opinión

La portentosa navidad de Manuel Vera

Un cuento con todo el espíritu navideño, a cargo de la laureada escritora Liliana Bodoc.

La portentosa navidad de Manuel Vera
 Hay un color preciso que separa la noche del amanecer. Igual que hay, en el que duerme, un ritmo y un orden imposibles de fingir. 

 - Estás despierto - afirmó Emilce. 

 Le respondió un bufido. Manuel estaba agobiado antes de que amaneciera.

 - Lo que pasa es que te empecinás en no dormir.

 - Está bien, Emilce. Me empecino.

 Y de algún modo era cierto. Manuel Vera se resistía a dormir por puro temor a despertarse. Sin embargo, aquella madrugada de 24 de diciembre él todavía no era capaz de reconocerlo. Mucho menos, de explicarle a Emilce su terrible percepción acerca del despertar: un breve instante en que el hombre recuerda la realidad, quién es, adónde vive, con quién sí y con quién no, qué idioma habla, a qué cultura pertenece, qué cosas debe hacer y cuáles olvidar. Abrir los ojos, y en una brevísima porción de tiempo todo se recompone, se engarza, se engancha, se enhebra, dato con dato, quién, dónde, cuándo... Y a veces es tan triste, Emilce, todo es tan triste que prefiero no dormir para no despertarme. O dormir como duermo, eso prefiero: con medio sueño, sin entregarme del todo, asustado.

 Cuando llegó el infarto, mucho más anunciado de lo que él admitía, Manuel Vera tuvo que abandonar el trabajo. Caminó por la explanada de la constructora para despedirse de la grúa que había manejado con proverbial destreza, "chau, mi amor", le dijo.

 Eso, más el acto de sostener el horario de los medicamentos en la puerta de la heladera con un imán en forma de tomate, fue el inicio de la ascendencia de su yerno en las decisiones familiares. 

 El yerno de Manuel Vera era un militante del bienestar. Fuerte en la creencia de que determinadas pautas alimentarias, higiénicas y posturales premiaban al individuo con un proceso evolutivo distinto, y superior, al de toda la especie. Para Gustavo Levrino, atlético yerno de Manuel Vera, la juventud y su apariencia eran la piedra de la hombría. Y la vida era una gestión teórico-práctica para mantenerse en forma.
 
 - Cebo unos mates - ofreció Emilce, irguiéndose en la cama aunque apenas empezaba a clarear.

 - Bueno.

 Manuel Vera se quedó esperando.

 Su esposa volvería pocos minutos después, con paso cuidadoso y la bandeja de madera pintada a mano. Pediría espacio para sentarse a un costado de la cama, y enseguida le advertiría sobre los movimientos bruscos, "cuidado, que se me vuelca el agua".

 Emilce iba a tomar un par de mates, con un suspiro entre uno y otro. Tiempo suficiente para que Manuel Vera se pusiera de costado, apoyado en el antebrazo izquierdo, y extendiera la mano derecha hacia el mate rigurosamente amargo.

 Está rico. Diría la pura verdad.

 Pero mientras esperaba que su mujer regresara con la bandeja de madera pintada, debía pensar en algo. Y Manuel Vera pensó en su yerno. El tipo, había que reconocerlo, tenía una voluntad de acero. Además de argumentos.

 - Emilce, ¿quiénes eran vegetarianos?

 - Platón, Madonna...

 Se trataba de una lista de genios y celebridades que su yerno citaba a menudo como ejemplos de personas adscriptas al vegetarianismo, con resultados a la vista.

 - ¿Y Einstein?

 - Sí, Einstein también

 Después el tema se centró en la cena de noche buena.

 - Al final voy a hacer comida bien liviana porque, como dice Gustavo, nosotros no tenemos que ingerir las mismas calorías que los europeos. Además, es lo peor para tu salud.

 “Como dice Gustavo” se había transformado en santo y seña de su propia casa.

 - ¿Y qué comida quiere Gustavo?

 Emilce debía abordar un asunto complejo.

 - Ahora venden una cosa..., es como queso - Pero supo que había empezado mal, y largó todo de un golpe -: Voy a hacer un flor de arrollado de tofu.

 - ¿Un flor de arrollado de qué, Emilce?

 - De tofu. Tiene las mismas proteínas que la carne pero no es de un cadáver.

 Emilce hablaba con voces ajenas.

 Manuel Vera no encontraba su alma.

 Y aún así, la bíblica hora llegó a tiempo.

 Manuel Vera reconoció el auto que estacionaba justo frente a la puerta. Escuchó los bocinazos que anunciaban la llegada: hija, yerno y nieta.

 Enseguida explotó el alboroto de la bienvenida, ¡venga con la abuela! como si se tratara de un bebé, ¡qué rico huele, mamá! aunque después comiera dos bocados, ¿qué cuenta, suegro? pero después no lo escuchaba.

 Una noche de 24 idéntica a cualquier domingo, en la que nada hacia presagiar  la cercanía del vuelco. No había grietas en las paredes que anunciaran el derrumbe del cielo. Ni alineaciones astronómicas que pronosticaran acontecimientos desdichados.

 - ¿Cómo estás, papá?

 - Bien, estoy bien.

 - ¿Te estás cuidando en la comida?

 - Sí, sí - Manuel Vera intentó sincerarse en esa noche milagrosa- Pero lo mío es otra cosa... Extraño la grúa.

 Cecilia se arreglaba el rodete relajado.

 - ¡No es otra cosa, papi! Como dice Gustavo: el verdadero cerebro es el páncreas.

 Manuel Vera buscó refugio en la infancia.

