opinión

Las generalizaciones son siempre inocuas

El sacerdote mendocino Vicente Reale se apropia de un texto de Marcelo Ciaramella sobre los planes de alimentación de la FAO.

Estaba disponiéndome a pasar al papel algunas reflexiones personales sobre lo que dijo el Papa a los participantes de la 37ª Conferencia de la FAO, cuando a mi correo electrónico llegó un muy buen texto -que comparto y hago mío totalmente- sobre el mismo tema.

Así que, amigos lectores, los dejo con la palabra y la inspiración de un amigo y compañero sacerdote de la provincia de Buenos Aires que pertenece, al igual que yo, al grupo de curas en la opción por los pobres.

Abstracciones

Por Marcelo Ciaramella

Hace pocos días el Papa Benedicto XVI al dirigirse al a los participantes de la 37ª Conferencia de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) ha afirmado: "La crisis actual que afecta ahora a todos los aspectos de la realidad económica y social requiere, de hecho, todos los esfuerzos para intentar eliminar la pobreza, primer paso para liberar del hambre a millones de hombres, mujeres y niños que no disponen del pan cotidiano. Una completa reflexión, sin embargo, exige buscar las causas de esta situación sin limitarse a los niveles de producción, a la creciente demanda de alimentos o a la volatilidad de los precios: factores que, aunque importantes, pueden hacer que el drama del hambre se lea en términos exclusivamente técnicos. La pobreza, el subdesarrollo y por tanto el hambre, a menudo son el resultado de comportamientos egoístas que, partiendo del corazón del hombre, se manifiestan en su actuación social, en los intercambios económicos, en las condiciones de mercado, en la carencia del acceso a la comida, y se traducen en la negación del derecho primario de toda persona a nutrirse y, por tanto, a estar libre del hambre. ¿Cómo podemos callar el hecho de que incluso el alimento se ha convertido en objeto de especulaciones o está ligado a los cambios de un mercado financiero que, privado de leyes seguras y pobre en principios morales, parece anclado sólo al objetivo del beneficio? La alimentación es una condición que concierne al derecho fundamental a la vida. Garantizarla significa también actuar directamente y sin demora sobre los factores que, en el sector agrícola, pesan de manera negativa sobre la capacidad de fabricación, los mecanismos de la distribución y el mercado internacional. Y esto, cuando una producción alimentaria global, según la FAO y expertos autorizados, es capaz de alimentar a (toda) la población mundial”.

Leo este tipo de palabras y "hacen ruido” dentro de mí. Por supuesto estas afirmaciones me parecen respetables como opinión, y sin dudas inobjetables desde los principios de la Doctrina Social de la Iglesia. Pero a la vez me parecen generalizaciones abstractas e inocuas sobre las crisis cíclicas del capitalismo, el hambre, la pobreza, y que -sin temor a exagerar- son generalizaciones que no sirven de mucho.

Me parece una obviedad señalar como causa del hambre y la pobreza “comportamientos egoístas” que, al no especificar de quienes son esos comportamientos, nos convierte a todos en sospechosos.

Hacen que el capitalismo especulativo mercenario con base en Wall Street y los países desarrollados (entre otros, el suyo natal) salga indemne. Señala, también el Papa, que es necesario “hacer una reflexión para buscar las causas” del hambre y la pobreza, como si éstas estuviesen en el fondo del mar.

Hoy es el precio de los alimentos, ayer fueron los créditos hipotecarios, mañana será la tierra, pasado será el agua y lo que cambiará será el objeto-mercancía con el cual se especula y se asesina lentamente la esperanza de vida de millones. Lo que no cambia son las víctimas de la especulación que se encuentran mayoritariamente en el tercer mundo y en los bolsones de pobreza que están dentro de los países ricos.

El sistema capitalista liberal no tiene sentimientos ni moral porque, de lo contrario, dejaría de ser lo que es, se vaciaría de su esencia.  Este sistema como tal, es cada vez menos cuestionado por el Vaticano: está ausente en la encíclica Caritas in Veritate y es mencionado por última vez en la encíclica Centesimus Annus hace 20 años, a la vez que indultado con tal que se amigue con la “moral” (algo que es difícil de imaginar cómo sucedería). A diferencia de la opinión del Vaticano sobre el socialismo que es siempre condenado por “ateo y materialista”.

El capitalismo liberal es una máquina de tragar las riquezas hechas con el trabajo de millones para engrosar las arcas de pocos, una permanente transferencia de lo público (‘de todos’) hacia lo privado, del tercer mundo hacia el primero. Las mentes brillantes que antes investigaban sobre armamento nuclear y espionaje durante la guerra fría, ahora están dedicadas a producir ingeniería financiera, papeles con nuevos nombres, paraísos artificiales, mentiras edulcoradas, estafas protegidas por las leyes, salidas fraudulentas, especulaciones por doquier. Basta ver el documental ganador del Oscar 2010, Trabajo Confidencial (Inside Job) para quedar petrificados ante la impunidad de estos generadores de injusticia, identificados con nombre, apellido y procedencia.

“Eliminar la pobreza” es un eufemismo que suena idealista y a la vez no dice nada. Hay que eliminar las causas de la pobreza y juzgar la responsabilidad de los que la generan porque la pobreza no es un fenómeno aislado, ni le ocasiona ningún tipo de culpa a los acumuladores. Hay que distribuir equitativamente la riqueza que se produce a costa de la vida de los que trabajan honestamente o luchan por conseguir un trabajo digno. El capitalismo especulativo-financiero del siglo XXI encarnado por capitales especulativos, corporaciones y presidentes de los países desarrollados que reciben órdenes de aquellos (todos perfectamente identificables), no está dispuesto a repartir ni distribuir nada. Y el discurso social de la Iglesia aparece como ingenuo, abstracto y hace menos efecto que un vaso de agua.

Este capitalismo desalmado no puede convivir con la democracia real que están pidiendo los “indignados” auto-convocados en España y Grecia. No hay lugar para las dos realidades. O la economía pasa por las necesidades de los pueblos y pone sus recursos al servicio de la vida digna de la gente o seguiremos contando a los pobres por millones. Las generalidades y abstracciones no alcanzan para conmover esta imposición antidemocrática en nombre de la libertad y la democracia.

Es hora de reflexionar sobre alternativas al capitalismo y escuchar los cientos de espacios que desde distintas líneas de pensamiento social y de experiencias religiosas ya lo están buscando desde hace muchos años. Y a la vez asumir como Iglesia nuestra vocación profética ayudando a desenmascarar a los responsables del dolor de los pobres que, como discípulos de Jesús y destinatarios de las exigencias evangélicas, estamos obligados a defender.

 

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