opinión

Aquí, la zona con más miedo en el mundo

Un informe con uniforme: qué nos une con Latinoamérica. El miedo como identidad regional.

Tengan un índice de 68,4 homicidios cada 100 mil habitantes como en el caso de Honduras, o 3 tal como lo indican las cifras de la Argentina, hay una identidad latinoamericana dolorosa: el miedo.

El uso de una nueva palabra, “inseguridad”, se ha colado en los discursos sociales, políticos, mediáticos y académicos. Su uso constante a la hora de calificar el estado de situación de pueblos o ciudades ofrece la sensación de que siempre estuvo allí. Sin embargo, es un término nacido para el uso que se le está otorgando recién a finales del siglo pasado.

Latinoamérica acredita, en cada uno de sus países, situaciones diferentes de “inseguridad”, si por ella entendemos a la realidad delictual o violenta. Asimismo, las estrategias que los estados diseñan son disímiles, movidas por demandas de distintos grado y, ciertamente, con intereses diversos.

Algunos presuntos éxitos temporales son imitados por otros y si hay una práctica común a prácticamente todos los gobiernos es algo que podríamos llamar como “tráfico de experiencias”. En la búsqueda desesperada por exhibir logros se apela a ello en más ocasiones que a la puesta en marcha de acciones propias basadas en diagnósticos locales.

Pero del asunto hablamos con personas vinculadas a las fuerzas policiales. Tres fueron los planteos en común formulados y las respuestas –aun en personas que abordan el delito en un mismo país- resultaron distintas.

¿Qué situaciones delictivas les son comunes a los países latinoamericanos?

“Desde mi perspectiva –sostuvo Alejandro Salomón (foto) rector del Instituto Universitario de la Policía Federal en Buenos Aires- es la violencia la esfera común en toda América Latina, lo que se sintetiza en delitos contra las personas”. “Uno podría pensar en diferentes situaciones delictuales como la droga, el delito patético, los arreglos de cuentas –añadió- pero todos tienen en común el alto grado de violencia de quienes los cometen”.

En tanto, Lucía Dammert, reconocida experta chilena en materia de políticas de seguridad, consideró que lo más común son los robos y asaltos callejeros, en los países de México y Centroamérica las lesiones, mientras que los homicidios son harto más comunes que en el resto. En el Cono Sur de América, lo que abundan son los robos de automóviles y en viviendas”. Además, indicó que “el microtráfico funciona en todos lados con diferentes vinculaciones con la violencia y sus problemas”.

Para Rubens Rebuffo, policía en la patagónica Neuquén y miembro de la Red Latinoamericana de Policías, “en los países latinoamericanos, por los altos índices de pobreza y de exclusión social, sin duda los delitos más comunes son los que nuestro Código Penal Argentino agrupa como delitos contra la propiedad”.

Aquí aparece la cuestión de la desigualdad a la hora de analizar la realidad. Rebuffo ha participado en encuentros con policías de por lo menos 10 países e intercambiado experiencias.

En su análisis, sostuvo que “si bien estadísticamente podemos decir que este tipo delictual es quien se lleva la mayoría de las ´situaciones delictuales´, hay otros comportamientos delictivos que tienen una menor ocurrencia, pero que socialmente son mucho más graves”. En este punto mencionó a los delitos que el Código Penal argentino denomina ´delitos contra las personas´, como el homicidio o las lesiones”.

El factor narco y la trata

Sin embargo, en su opinión, “uno de los delitos que más gravemente afecta a la población latinoamericana es el narcotráfico, ya que tiene incidencia en todos los delitos que mencioné anteriormente: hay delitos contra la propiedad emparentados con el narcotráfico, homicidios emparentados con el narcotráfico, y así podríamos en algún punto relacionar casi todos los delitos con el tráfico y venta de estupefacientes. Y la situación se agrava más aun cuando vemos las cifras millonarias que maneja esta modalidad delictiva, cantidades de dinero suficientes para comprar desde armamento muy sofisticado, hasta voluntades de policías, jueces o políticos corruptos, subiendo más aun el estado de indefensión de la sociedad”.

Rebuffo (foto) identificó a “otro delito que está aumentando preocupantemente estos últimos años es la trata de personas, ya sea con fines de explotación sexual o laboral, delito también que tiene conexiones con el narcotráfico”.

Volviendo a la identificación común de la situación de miedo e inseguridad, desde Perú opinó el Coronel Daniel Llaury Linares. El interlocutor es miembro de la Policía Nacional de ese país, educador y especialista en ´justicia restaurativa´. Desde su punto de vista como policía, los factores que inciden son los siguientes:

El pandillaje Juvenil: En todos los países latinoamericanos en la última década se han incrementado las pandillas juveniles. Acá en el Perú, existen pandillas barriales, pandillas deportivas (barrabravas), pandillas escolares de acuerdo al rol que le esté tocando actuar al adolescente y mayormente son niños y adolescentes.