 - Y vos - le dijo a su nieta - , ¿extrañás la grúa grande como un dinosuario que manejaba el abu?

 La nieta de Emilce y de Manuel Vera tenía nueve años y modales televisivos. Se encongió de hombros.

 - No.

 Como era frecuente, durante la cena el yerno de Manuel Vera guió el discurso, derivando la conversación hacia asuntos en los que se sentía competente.

 Gustavo Levrino acostumbraba iniciar o rematar con afirmaciones de difícil o, al menos, compleja comprobación.

 - Porque, querido suegro, una empanada de jamón y queso equivale a 25 minutos de caminata.

 Casi siempre se dirigía a Manuel Vera, el que menor atención le prestaba.   

 -Esto - dijo Gustavo Levrino, separando los costados crocantes de una lasagna de espinaca -  es veneno.

 - ¿Por qué, amor? - intervino su esposa en rol esmerado.

 - Cancerígeno... Se demostró que es un cancerígeno.

 - ¡Haber sabido...! - Emilce buscó el modo de hacer intervenir a su esposo, demasiado silencioso para la mística ocasión-: ¿Viste, Manuel? Haber sabido...

 Gustavo Levrino aceleró.

 - Hay una lista larguísima de cancerígenos. Se las voy a traer así la tienen a mano.

 Manuel Vera empezaba a desmoronarse. El mantel bordado se nubló fugazmente ante sus ojos.

 - Mamá, ¿no habrás hecho tiramisú?

 La esposa de Manuel Vera respondió orgullosamente que había hecho una ensalada de frutas

 - Si - dijo Gustavo Levrino -, pero después de la comida ya no tiene ningún valor.

 Escuchar, en la cena navideña, que la ensalada de fruta no tenía ningún valor fue para el viejo maquinista en desuso como ver apagarse la última estrella de su cielo. Manuel Vera quiso toser, y no pudo.

 - Abuela, ¿viste que saqué el mejor promedio en inglés?

 - ¿En serio, mi princesa? Qué bueno.

 Manuel Vera no quería hacer un papelón.

 - Ya vengo - dijo -, quedé con los vecinos que les iba a mirar la casa.

 Mientras salía tragando lágrimas gruesas oyó la diatriba de su hija, que ahora te tienen de sereno, que lo único que falta es joder a la gente en navidad porque se les antoja salir y que vos que no te hacés respetar, papá, ¡no te hacés respetar!

 Manuel Vera miró la casa de al lado, porque no había mentido sobre el compromiso asumido con un vecino de toda la vida. Pero después siguió caminado. Creyó que el llanto se le iba a caer a borbotones, pero no; se le atragantó en un espacio entre el corazón, el estómago y el alma. Uno que Manuel Vera había olvidado que existía.

 A veces, algunos trasponen una línea negra; acontecimiento que suele ser irreversible.

 Manuel Vera llegó hasta la esquina, cruzó la calle, desierta a esa hora, y respiró hondo en la plaza. Después eligió un banco.

 El hombre flaco que se sentó junto a él, y que salió de quién sabe dónde, no olía a vino ni a sucio.

 Como ya había traspasado la línea, el ex mejor maquinista de la constructora no tuvo miedo ni se incomodó, sino al contrario.

 - ¿En qué piensa? - preguntó el desconocido.

 - Estoy pensando cómo se le explica a la gente que vivir no siempre es lo más importante – respondió Manuel Vera.

 - Muy bien, usted es un blasfemo.

 - Mire que me dijeron cosas, pero eso nunca.

 - Digamé - volvió a interrogar el acompañante de ocasión - ¿Usted va a levantarse del banco para volver a su casa como si nada?

 - ¿Y usted no?

 - Bueno, de algún modo también - admitió el hombre flaco que no olía a vino ni a sucio.

 - Son buenos chicos - Manuel Vera supo que se hacía entender.

 - ¿Ah, sí? ¿Y entonces qué hace usted acá cuando se acerca la hora del brindis?

 - Lo que pasa es que se preocupan por mí.

 - Ya veo que lo estimé demasiado... Usted no es un blasfemo, es un pelotudo.

 - ¡Eso sí me lo dijeron muchas veces!

 - Y siempre fui yo.

 - Amigo - dijo Manuel Vera - ¿alguna vez vio apagarse una estrella?

 - Hace dos mil años.

 El tono del ex maquinista fue sencillo:

 - ¿No me diga que estoy hablando con Jesús?

 - Me equivoqué otra vez, es un tremendo pelotudo.

 Pero Manuel Vera ya no lo escuchaba.

 - Ahora vuelvo a mi casa y digo que estuve con el Hijo de Dios en la plaza. ¡Esa no se la esperan! Van a creer que me subió la presión, van a llamar al servicio de emergencia, y chau noche buena. Pero yo voy a insistir, hoy, mañana y pasado. Por el resto de mi vida voy decir que hablé con Jesús, y ellos no van saber qué hacer... Ahora saben, y eso les facilita todo. Pueden mandar, disponer que lo mío es el colesterol como si no tuviera sentimientos, como si la grúa y yo no hubiéramos sido el uno para el otro. Total, ya no tengo nada que hacer... El abu se volvió loco, Manuel está enfermo, mi suegro está pagando la ingesta de grasas saturadas. El pobre salió a ver la casa del vecino y cuando volvió ya estaba loco. Hablé con Jesús y listo, ¡todo vuelve a tener colores, olor, sentido, sangre! Además, es cierto...

 Manuel Vera acababa de tomar su decisión final, hablando solo en un banco de plaza, la noche del 24, como cualquier viejo chiflado.
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25 de Julio de 2017|17:49
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