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Crítica de la fiesta: la noche de los jedis criollos y las Penélopes locas

El acto central de la Fiesta de la Vendimia 2013 resulta una suerte de criatura deforme, bella y monstruosa a la vez.

Crítica de la fiesta: la noche de los jedis criollos y las Penélopes locas

Cuando en 1963 Abelardo Vázquez ensayaba su “Marco Polo en el lago de las reinas”, la primera Fiesta Nacional de la Vendimia que se realizaba en el entonces recién terminado teatro griego del Cerro de la Gloria, es posible que su imaginación de poeta alcanzara a vislumbrar las miles de palabras, canciones y danzas que a lo largo de 50 años convertirían a ese escenario en un lugar emblemático de Mendoza.

“Teatro mágico de piedra y vino”, el espectáculo que vimos esta noche, es un homenaje a esta admirable sala a cielo abierto cobijada por cerros y cubierta por estrellas.

Con el notable guión del dramaturgo Arístides Vargas y la dirección de la experimentada Vilma Rúpolo, el acto central de la Fiesta de la Vendimia 2013 resulta una suerte de criatura deforme, bella y monstruosa a la vez.

El argumento se basa en la evocación, el recuerdo y por ende, la memoria y sus diversas derivaciones, temas y motivos propios de la estética de Arístides Vargas. Un narrador protagonista, encarnado sobriamente por Guillermo Troncoso, vuelve a su niñez con el afán de recuperar lo perdido: los sonidos y olores de Mendoza, sus canciones y su gente.  

Sirviéndose de la técnica literaria del flash back y en versos de rimas elaboradas y siempre asonantes, a veces bajo la forma lírica del romance, propio de la tradición oral, de la décima y del verso libre, la historia se va desgranando en la voz de este narrador sin un solo ripio ni un tropiezo literario.

Así, el escenario del Frank Romero Day se ofrece como el lienzo en el que el narrador proyecta sus recuerdos y sobre el que, según avanza el espectáculo, se proyectará a sí mismo.

Después de un efecto dramático de luces y sonido, al ritmo de la impecable ejecución de la orquesta en vivo, comienza el espectáculo con un enorme despliegue de bailarines que interpretan temas emblemáticos de nuestro folclore con ocupación completa de todos los escenarios, incluidos los de los cerros y la pista que rodea la laguna central. A ellos les siguen los pájaros del campo mendocino con sus colores traducidos en el llamativo vestuario de los bailarines clásicos.

Mientras las luces completan la paleta de colores y pintan el escenario, en una escena calcada de decenas de fiestas anteriores, los bailarines encarnan viñas y deslucidos regantes e interpretan una cueca. Luego, las uvas y el vino se mezclan en el “lagar” de la fuente y danzan en el agua, mientras llega el otoño y los danzantes se mueven torpemente como hojas al viento en una escena de una ejemplar mediocridad, al ritmo de Otoño en Mendoza y con el mapping proyectando hojas secas.

Los jedis criollos y las vírgenes suicidas

El narrador, que ha ido puntuando las escenas con imágenes ingenuas y bellas,  propias del recuerdo de un niño, vuelve a recordar el pasado. Si en el guión de la Vendimia del Bicentenario, también dirigida por Rúpolo con el nombre de “Cantos de vino y libertad”, Arístides Vargas había recurrido a la personificación de caballos para crear una fábula, en esta ocasión trae a escena a tres perros, compañeros de la infancia del protagonista quienes le sirven para atestiguar sus memorias que se van desplegando en el lienzo del escenario.

Aquí el narrador vuelve a ser niño y regresa con su madre al paisaje de su infancia, no ya como un recuerdo, sino como un niño, con sus perros –por cierto, animados por titiriteros envueltos en peluche-, sus juegos, sus rayuelas, en los que se mezclan la alegría de la melesca y de la cosecha al son de una polca en una escena desordenada y que sólo apuesta a la simpatía del efecto “perro”.

Más confusa aún resulta la escena de la cosecha entre ruedas y un malambo ejecutado por auténticos “jedis criollos” que batallan con la helada con una torpeza que el maestro Yoda no hubiera tolerado.