Delitos contra la vida, el cuerpo y la salud (homicidio calificado): El famoso sicariato que tiene su más alto índice en el control de territorios, homicidios entre miembros de construcción civil por peleas por los cupos a los empresarios ligados a la construcción, homicidios por ajuste de cuentas en drogas, entre miembros de bandas criminales”.

Delitos contra la libertad personal (violación de menores de edad),
y que en un alto porcentaje es cometido por familiares de la víctima

Tráfico ilícito de Drogas (específicamente la micro comercialización de drogas ) en los barrios y el incremento de nuevas drogas y la modalidades de venta (delivery).

Delito contra el patrimonio (robo agravado), con arma de fuego a diferentes establecimientos comerciales y entidades bancarias. En el Perú hay modalidades que vienen siendo empleadas por extranjeros (delincuentes extranjeros que han venido de México, Colombia, Argentina).

 

Cómo se aborda la situación delictiva

No hay coincidencias en el primer diagnóstico. Tampoco puede identificarse una forma en común de avanzar en soluciones a la problemática que está en la cúspide de los reclamos de la sociedad.

Salomón explicó, en este punto, que “el tema de la violencia se lo aborda equivocadamente desde la inflación penal, ya que subsiste en la visión de gran parte de los decisores (quienes en la mayoría de ellos tienen una formación de base legalista) la influencia de Beccaria, por la cual la pena es intimidatoria a quienes quieren cometer un delito”.

“El tema de la violencia –abundó el académico argentino- debería abordarse desde lo cultural. Esto implicaría trabajar desde la escuela, las empresas y el Estado en diferentes formas de resolución de conflictos, lo que debería ir acompañado de fuertes campañas publicitarias. Hoy la violencia está casi naturalizada como conducta. En mayor o menor medida se la acepta y justifica. El trabajo culturar que se debe realizar es desnaturalizarla”.

Llaury Linares (foto), a su turno, consideró que el problema “radica un poco en la que hay marcadas diferencias en las estrategias para combatir los delitos y en la legislación penal”.

Mientras que Rebuffo expresó que “se puede hablar mucho de aciertos y errores en el abordaje de la amplia gama de delitos que encontramos en el escenario latinoamericano, pero uno de los errores más importantes que se cometen es el de asumir que los únicos responsables del problema son los policías”.

“Nosotros –evaluó el uniformado- generalmente llegamos cuando el delito ocurrió, salvo en situaciones donde se puede prevenir con presencia policial o patrullajes, cada vez es más difícil contener el delito con los controles formales (fuerzas de seguridad, sistema judicial y sistema penitenciario)”.

Analizó Rebuffo que “esto ocurre porque cada vez son más débiles e ineficaces los controles informales (familia, escuela, iglesia, club, etc.) y hoy en día los jóvenes no se sienten contenidos por estos controles, y encuentran en una pandilla criminal, por ejemplo, la familia que no tuvieron o que no los supo contener; podemos tomar como claro ejemplo lo que ocurre con las Maras en algunos sectores de Latinoamérica”.

El trabajo policías – ONGs

El policía patagónico ofreció, además, su opinión personal en torno a que “resultaría un acierto trabajar más con organizaciones no gubernamentales, dado que existen muchísimas en Latinoamérica y la mayoría de ellas están especializadas en una problemática definida, o en un espacio territorial determinado, o en un franja etaria especifica, por ejemplo, estas modalidades de trabajo y conocimiento en el terreno, son muy útiles al momento de abordar la problemática, ya que pueden hacer un puente entre la ayuda del Estado, a través de la actuación policial, o en el campo de la salud, por ejemplo, y las poblaciones que necesitan esta ayuda”.

Consideró que “un buen ejemplo de esto puede verse en el trabajo que están llevando adelante Viva Río en Río de Janeiro con la Policía Militar de esa Ciudad, a través de la implantación de las UPPs en las favelas cariocas”.

Aportó seguidamente que “un acierto también son los planes de desarme, éstas iniciativas que son fundamentales al momento de disminuir la circulación de armas en la población, en definitiva estos planes terminan siendo un factor importante en la reducción de conflictos que llevan consigo un alto nivel violencia interpersonal”.

Escasa evaluación de políticas

Desde Chile, Dammert (foto), que ha comparado políticas a lo largo de los últimos años, dijo que “nadie sabe bien porque lo que se hace se evalúa poco. Por ello, hay mucho de intuición. Al parecer los abordajes integrales (prevención y control) y la multiinstitucionalidad (policía, salud, educación, deporte, vivienda) son los mejores métodos, pero son los menos desarrollados”.

