opinión

De simientes y cimientos

Cuando la vida deja de ser relato para buscar su identidad.

De simientes y cimientos

Ángela Urondo Raboy es hija de Francisco Paco Urondo y Alicia Raboy. Francisco, muerto en la esquina de Dorrego y Tucumán, en Dorrego, Guaymallén; Alicia, secuestrada y desaparecida en el mismo operativo.

Ángela vivió desde entonces un periplo que implicó la Casa Cuna y la posterior entrega a su familia, a unos tíos, y en ese trajín perdió su nombre. Su nombre y sus apellidos. Y no pudo recuperarlos legalmente hasta agosto del año pasado.

Toda esta historia es la que relata en el libro ¿Quién te creés que sos? (Capital Intelectual), un texto en el que la búsqueda y construcción de la identidad se ve atravesada por las decisiones de dictadores.

A propósito de la conmemoración del Día Internacional de la Mujer, MDZ Online invitó a Ángela Urondo a realizar su aporte al debate desde la necesidad de la identidad. El resultado es el siguiente texto, en el que la búsqueda de la identidad, el dolor y la poesía se mezclan para hacer la vida misma.

De simientes y cimientos

Hay tantos nombres, que mi partida de nacimiento, nueva y definitiva, tiene ahora varias hojas anexas que explican, pero no llegan a explicar, que abarcan, aunque no del todo.

Tuve nombre de cuna de mamá y amorosos apodos clandestinos de papá.

Los tuve a ellos, presentes, antes de perderlos. Antes de perderme, también. Hubo amor y hubo recuerdos, antes de olvidar, o mejor dicho, antes de que los buenos recuerdos quedaran irremediablemente trenzados con los otros. Hubo momentos felices antes de que me arrasaran el micromundo, mi jardincito primitivo.

El impacto de la pérdida fue (es, sigue siendo) tan fuerte como una bomba, el shock genera una pulsión de búsqueda tan grande, que en un momento se empieza a olvidar qué era lo que se estaba buscando. Perdí algo y ya no sé qué. O quién. O creo recordar algo, pero no puedo creer que sea verdaderamente real lo que añoro.

Tuve tantas dudas como nombres.

Fichada “NN nena” y entre paréntesis “Marisol”, en la Casa Cuna orfanato.
En ese otro lugar horrible al que me llevaron primero, no sé cómo me llamaron, de qué modo me nombraron. No quisiera tener que acordarme nada de ahí. Quisiera salir de ese lugar para siempre, pero tengo que volver para decir que en el D2 sabían perfectamente mi nombre y me llamaron NN. Ahí perdí mi identidad. Los diarios, voceros del comunicado emitido por Menéndez, dijeron “bebé abandonada”, “usada como escudo por delincuentes subversivos”, blanqueando el operativo, culpando a las víctimas, instalando esas dos ideas en el imaginario colectivo y personal.

A partir de entonces ya no me sentí parecida ni me vi reflejada en nadie, ni en el espejo. Empecé a no poder recordar cómo era mi propia cara. La memoria borroneada es un océano. Fue entonces que no encajaron más las piezas. Yo no pude encajar.

La vida (la sobrevida) siguió adelante, desencajadamente, fuera de contexto, sin un marco de contención al dolor enorme de haber sido amputada de mí misma.
Tuve nombres transitorios, paliativos, apellidos incongruentes, establecidos, pendientes. Tuve sopas de letras en los párpados a la hora de dormir. Palabras que no explicaban nada. O que no me significaban nada.

Estuve mucho tiempo mareada, sin sentido. Establecí una especie de vida, estando perdida, y me la creí: tenía una vida, era algo.

El relato que se había construido sobre mi vida empezaba a mis dos años con la adopción. Lo anterior se clausuró en un violento silencio tácito. El secreto latía incómodo, sin encontrar vía de escape. “No se puede” señalar las hilachas del relato, aunque estén a la vista. Hasta la adolescencia no pude. A partir de entonces, rebelde. Rebelde aunque ignorase la causa. Subversión en estado puro y berrinche sin rumbo. Perdidísima. Tenía una vida y necesitaba cambiarla. Con un corte de pelo extraño no sería suficiente, pero no sabía qué ni dónde germinaba la semilla de la rebelión.

La verdad cayó entonces como una segunda bomba, tan inesperada como la primera. Aunque con un sabor de haber estado sin saber, sabiendo. Esta vez el sacudón me reacomodó estructuralmente, desde las raíces. Por fin encajaron las simientes y los cimientos. Empecé a encontrar mi lugar. En los ojos de mi hermano. En el pecho mullido de mi tía. En el sonido de la otra campana. Me encontré en las fotos viejas de papá, y ya nunca más me olvidé cómo era mi cara. Nos reconocí en seguida, también en las palabras, en general y en cada una, en sus llanuras, en sus doble sentidos, en sus entrelíneas, en los mensajes cifrados. A mamá me costó más reconocerla, o reconocerme en ella, saberme a través de ella, a pesar de nuestra nariz idéntica. Me costó, me cuesta todavía, saberla.

Descubrirlos a través de otros, tamizar los relatos hasta que una verdad colectiva decanta, es un ejercicio constante que nos acerca. Hilar hechos personales y públicos, saberse parte de la misma trama. Armar el rompecabezas con las piezas que encontramos, sabiendo que siempre quedarán espacios vacíos. Alimentar el vínculo con los propios aunque parte de ellos permanezca forzada a la ausencia. Parecernos, aparecernos, parirnos. Restituirnos, restaurarnos familia.

Decir mi nombre es ahora decir el nuestro. Decir mi nombre es decirnos juntos, para siempre.

Ángela Urondo Raboy

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19 de noviembre de 2017 | 10:06
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