La presencia obligatoria de la Virgen de la Carrodilla suele ser uno de los problemas centrales del director. En esta ocasión, la advocación es presentada por Vargas como un pedido de protección frente al capricho de los elementos, y Rúpolo la resuelve caóticamente con la dudosa presencia de huarpes bailando en el agua, con un enorme desfile de mujeres cubiertas con túnicas y mantos de impecable blanco que recuerdan a novicias con el halo conventual de la Edad Media o de las más modernas “vírgenes suicidas” en el escenario principal, con un pequeño desfile de antorchas en los cerros, la iluminación a pleno del viñedo del teatro griego y de una gran imagen blanca instalada en sus inmediaciones, que bien podría ser la abuela alta de Gasper, un penitente de la Semana Santa en Sevilla o la propia Virgen de la Carrodilla.

Todo ello moviéndose lentamente al ritmo de la canción homónima y con una proyección del mismísimo Universo, con la Vía Láctea bien reconocible, que luego se convierte en hielo y después del paso de las vírgenes, en agua.

Los obligados camiones y las Penélopes locas

En diálogo directo del niño con su madre se retoma, oficios de la Virgen mediante, el bullicio de las fiestas familiares y entran al escenario los infaltables camiones, correteados por los perros, y protagonizan un extenso y latoso cuadro en el que se suceden en maratón cuecas, chacareras, tonadas y gatos del repertorio cuyano en un baile masivo, con una coreografía básica, en una de las más repetitivas, aburridas y ramplonas escenas que se hayan visto en el Frank Romero Day.

La unión de las uvas blancas y tintas del guión se traducen en el espectáculo en un gran casamiento: al ritmo de un tango con arreglo sinfónico, novias y novios -ellas de riguroso blanco, como las otras vírgenes, ellos de negro- simbolizan la factura del vino.

En una escena farragosa, mientras bailan los “novios” rodeados de las mujeres casadas, los hombres y demás parientes, entran al escenario tres enormes “cosas” empujadas por bien visibles ayudantes que bien podrían ser muñecos de la torta de casamiento, uvas gigantes o parte de la utilería del año pasado.

Mientras tanto, decenas de novias, como Penélopes locas, bailan solas en el escenario y la pista circular, mientras irrumpen otras parejas solistas vestidas con colores oscuros para bailar otro tango. La escena es tan zafia que conduce a la perplejidad y podría ser surrealista si no fuera porque simplemente es kitsch, es decir, de una ostentación pretenciosa, barroca y de mal gusto.

Homenajes y algo más

El ritmo y la paleta cambian cuando llegan los acróbatas y los bailarines que en rojo y blanco repasan la música de los 50 y los 60 al ritmo del twist y del rock, en un repertorio que va de Palito Ortega y Violeta Rivas a Leonardo Favio y Sandro.

El narrador evoca entonces a los abuelos, palabras que dan pie a la llegada de los inmigrantes. Sobre dos sillas enormes, los actores mantienen un diálogo con un toque de humor y son el centro de una escena en la que los bailarines interpretan la llegada a Mendoza con una coreografía olvidable al ritmo de Los caminos de la vida.

El protagonista vuelve a ser niño y de la mano de su madre llega al escenario y en diálogo directo se refiere al teatro griego como uno de sus paisajes más queridos mientras cientos de bailarines en celeste y blanco se mueven al ritmo de la Zamba azul que empieza a evocar a Argentina.

La identidad de Mendoza se presenta de lleno a través del pulso acelerado del "ska cuyano” de los Karamelo Santo en una escena multitudinaria, con un vestuario brillante y una vertiginosa dinámica visual en la que se mezclan corridas, trencitos, acróbatas, aros, cintas y coreografías básicas.

En un doble homenaje al cine, el narrador recuerda la magia del celuloide y reflexiona cómo a través de él, los argentinos podemos reconocernos. Aquí, toda la fuerza visual está concentrada en las imágenes de películas argentinas de todos los tiempos que proyecta el mapping. Con fuerza poética, los parlamentos del narrador repasan momentos y nombres fundamentales de nuestra historia, los cuales también se refuerzan con las proyecciones de fragmentos de películas que han tenido a nuestros próceres como protagonistas.

De las películas al teatro y de la Patria a Mendoza, el narrador niño se refiere directamente al Frank Romero Day y lo nombra como “Teatro mágico de piedra y vino”. El escenario deja ver su piedra original en tanto el mapping ilustra fugazmente el momento con imágenes de viejas Fiestas de la Vendimia y los bailarines de amarillo y blanco, entre los cuales destacan participantes de antiguos actos centrales, se lanzan, sin pena ni gloria, a una multitudinaria Póngale por las hileras.