La experta chilena sostuvo que “el abordaje depende del tipo delictual. Para los homicidios se han desarrollado patrullajes como el de las favelas en Rio y las políticas de retiro de armas de la calle. Para robos, mucho de autocuidado, policía comunitaria y presencia disuasiva”.

“Diría –evaluó- que podríamos decir que mucho de lo que se hace no funciona porque se hace mal, rápido y sin apoyo político que lo sustente. Pero es cuestión de mirar los casos exitosos y ver como les están saliendo las cosas ahora”.

En qué nos diferenciamos

El rector del Instituto Universitario de la Policía Federal Argentina, Alejandro Salomón, fue escueto, pero concreto a la hora de definir las diferente dimensión que adquiere la violencia en Latinoamérica: “Las diferencias que se presentan entre los países latinoamericanos tienen que ver con la mayor o menor presencia de dos elementos: la desigualdad y la droga. Estos elementos potencian la violencia”.

A su turno, Rebuffo sostuvo que éstas, “en líneas generales no son muchas, ya que las modalidades se repiten en casi todo su territorio, cambiando algunas particularidades dependiendo de la idiosincrasia del pueblo, su geografía, economía, sistema político, etc”. “Lo que varía en algunos países –aportó- son los niveles de violencia con los que las modalidades delictivas se desarrollan, por ejemplo en México el narcotráfico es mucho más violento que en Argentina, si bien en ambos países existe este flagelo, lógicamente la manera en la que se desarrolla en México, causa terror en la población y los daños asociados a esta actividad ilícita son mucho mayores, por ejemplo en cantidad de muertos, por mencionar un factor”. Y sumó su opinión en torno a que “tal vez sea importante rescatar que a pesar de los altos índices delictuales que se registran en Latinoamérica, cada vez son más los países que tienen muy en cuenta la defensa de los derechos humanos, tanto de las víctimas de delitos, como de las que infringen la ley, esta es una corriente que viene observándose ya desde hace unos años”.

Desde Perú, el Coronel Llaury Linares manifestó que “en Latinoamérica hay un abordaje diferente cada país tiene una manera diferente de actuar”. En su país, dijo, “no existe un abordaje que haya dado resultado con relación a la inclusión social de los jóvenes y específicamente en lo que respecta a la prevención secundaria y prevención terciaria, hay una carencia de oportunidades para estos jóvenes”.

Crítico, el policía peruano aceptó, sin embargo, que “lo que si existe un avance para los jóvenes de prevención primaria. Se ha abierto una serie de oportunidades a nivel de una política de Gobierno y específicamente de estudio de superación”. Volviendo a los cuestionamientos, expresó que “la mayoría de los políticos desconoce el tratamiento que se le debe dar a un adolescente infractor y en lugar de buscar alternativas de solución viables pacíficas y no violentas, con un acompañamiento educativo en medio abierto apuestan por el aumento de las penas carcelarias en medio cerrado e inclusive opinan que el adolescente infractor o la infracción que comete el adolescente a partir de los 16 años debe ser considerado como delito, algo totalmente fuera de lugar”.

A la hora de las propuestas, desde su posición, Llaury Linares enumeró: “Yo mantengo tres opciones para controlar el pandillaje escolar; deben actuar la autoridades escolares y la Policí; el pandillaje barrial, la Policía con la Municipalidad y la Gobernación; el pandillaje deportivo, el gobierno, los dirigentes deportivos y la Policía. Sin embargo –acotó- se sigue trabajando aisladamente lo que trae como resultado que no haya una solución, e inclusive hay sicarios adolescentes”.

Un panorama gris

Lucía Dammert también se refirió a las diferencias entre los países de América. Repasó que “en Centroamerica y México hay un problema grave de delito organizado por el tema de la droga principalmente, que tiene consecuencias enormes sobre la vida en el interior de los países: corrupción, ajustes de cuentas, impunidad, etc.”.

 

Luego, “los países andinos, a pesar de ser productores de cocaína, tienen el tráfico más bien administrado y sin peleas, por ende lo que hay es robo, asalto y muchos otros delitos cotidianos, en muchos casos vinculados al microtráfico o a bandas delictuales”.

Reiteró que en “el Cono Sur se producen más delitos contra la propiedad. Brasil sería como México o Centroamérica en su problemática”, dijo Dammert.

“Lo único claro es que en toda la región –concluyó- la gente está asustada, se muere de miedo frente al delito y pide soluciones rápidas. Los políticos no saben cómo responder y no entienden el fenómeno. Así que el panorama es un poco gris”.

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