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No somos nada, pero podemos ser algo

No somos nada, pero podemos ser algo

Alguna vez escuché (no recuerdo de quién ni en qué circunstancias, pero me quedó grabado lo esencial) que la Cruz del Sur, esa conjunción de estrellas que vemos en el cielo todas las noches, era, para una de las culturas americanas precolombinas, una pata de gallo.

Por no recordar la fuente, no puedo dar más datos sobre esto, y hasta podría ser un mito, pero alcanza con mirar esas cuatro luces en el cielo con la imaginación suficiente como para descubrir que algo de cierto puede haber en eso, ya que eso, lo que vemos, es sólo una interpretación. De hecho, si fuera por los pibes de ahora, esas luces en el cielo podrían representar el logo de una marca o un objeto tecnológico, y también sería válido.

¿A cuento de qué viene esto? A cuento de dos cosas. Primero, de que cada humano da a su entorno una interpretación que se emparenta con su cultura; ni por asomo un precolombino hubiera podido ver en el cielo una cruz cristiana, porque el cristianismo no era de estos pagos.

Segundo, que siempre, siempre, siempre la especie (desde que es especie, desde que se erigió en dos patas para despegarse del suelo y de su condición de bruto) ha mirado hacia el cielo preguntándose qué era, qué ocultaba esa masa infinita de luces que parece enviarnos un permanente mensaje: no estamos solos, no somos los únicos, no somos nada.

Desde siempre, la humanidad ha mirado y ha intentado interpretar el cielo y su entorno. Y estamos a una altura del desarrollo científico y tecnológico que nos permite decir (decirnos) algo como “bueh, está bien, el conocimiento total parece inalcanzable, pero podemos desentrañar algunas tramas de eso que nos rodea y llamamos universo”.

Los truenos, sin ir más lejos, fueron durante mucho tiempo motivo de temor (terror), hasta que cada cultura, a su manera, los interpretó. Entonces se convirtieron en dioses a veces, en miserables pero peligrosas luces en otras ocasiones, y en descargas eléctricas ahora.

Vivimos una época en la que nos han hecho creer que el conocimiento está al alcance de todos. Y probablemente haya algo de cierto en eso, pero sólo algo, porque cuando el conocimiento queda relegado por imaginerías más propias de la Edad Media, o peor, de la Antigüedad, entonces minga de conocimiento al alcance de todos.

Y no se lea en esto una desacreditación a las creencias antiguas y la capacidad de cada cultura de crear su propia explicación para los fenómenos inexplicables. Pero sí léase una crítica a nosotros, a este tiempo, que ha relegado la posibilidad de saber por la de vaciar voluntariamente su cabeza en pos de creencias.

Hoy, como ya tantas veces ha sucedido, se acaba el mundo. Otra vez. Y la noticia corre de medio en medio y de boca en boca, y se le da crédito, como se les da crédito a hadas atrapadas en un vaso, a gnomos enjaulados, a meteoritos que caen del cielo y destruyen casas y a tantas estupideces más.

Hace un tiempo, se propagó mediante una cadena de mails una explicación acerca del origen de los números arábigos, los que usamos nosotros cotidianamente. Aún puede verse esa explicación en http://www.slideshare.net/arribaletur/origen-de-los-numeros, entre otros sitios.

Si quieren ahorrarse la visita a ese sitio, si ya lo vieron antes o si acaban de volver del sitio, de cualquiera de esas maneras sigamos, y sepan que he escuchado a gente que merece mucho de mi respeto repitiendo esta explicación, que es forzada, mentirosa, propia de una cabeza vacía que la echó a andar. La historia de la grafía de nuestros números es mucho más hermosa que la de una construcción forzada surgida de la cantidad de ángulos. Nuestros números, los que escribimos o leemos permanentemente, nacen de manera más bella que esa, y les dejo a ustedes la búsqueda de esta historia, y después me cuentan.

Hay un principio tan elemental que parece mentira que haya habido necesidad de formularlo, pero fue así, hubo que hacerlo. Se conoce como el principio de la navaja de Ockam, y dice más o menos lo siguiente: ante dos explicaciones para un mismo hecho, la más simple de ellas es la que tiene más posibilidades de ser la correcta.

Traducido a la cotidianeidad, sería: Explicación 1: la superficie de la Tierra está compuesta por placas tectónicas que se desplazan y, al acomodarse, liberan grandes cantidades de energía que producen sismos; Explicación 2: hay un cometa que pasa cada varios miles de años cerca de la Tierra, y al alinearse este con el planeta y el Sol, produce una alteración en el campo gravitatorio que genera que las placas terrestres se muevan y produzcan terremotos destructivos.

Es más simple la primera explicación, además de que está demostrado científicamente que es así, amén de que un objeto de dos, veinte o doscientos kilómetros de diámetro en la inmensidad del Universo no es nada, y más allá de que, por ejemplo, la Luna tiene menos masa que la Tierra, pero ella parece zafar de los efectos del maldito cometa, mientras que nosotros no.

¡Andá!

¿Y si alguna vez probamos con cotejar fuentes?

¿Y si en vez de dejarnos llevar por explicaciones casi mágicas buscamos datos que nos ayuden a entender?

El pensamiento mágico es maravilloso. Con el pensamiento mágico crecemos y con el pensamiento mágico deberíamos morir. El pensamiento mágico nos ayuda a ser humanos, además de que muchas veces nos ha ayudado a llegar a conclusiones científicas. Pero no podemos dejarnos convencer de que seres mitológicos caminan en nuestros bosques, de que extraterrestres dejan embarazadas a mujeres humanas, de que el mundo se va a acabar porque alguien hizo un cálculo con elementos ficticios…

En fin. El Universo, con su inconmensurable vastedad, nos enseña todos los días que no somos nada, pero también nos deja en claro que somos nosotros quienes podemos llenar esa nada para convertirnos en algo, aunque más no sea en una partícula insignificante en un rincón de la nada.

Pero, claro, depende de nosotros, no de marcianos, cometas o hadas.

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