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Solano López sabía que Dios habita en los detalles

La periodista Ana Montes de Oca recupera un encuentro personal con el creador de "El Eternauta". "Vaya tranquilo maestro Solano, desde acá lo lloramos como lloramos aún a Héctor, pero seguramente usted ya sabe que la muerte tampoco es lo que parece", reflexiona.

Tenía nueve o diez años cuando cayó en mis manos el libro de El Eternauta. Desde su portada apaisada, tanto me llamaron la atención esos ojos claros que miraban hacia el cielo con el seño fruncido que no pude resistir las ganas de zambullirme en esas páginas aunque era hora de ir a la escuela. No fui.

Me quedé leyendo y mirando durante horas cada una de esas páginas que me transportaban a esa realidad tan angustiante como imposible, pero que se volvía cada vez más posible a medida que las viñetas pasaban.

Muchas escenas sucedían en mi barrio, en la esquina de mi casa, en la plaza de la otra cuadra, así que no era difícil sentir que yo iba con Juan Salvo, el profesor Favalli y Alberto Franco merodeando por las calles de Belgrano escondiéndonos de Los Manos y evadiendo Cascarudos.
Mientras leía y miraba, algo iba pasando en mi cabeza, algo que yo no entendía y que a medida que fui creciendo fui comprendiendo.

Hace un par de años, en una fiesta de periodistas, encontré a Francisco Solano López. Le pedí permiso para tomarle las manos y le conté cómo El Eternauta me había cambiado la manera de ver el mundo porque, más allá de las palabras maravillosas de Héctor Germán Oesterheld, los dibujos del maestro Solano encerraban mensajes increíbles.

Solano sabía que Dios habita en los detalles y por eso hizo un plano de la casa de Juan Salvo, con muebles y todo, para no cometer errores y que cada cosa estuviera en el lugar que le correspondía en cada escena.

Dudo que un actor pueda interpretar la mirada de ese hombre que mira a su familia desde otro tiempo, con el dolor de la incertidumbre que da no saber si podrá, alguna vez, volver a rozar las mejillas de su hija. Solano lo hizo.

Estuve largo rato conversando con el maestro que me pedía que le dijera Francisco. Estaba viejo, pero su miraba rejuveneció cuando yo empecé a agradecerle ese legado, ese mensaje de lucha eterna frente a los que nos quieren convertir en robots en serie y, sobre todo, el mensaje de nunca dejar de buscar la verdad de los hechos.

“El Eternauta me enseñó a ver que no todo es lo que parece y por eso hay que tener los ojos bien abiertos”, le dije mientras apretaba las manos que habían hecho realidad esa docencia. Él, emocionado, alzó una copa de vino y brindó conmigo y con su amigo Héctor por haber logrado el objetivo: “Es lo que siempre quisimos con Héctor –me dijo- gracias por hacérmelo saber porque uno sabe que se puede ir tranquilo”.

Vaya tranquilo maestro Solano, desde acá lo lloramos como lloramos aún a Héctor, pero seguramente usted ya sabe que la muerte tampoco es lo que parece.

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23 de enero de 2018 | 19:38
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