opinión

En tiempos de campaña todos hablan de "inclusión"

Alicia Reparaz, docente universitaria especializada en terapias de inclusión, analiza el discurso electoral y la acción.

En estos tiempos de campaña electoral es frecuente encontrar discursos plagados de referencias a la inclusión, social, educativa.

¿Pero qué es realmente la inclusión? ¿Desde dónde se la debe considerar para que sea realmente efectiva, perdurable en la conciencia colectiva y en la evolución de la sociedad?

Este artículo, pretende sencillamente considerar algunos aspectos del sentido de sociedad inclusiva, empezando desde la formación de los próximos adultos.

Hablar de integración hacia sociedades inclusivas es posible si se comprende que los esfuerzos aislados, no generan resultados que perduren  en el tiempo, por eso es que se debe mantener coherencia se debe pensar y se debe hacer, para tener resultados significativos y perdurables en el tiempo es por ello que se parte de la idea de tanto el desarrollo como la educación, transversalizan a todo el  sector público, en la búsqueda del cumplimiento de metas en comunes, que nos trasladen  y nos configuren hacia  la concreción de una verdadera sociedad inclusiva.

Para ello es indispensable que los distintos organismos del estado, las ONG pusieran por más énfasis en el trabajo mancomunado, en todos aquellos  aspectos en los que se hace necesario fortificar la aceptación de la condición humana, la aceptación del otro, la solidaridad, la comprensión, la ayuda, el derecho a ser diferente, el respeto al otro, etc.

El concepto de constituir sociedades realmente inclusivas, cada vez es más frecuente cuando se estudian las políticas públicas a través  nuevos paradigmas que permitan articular los distintos estamentos del Estado, atendiendo la diversidad cultural, física, social y educativa.

Por ello es que se busca el concilio de los diferentes sectores de la población en un modelo democrático y equitativo, debiendo considerar el aspecto educativo y social en todo proyecto de gestión pública. Es quizás a través de la educación donde se podrá dar sentido a la integración y a cada uno de los componentes del tejido social. Entendiendo que la educación será la base de toda conducta comunitaria, porque la educación no es un valor aislado, está inserto en cada proceso social, manifestándose en todas las acciones sociales y culturales.

Podemos decir que, actualmente, las manifestaciones sociales oscilan en un abanico que va entre el individualismo hasta el consumo global, y que  la comunicación masiva aporta una cantidad de elementos que facilitan la desintegración del tejido social y la perdida paulatina de los valores propios y únicos de la condición humana.

Una sociedad inclusiva requiere necesariamente de la voluntad política y la participación ciudadana, construyendo de esta manera un espacio democrático, donde a través de la participación los distintos integrantes de la sociedad, van comprometiendo su hacer, y su comprensión “con el otro” y no “hacia el otro”.

Muchas veces escuchamos hablar de la importancia de trabajar para el desarrollo sustentable, pero no se dice, que requiere indefectiblemente de un ejercicio multidisciplinario en las estructuras sociales, que requiere de programas integrales que busquen responder a todos los sectores sociales, en todas las circunstancias y contextos en que se encuentren.

Hablar de sociedades inclusivas es estar atentos a la diversidad no solo cultural, educativa, física, sino también económica, implica retos para la democracia, desafíos de transparencia en el ejercicio de la función pública y privada, significa el  uso sensato y eficaz  de los recursos, permitiendo la integración con las ventajas y desventajas, a cada ciudadano, en una comunidad pluralista.

Integrarnos como sociedad quizás sea la tarea más urgente que tenga la sociedad actual: educar y orientar el rumbo de las trasformaciones hacia una sociedad de todos y para todos, dónde la convivencia sea placentera y no de temor y vergüenza o juzgamiento.

Quizás la verdadera respuesta a esta propuesta de sociedad inclusiva pueda y deba plantearse desde la educación, desde la educación abierto no homogenizadora, donde todos los niños deben ser iguales, aprender igual, de la misma manera las mismas cosas.

La educación  encerrada en las aulas debe dar lugar a una educación entendida como proyecto que no acaba en la transformación del sujeto sino que implica necesariamente un compromiso de cambio y transformación de la sociedad. Sabemos que toda acción educativa  es inseparable de una proyección política y social; es una participación en la tarea y el compromiso de construcción de una sociedad desde parámetros de justicia y equidad. 

En las sociedades abiertas, la ciudadanía y la convivencia son ejes fundamentales de la educación, porque son la manera genuina de expresión democrática. Hoy se puede afirmar que la convivencia intercultural permite a los seres humanos hacer valer su humanidad, porque una sociedad civil es deseable, si sus miembros promueven y gestionan valores y propician líneas de cooperación entre las personas.