Al interrogarse por nuestra identidad el narrador suma a América Latina y mientras que representantes de distintas naciones circulan por la pista iluminada en torno de la laguna central con sus trajes típicos, el escenario se llena de banderas y de bailarines que trajinan distintos temas musicales representativos. Para el final, una multitud le da vida al consabido malambo gigante que se une sin costuras a los acordes del Himno Nacional y al Canto a Mendoza.

Luces, sombras y sobras

¿Cómo es posible hacer una mala fiesta con un buen guión? ¿Es posible desoír tanto las metáforas y afincarse en la literalidad?

El reconocido dramaturgo Arístides Vargas -sin apartarse de los temas obligatorios del mal llamado “género vendimia” con sus claúsulas hipócritas y asfixiantes-, logró escribir un guión rico, un texto que sería placentero leer. Pero la propuesta escénica de la directora Vilma Rúpolo es aburrida, repetitiva y previsible.

Llama la atención que contando con un guión imaginativo, lo que Rúpolo logra poner en evidencia, una vez más, es su falta de imaginación. Este es el cuarto acto central que dirige y parece no haber aprendido nada.

O sí, reforzar lo que ya sabe: ocupar masivamente con bailarines todos los escenarios (en esta ocasión contó con 1.000 personas); salpicar con tres minutos de dramatismo y tres de humor la hora de espectáculo; atiborrar con danzas multitudinarias sin detenerse en la complejidad u originalidad de las coreografías, por lo que éstas resultan discretas pero básicas.

También ofrece momentos de completa confusión, escenas caóticas y repite una y otra vez los estereotipos, pero puliéndolos en su exageración. Es decir, no toma riesgos, elige la seguridad de la literalidad y el tibio y conocido rinconcito de lo correcto.

Como viene sucediendo desde que la música del acto central se interpreta en vivo, los 50 profesionales que ritmaron la fiesta tienen un desempeño impecable. Tanto los músicos, como los cantantes se lucen bajo la dirección de Mario Galván gracias al diseño de sonido de José Segovia.

Su ubicación, que permite que el público los vea en el bien pensado escenario que creó Luis Gattás, contribuye al lucimiento y a la emoción que despiertan las obras que interpretan. Otro acierto en lo escenográfico es la presencia -tal vez, muy breve-, de la piedra original del teatro griego y el diseño envolvente reforzado por el aro de luz de la pista que rodea a la laguna.

La contribución de la tecnología mapping, usada por primera vez en esta fiesta, es interesante pero no sorprendente. Otro tanto sucede con las pantallas led del piso del escenario. De la misma manera, el diseño de vestuario y la utilería mayor y menor son apenas adecuados.

A diferencia de la fiesta de 1963 de Abelardo Vázquez, recordada y citada una y otra vez por quienes la disfrutaron y por los historiadores de Vendimia, “Teatro mágico de piedra y vino”, el espectáculo que celebra los 50 años del Frank Romero Day será recordada por la misma efeméride y por un ingrediente “no vendimial”, la inclusión del mappig.

El evidente desequilibrio entre la propuesta literaria y la escénica será motivo de recuerdo para algunos y de olvido para la mayoría.

