opinión

El chavismo en dura prueba

"Esto no es el 2002", advirtió Maduro. La relación privilegiada entre Caracas y Buenos Aires, los "halcones" estadounidenses y el peligro de la radicalización. Los años por venir.

El chavismo en dura prueba

Por Julio Villalonga (@villalongaj) *

Aunque previsible, un enorme impacto produjo la muerte del presidente venezolano, Hugo Chávez, entre Cristina Kirchner y su círculo íntimo, el grupo de colaboradores que en la última década compartió con ella el acercamiento y la consolidación de la sociedad política y personal entre el líder bolivariano y el matrimonio Kirchner.

Hace justamente un año, en un viaje a Caracas, este columnista compartió un encuentro con Nicolás Maduro, entonces canciller de Venezuela. En aquella conversación quedaron en claro varias cosas, la más importante de ellas que pretender desplazar del poder al chavismo sin que mediaran elecciones podía ser temerario. Maduro lo deslizó y al instante, probablemente viendo el impacto que causaba esa afirmación, se corrigió: “Claro que es imposible, y aunque haya quienes lo piensen, adentro y afuera, saben que esto no es el 2002”.

Aludía el ahora vicepresidente en ejercicio de la presidencia de Venezuela al golpe que desbancó a Chávez por unas horas por una alianza entre dirigentes políticos, empresarios y agentes de la CIA que protagonizaron un temerario intento que no terminó en un baño de sangre mayor porque cientos de miles de chavistas salieron a las calles para recuperar a su líder en una especie de remedo del 17 de octubre de 1945 en Argentina.

Muchas son las similitudes que tiene el chavismo con el primer peronismo, aunque no sea posible –ni razonable– replicar fenómenos políticos y sociales fuera de su contexto.

En los últimos tres años, en parte en coincidencia con el comienzo de la enfermedad de Chávez y también con la muerte de Néstor Kirchner, se aceleraron una serie de acuerdos e iniciativas entre Buenos Aires y Caracas que algunos han querido ver como la confirmación de la “chavización” del Gobierno de Cristina Kirchner. Paradójicamente, no han faltado los analistas venezolanos contrarios al chavismo que han visto allí mismo una “peronización” de Chávez en el mismo período.

Con la desaparición de Kirchner, desapareció un activo impulsor de la acción conjunta de los países de la región en diversos foros. Chávez se consideraba en deuda con el ex presidente argentino y, a su muerte, se acercó todo lo que pudo a Cristina. Quienes consideran que la relación bilateral tiene signos más comerciales que políticos –y que los negocios superan con creces a las coincidencias ideológicas– se pierden una faceta clave de estos vínculos: Kirchner, Chávez, Correa y Evo buscaron “blindar” la región y dar vuelta la página de la historia de América latina como “patio trasero” de Estados Unidos, pero a ellos se sumaron primero Lula y luego Dilma, presidentes brasileños ambos surgidos del Partido Trabalhista (PT) y con una visión coincidente acerca del rol que la región podía jugar en medio de la crisis financiera global. También es cierto que Brasil se ve a sí mismo como un jugador de suficiente peso como para tener iniciativas inconsultas, pero se siente mucho más seguro como líder regional ­–y vendiendo su papel de moderador– gracias a las coincidencias básicas que mantiene con la mayoría de los países latinoamericanos.

El futuro de las relaciones intrazona se ve amenazado más por las derivaciones políticas internas en Venezuela por la muerte de Chávez que por un cambio en el eje estratégico en el área. El presidente venezolano es irremplazable, tanto por sus virtudes como por sus defectos, por lo cual las especulaciones sobre el crecimiento del perfil del mandatario ecuatoriano Rafael Correa o de la propia Cristina, que ya están surgiendo, son solo eso, especulaciones.

Si la desaparición de Chávez puede conducir a una radicalización, tanto de sus herederos políticos en Venezuela como de algunos mandatarios latinoamericanos, es casi imposible afirmarlo hoy. La política es un proceso fluido y todos los protagonistas influyen sobre todos.

Algunos pueden verse tentados a sobreactuar para estar a la altura del líder fallecido, es posible, y habrá que ver si es viable el chavismo sin Chávez.

En cuanto a la relación entre Buenos Aires y Caracas, si Maduro termina siendo electo presidente, algo que se descuenta en Venezuela sea quien sea su contrincante, no sufriría mella. Maduro ha sido y es interlocutor permanente de Julio de Vido, el “canciller” específico para Venezuela que la relación particular con el kirchnerismo obligaba a tener.

El gran interrogante es si el vicepresidente y ex canciller podrá sobreponerse a las inevitables rispideces internas que le esperan, y si estará a la altura de los enormes desafíos domésticos e internacionales que se avecinan. Uno no menor es otra de las relaciones privilegiadas que Chávez construyó sin diques, en este caso con la República Islámica de Irán. Pocos creen en los círculos diplomáticos de Brasilia y Buenos Aires que la pública postura de mayor tolerancia del presidente de EEUU, Barack Obama, hacia Chávez sea la que vaya a triunfar en la puja entre el departamento de Estado y la comunidad de inteligencia corporizada por la CIA, el Consejo de Seguridad Nacional y la Agencia de Inteligencia de Defensa, entre las más conocidas. El Washington  permanente, no el político, no está dispuesto a tolerar que Teherán avance o, para decirlo mejor, que se beneficie con acuerdos en materia nuclear.

El límite es preciso y es por esto que la decisión argentina de acordar con Irán con el alegado propósito de avanzar en la causa AMIA es muy mal vista por los “halcones”, sean demócratas o republicanos.

Los signos de interrogación se proyectan a los próximos tres años. En el caso venezolano, porque serán cruciales para conocer la salud de la revolución bolivariana y el peso real y la consistencia de sus nuevos líderes. En el caso argentino, porque en aquel horizonte deberá haberse despejado ya la continuidad del kirchnerismo por otros medios o el fin del camino de esta experiencia política que ya se ha extendido una década. Un cambio de signo en las dos puntas de esta madeja sería el ideal de la política exterior estadounidense en la región, aunque puede lucir demasiado ambicioso.

En cualquier caso, no es posible imaginar un futuro cercano sin turbulencias, al menos de las provenientes de aquellas usinas a las que Maduro, horas antes del anuncio oficial de la muerte de Chávez, lanzó en una cadena de radio y TV previa. El esotérico anuncio de que “el imperialismo” le habría “inoculado” la enfermedad que finalmente acabaría con la vida de Chávez está en la línea de la radicalización y la inconsistencia. Una enormidad semejante pudo haber sido producto del “shock” ante la verificación de que el padre político de Maduro y mucho más, comenzaba a dejarlo.  

*Director de gacetamercantil.com

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