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Piedra libre a Scioli que está... ¿Dónde está?

Cristina no quiere a Scioli (Sí, no es novedad). ¿Lo quiere a Uribarri? (Ah, puede ser). El chavismo sin Chávez, ¿es como el kirchnerismo sin Kirchner?

Piedra libre a Scioli que está... ¿Dónde está?

Algunas líneas de por donde discurrirá la política doméstica en los próximos meses parecen bien claras, pero el tablero completo sigue sin aparecer. Esta semana resultó evidente el nuevo enfrentamiento entre la Casa Rosada y el gobernador bonaerense, Daniel Scioli, siempre con el pretexto de lo mismo, los recurrentes “cuellos de botella” financieros de la Administración provincial que el Ejecutivo nacional atribuye a la “mala praxis” del “sciolismo” y los dirigentes de ese sector, a la vocación del Gobierno de Cristina Kirchner de “poner de espaldas” al mandatario del mayor Estado provincial de la Argentina, donde vota el 43 por ciento del padrón electoral del país.

“Yo no voy a romper, que me echen”, contesta Scioli a quienes se le acercan para que se defina de una vez. Las urgencias de los otros no son las del ex motonauta, que ha llegado hasta aquí con estas maneras y no considera ni útil ni necesario que deba cambiarlas.

Esta misma semana la ofensiva “antisciolista” tiene un autor intelectual definido. Se trata de Carlos Zannini,  secretario general de la Presidencia y subvértice del poder concentrado de Cristina, sin cuyo aval este funcionario opera muy poco. Con la ayuda del jefe de Gabinete Juan Manuel Abal Medina, Zannini impulsa el trabajo de “limado” del gobernador bonaerense. Dos son las alternativas de cara al futuro: que este operativo termine por minar las reservas políticas de Scioli y se convierta en un candidato-títere del kirchnerismo; o que termine renunciando por su incapacidad para gobernar el difícil distrito de Buenos Aires, lo que lo sacaría de juego en la disputa por la sucesión de Cristina en 2015.

La maniobra de Zanini se encarnó en estos días en el gobernador de Entre Ríos, Sergio Uribarri, el único que hasta el momento ha sido explícitamente exhibido como potencial candidato del kirchnerismo. Consultado sobre si es el “elegido” por Cristina, Uribarri echó mano a un recurso digno de un torero: “Yo no me puedo hacer cargo de lo que se escribe en los diarios”, respondió. De inmediato, para diferenciarse del propio Scioli, aclaró que “no es tiempo de postulaciones”. Y para no dejar dudas sobre su alineamiento, deslizó que “sería buenísimo” que Cristina fuera presidente cuatro años más. “Y si no lo es, va a ser la principal electora” del candidato a sucederla, completó.

El esquema está bien claro: si el resultado de la elección de octubre no da espacio para impulsar una reforma constitucional –lo que, insistimos, sigue pareciendo imposible–, el “Plan B” (o “A”, según se vea) prevé que Cristina consiga las suficientes “vitaminas” (votos) como para imponer el candidato. Sin líder opositor a la vista y la economía bajo control (con alta inflación pero un moderado consumo), imaginan que el postulante “cristinista” no debería tener inconvenientes para imponerse en la presidencial de 2015.

Esto, al menos, es lo que pasa por la cabeza de quienes integran la “mesa chica” del poder K.

“Yo no voy a romper, que me echen”, contesta Scioli a quienes se le acercan para que se defina.

La muerte de Hugo Chávez, aunque prevista por propios y extraños, añade un cierto grado de incertidumbre en el armado político del oficialismo, aunque en la Casa Rosada se descuenta un triunfo de Nicolás Maduro incluso más amplio que el conseguido en octubre pasado por el comandante bolivariano.

Según ha deslizado el Departamento de Estado norteamericano, la desaparición de Chávez podría provocar cierta radicalización de algunos líderes de la región. No está claro aún si se trata de un análisis o de una expresión de deseos, pero dos presidentes aparecen ahora en la mira de Washington: Rafael Correa y Cristina Kirchner. El primero, paradójicamente, es mirado con más atención por Estados Unidos desde el fallecimiento de Chávez, quien funcionaba como un “pararrayos” de los temores estadounidenses, en particular de los sectores más ideologizados de Washington (Otto Reich y sus acólitos, por citar a uno bien radicalizado). Debajo de Chávez era imposible ver otra cosa. La presidente argentina ha subido algunos escalones en la consideración del Gobierno de Barack Obama. Como en tantas cosas, dos interpretaciones coexisten sobre este punto: una advierte que CFK ha interpretado mejor que nadie los cambios de rumbo de la política exterior estadounidense al promover el memorándum de entendimiento con la República Islámica de Irán por la causa AMIA. Según esta línea de análisis, la llegada de John Kerry al departamento de Estado supondría un golpe a la brújula de la política exterior. Kerry sostendría que la manera de “contener” a Irán no es bombardeando sus instalaciones atómicas, estén destinadas o no al desarrollo de armas nucleares, tal como proponen Israel y los “halcones” del Pentágono. Obama planteó hace quince días que es momento de que Teherán negocie su programa atómico, lo que fue interpretado por Tel Aviv como un gesto inadmisible de tolerancia.

El acuerdo con Irán fue principalmente bombardeado por Israel, no tanto por Estados Unidos, lo que fue interpretado en la Casa de Gobierno como una demostración de que el paso dado al menos no cuenta con el rechazo de la Administración Obama.

Ni todo el Gobierno de EEUU es un bloque, sobre lo cual hay decenas de ejemplos, ni la decisión tomada por Cristina fue consultada con Obama, como algunos dejaron entrever. La prescindente postura de EEUU sobre el conflicto de soberanía por Malvinas, que ya es tradicional y fue ratificada luego de la sesgada consulta a los británicos que viven en las Islas, fue saludada por Cristina este martes desde uno de sus habituales actos en la Casa Rosada.

La otra interpretación señala que el acuerdo con Irán es hijo de la radicalización de las relaciones exteriores argentinas, producto a su vez de los cambios que impondría la muerte de Chávez.

No nos parece que sea el caso, pero es cierto que el “cristinismo” se encamina a dar la batalla solo con sus aliados incondicionales, sin el peronismo, para darle vida al modelo más allá del 2015. Esos aliados incluyen a intendentes bonaerenses necesitados de fondos y a gobernadores exhaustos financieramente, un variopinto conglomerado político al que quizás no lo une el amor pero sí el temor a la intemperie.

Que lo diga si no el propio Scioli, que se expuso peligrosamente en una foto en Expoagro junto a Hermes Binner, Marcela Noble (una de las herederas del Grupo Clarín) y José Claudio Escribano, eterno secretario de Redacción de “La Nación” y verdadera “bête noire” del kirchnerismo original, que le planteó un pliego de condiciones a Néstor al asumir en 2003 y le auguró menos de un año de Gobierno si no lo cumplía. Los que se ilusionan con estos gestos mediáticos de Scioli rápido se desesperan cuando lo ven haciendo gala de su seguidismo. Habría que recomendarles que no se alteren, y que no se crean enteramente ni una ni otra actitud.

El problema de Scioli es que tiene perfectamente claro lo que quiere, que es llegar. Como con otros dirigentes argentinos, no se sabe todavía si sabe para qué.     

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