Patricia Rodón

Opiniones (14)
19 de noviembre de 2017 | 12:08
15
ERROR
19 de noviembre de 2017 | 12:08
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  1. que pasó con la cancion polemica "himno a Mendoza" que se iba a estrenar en vendimia?..no se sipu mas del tema?
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  2. Te puede gustar o no, hay quienes las hicieron y mejor y peor tambien, lo bueno seria que se hicieran tres fiestas como estas en el año y los artistas agradecido, no te digo los hoteleros yu comerciantes y el gobierno estaria de fiesta todo el año y a la gente no le calentaria la inflacion, el dolorar y toda esa mierda
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  3. veo que mi comentario fue sensurado. Lastima que no figura el e mail de esta señora...¡ De todas maneras a este pasquin ya no lo lee ni los hijos del dueño.
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  4. NO TOLERO LAS CRITICAS MALA LECHE NO SOY UNA EXPERTA,PERO COMO MENDOCINO ME SENTI ORGULLOSO DE LA FISTA CENTRAL, SEGURO QUE ES PERFECTIBLE PERO COMPARANDO CON OTROS BODRIOS QUE PASARON ESTO FUE EXCELENTE¡¡
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  5. Creo que las críticas nos ayudan a crecer y mejorar. Me gusto la fiesta, solo que lo siento mas de los mismo y ésta en particular poco original. No me gustó que proyectaran imágenes de políticos de otras épocas, considero que ésto debería estar prohibido. Vendimia es una fiesta de los mendocinos, un homenaje a los trabajadores, por favor nada de propagandas políticas!!!! La música un vivo excelente!!!
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  6. Comienzo aclarando que mi opinión es como una simple espectadora, no puedo emitir una crítica con rigor técnico. El libreto me pareció bueno,lo entendí, lo cual es importante porque no siempre se comprende lo que sucede en el escenario y nos limitamos a disfrutar de las luces y colores, pero pienso si no sería bueno un guión con visión de futuro , algo actualizado. Siempre se recurre a la nostalgia. En lugar del recurso de los inmigrantes, representar las misiones comerciales, que son muchas, las nuevas tecnologías en la elaboración del vino, algo que no nos tire pa'tras con los recuerdos. Hoy desde las organizacines se trabaja mucho con desarrollo personal, coaching, estaría bueno un guión que vaya por ahí. Nuestra señora de la Carrodilla siempre va a estar porque es la Patrona de los Viñedos y merece que su Presencia no se note desprolija. En síntesis, me gustó, menos las voces solistas que cantaron (necesitamos voces buenas que movilicen como Guillermo Murúa el año pasado) aunque los cantores no se mostraron lo cual para mí fue un error. Digo me gustó pero estoy muy melancólica, una no es nada joven y la pucha que se ve lejana la infancia.
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  7. Lamento mucho que no hayan publicado mi comentario antrerior. Pareciera ser que hay que estar de acuerdo con ella, pues no lo estoy, No puede hacerlo desde el resentimiento que lo haga. No estoy de acuerdo con ella ni aunque me lo explique un Fontana. Cariños desde la facultad más progre (FFyL)
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  8. patéticos los perros y los pajaritos, la música de "asalto", las novias y las ¿bolas? gigantes, el himno entonado "a lo cámpora". Hermosa la música en vivo.
    7
  9. Añoro las fiestas de antaño, con màs color, màs amarillo, màs naranja, màs verde (en los últimos años predomina el celeste)? con canciones màs conocidas? y con bailes tradicionales, sambas, escondido y por supuesto pericón? y la utilización de los cerros. Este acto: interminable la presentación de las reinas, tienen que recorrer un trecho demasiado largo, deberían estar ubicadas de entrada màs cerca? el discurso de la reina saliente muy bueno pero un poco largo? la serenata a la reina y a la virreina, buena pero lleva demasiado tiempo. Yo pensé que cuando se refirieron a los inicios iban a mencionar y a mostrar a los pueblos originarios? no fue asì, el baile de los pàjaros no me convenció? la bailarina sosteniendo un pájaro tampoco, los bailes de los àrboles, de la helada, del otoño tampoco? lo de la Virgen de la Carrodilla, un horror? Las novias? No lo entendí, ya le estaba prestando poca atención? el barco que navegaba por el Rìo Mendoza? Esa imagen de un barco moderno? Y de repente el twist, el baile del ladrillo? Rita Pavone me encanta pero no pegaba? El popurri de canciones conocidas vaya y pase? La música de Nazareno Cruz y el Lobo siempre fue hermosa? Pero creo que fue a este punto que dejè de ver por aburrimiento. Yo que soy de Mendoza? y un turista que supongamos que no entienda el idioma, con què puede haber disfrutado? Con la cantidad de bailarines y los juegos de luces? No estoy criticando la calidad de los artistas sino lo que le mandaron hacer... Ah. Supongo que la idea de los perros habrá sido pensando en los niños presentes?
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  10. Es lamentable lo malintencionado y rencoroso del comentario de Rodón. La fiesta llegó al corazón de los mendocinos, así lo demuestran los aplausos y víctores de cada cuadro y del final. Lo "sencillo y directo" es el valor fundamental de esta fiestal. Hubieron escenas que me hizo recordar mi infancia cuando mis padres me llevaban a la cosecha.
    5
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