El derecho a la diferencia reconocido por una sociedad se debe reequilibrar con el imperio de la igualdad si no se quiere llegar a una sociedad fragmentada. La política de integración se ha de fundamentar en una concepción universalista de los derechos humanos y las reglas de juego o procedimientos democráticos, consecuencia de años de lucha contra la intolerancia de todo tipo. Estos derechos son el patrimonio básico sobre el cual construir  la identidad común de una sociedad compleja, y cualquier hecho cultural que choque con el mismo queda deslegitimado.

Educar para construir un ciudadano no solo se agotará en el acceso al conocimiento y la comprensión intelectual del otro, sino que implica necesariamente la aceptación  de la persona comprendida como “diferente”, sin renunciar a la legítima diversidad, es afrontar pedagógicamente  la diversidad y la identidad cultural.

Es decir, educar para una ciudadanía en una sociedad compleja y estructurada, se construye con los aportes de esa pluralidad y de esas estructuras. Para ello es necesario entender que las diferencias entre los seres humanos son solo eso, “diferencias”, aspectos que enriquecen la vida personal y colectiva, pero nada más que contrastes.

 Es necesario que la política educativa promueva un clima que permita crear espacios de diálogo y encuentro entre los alumnos y docentes pertenecientes a diversas culturas, a diversas formas de acceder al conocimiento, a diversas formas culturales, a diversas formas de expresión.

La acción educativa debería ser tan grande, que debería dar lugar a todos en una concepción bien amplia de servicio educativo, sin discriminación y sin pensar que todos los alumnos son o deben ser iguales. Donde hablar de calidad,  signifique equidad (dar a cada uno lo que necesita).

La integración entre todos se hará más fácil si todos se sienten responsables del funcionamiento del sistema educativo y social. Ello supone un cambio en el modelo de enseñanza pero también en el modelo de aprender desde los educadores y los educandos.

Pero, la integración no debería ser tarea absoluta del sistema educativo. Esta debería extenderse también al ámbito familiar ya que el aprendizaje de los valores, también de los cívicos, es de naturaleza distinta al de los conocimientos y saberes, exigiendo permanentemente la presencia de un modelo habitual. Es que el valor se aprende y es incorporado  cuando aparece vinculado a la experiencia cotidiana, al ejemplo de los padres, de los gobernantes, de los referentes sociales: un niño que ve discriminar aprende a discriminar.

Participar en la construcción de una sociedad integradora e  inclusora, demanda una gran responsabilidad, no ya solo en el ámbito escolar sino de un  contexto social y cultural, trabajando por el mismo objetivo.

Interiorizar la relación o responsabilidad para con los otros, significa descubrir que vivir no es asunto privado, sino que tiene repercusiones en toda la sociedad, pues no hemos elegido vivir con los que piensan igual que nosotros o viven como nosotros. Por suerte pertenecemos a una sociedad heterogénea y con múltiples formas de crecer, pensar, aprender, vivir. Ello implica tener que aprender a vivir con otras personas y aprender a vivir con otros genera responsabilidades, o sea “nadie me debería ser ajeno, nadie me puede ser indiferente, y menos él que está junto a mí”.

Opiniones (6)
18 de enero de 2018 | 04:02
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18 de enero de 2018 | 04:02
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  1. es una lastima que la lic. no aplicó los mismos conceptos que hoy trata de enseñar, cuando fue funcionaria en la DIRECCION GENERAL DE ESCUELAS, o ella cambio? o es más fácil hablar?
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  2. En épocas pre electorales, TODOS incluyen a nadie. Con caminar Mendoza, cada ciudadano puede ver con sus propios ojos la cantidad de villas y asentamientos que se multiplican día a día. Sino, te invito a pasear por "La Favorita y sus alrededores" para confirmarlo. Ellos, también son Capital, Sr. Intendente. Ellos merecen ser incluidos en su programa, tanto como remodelar la plaza Independencia para que luego los artesanos y vendedores de chucherías, la destrocen. Cuanto dinero tirado a la basura ....
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  3. Comparto 100% sus dichos, y me parecen totalmente correctos Lic Reparaz,pero que hace una sociedad, cuando el mismo goberante, ya es discriminador, y si no miren lo que hacen los consejales de Lujan de Cuyo,que ya no saben que hacer o que inventar para dsplazar a un discapacitado de Chacras de Coria,la sociedad aprende lo que le enseñan, y si sus gobernantes tiene esas actitudes, que podemos esperar de la sociedad, que se auto eduque?, me parece que no,para reflexionar
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  4. Me parece oportuna la opinión de la docente, hay cosas que no solo pasan por la escuela y son responsabilidad de todos, sobre todo de los padres que deben enseñar a sus hijos a no discriminar, y eso se enseña con el ejemplo
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  5. los radichas son especialistas en poner el egiro a la izquierda y doblar a la derecha
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  6. ¿ Que legitima al otro como un legitimo otro?
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