los demás creían? Bueno, sí, doctor ¿Y usted para que jodía? Y, no doctor, es que los razonamientos no me daban existencia, nada más, no es que yo me lo propusiera ¿Pero vio que estaba meando fuera´el tarro? Y, ahora veo doctor, pero antes no lo veía, como le digo yo trataba de razonar y no me daba. Y dígame Olazábal ¿y qué carajo de razonamientos eran esos? Bueno mire básicamente que no hay ningún indicio de existencia, no hay razón, entonces, para creer que existe doctor. Bueno, mi querido amigo, el tiempo verbal correcto es “había”, “no había razón” ¿verdad? Claro, doctor. Pero supongo, usted, Olazábal, aceptaba que no se podía demostrar que no existía ¿no? Mire doctor, discúlpeme que me ponga estricto, pero es que usted me sigue preguntando. Póngase todo lo estricto que quiera mi amigo. Bueno entonces vamos, los objetos ideales no adquieren el status de reales porque no se pueda demostrar que no existen, si no, habría que pensar que existen las sirenas, los centauros, el Minotauro, los cíclopes, los nomos, Martín Karadajián, Isis, Tisis, Picis, etc, y sin embargo trate de demostrar que no existen. No va a hacer falta, Olazábal, porque existen. Ay, la puta, doctor, soy un gil. No, no, Enrique, no. Todos nos equivocamos. Yo también creí haber sido un tonto la semana que estuve en terapia intensiva, cuando me despertaba y me acordaba que no me gustaba usar cinturón de seguridad me daba una cosa acá, ay mamita, pero ya ve, me vine para acá y estamos trabajando de lo más bien, claro que mejor está usted Enrique, está hecho un pibe, míreme a mí, tuve el accidente a los cincuenta y siete, no me queda un pelo y mire la panza que tengo, en cambio usted, bueno, es mucho mejor morir joven para aprovechar más la eternidad, pero eso allá uno no lo piensa, que va´cer,  nos damos cuenta acá cuando ya es tarde para suicidarnos.

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